¿Cómo ayudar a un amigo
apenado 6 meses o 6 años después de una muerte? Simplemente hazle saber que le recuerdas
Tres años y medio. Es el
tiempo que ha pasado desde que perdí en el Mar Rojo a uno de mis mejores amigos
de la infancia, víctima de un accidente en un helicóptero militar que nunca
debió haber sucedido y dejando atrás a una esposa y dos hijos pequeños —uno de
ellos un bebé que nunca llegará a conocer en este mundo— solos con su dolor y
sus recuerdos.
Por supuesto, nunca
estuvieron realmente solos. En absoluto. No al principio. En los días y semanas que siguieron a la pérdida de mi
amigo, recibieron montañas de cartas de compasión, se organizaron colectas
en internet, se reunieron cientos de dolientes en varios actos conmemorativos
en su honor, hubo regalos de condolencia, llamadas telefónicas, ofrecimientos
para cualquier tipo de ayuda y decenas de homenajes conmovedores publicados en
los medios sociales a la vista del mundo entero, por no hablar de los
periodistas con sus cámaras y grabadoras.
En las semanas posteriores a la muerte de su marido, la viuda de
mi amigo estuvo rodeada de gente —probablemente más personas de las que ella hubiera querido en
toda su vida—, aunque a la única persona que ella quería la había perdido para
siempre.
En mi experiencia, todas las pérdidas, incluso las que son
más “anticipadas”, son justo así.
En los momentos, días y
semanas inmediatamente después de una muerte, los que quedaron solos se ven
rodeados, oprimidos por los cuatro costados, por bienintencionados y compasivos condolientes, hasta un punto
rayano a la claustrofobia.
El frigorífico rebosa con más
comida de la que podría comer una familia, docenas de arreglos florales se
apilan sobre cada superficie horizontal de la casa, marchitándose poco a poco.
La gente se reúne para
compartir historias sobre el difunto alrededor de aperitivos y tentempiés
variados, como la mundialmente famosa lasaña de la Tita, y con el alcohol justo
para anestesiar el dolor.
Se cuentan las mejores
historias, las más divertidas, las que sentimos que explican mejor quién era el
difunto.
Reímos, lloramos y prometemos que nunca olvidaremos.
Pero el tiempo pasa y las multitudes se van dispersando. La vida sigue, como quien
dice. Hay nuevas vidas que celebrar, muertes más recientes que lamentar.
Y entonces llega un día, tres o cinco o diez años
más tarde, en que sientes el ánimo inexplicablemente bajo, y miras el
calendario y te das cuenta de que el aniversario de la muerte de tu amigo fue
hace casi tres semanas y lo has olvidado completamente.
Prometiste que nunca lo olvidarías.
Desde Aleteia, realizamos una nueva
recomendación para este Año Jubileo de la Misericordia: “Envía una carta, flores o un regalo a
alguien en el aniversario de los seis meses del fallecimiento de su ser
querido. A esas alturas, el resto de las personas ya habrá dejado de compartir
su dolor”.
Creo que seis meses es un periodo excelente para hacer esto, porque es que es verdad, es
el momento en que ya han pasado página la mayoría de las personas fuera del
círculo más íntimo, que aún permanece doliente por la pérdida del ser querido.
Ya no hay más comidas caseras
de regalo en el frigorífico, las flores marchitas llevan ya mucho en la basura
y es posible que las pertenencias del difunto ya estén en cajas, donadas a la
beneficencia o simplemente apartadas de la vista, de una forma u otra.
Visto desde fuera, todo
parece prácticamente normal, casi como si el difunto nunca hubiera estado allí
en vida.
Pero entre esos muros —los muros de la casa y
los muros que rodean los corazones de los afligidos supervivientes— la tragedia
aún está presente.
Hay un niño que todavía se
despierta llorando en la noche porque ya nunca volverá a abrazar a su padre.
Hay un marido que da vueltas en su cama de matrimonio, una cama en la que antes
parecía que faltaba espacio a causa del estilo despatarrado de dormir de su
esposa, de sus pies helados y de los ronquidos en la oreja de su esposo; ahora,
esa cama se siente tan grande y vacía como el espacio que ella dejó en el
corazón de él tras dejar este mundo atrás.
Desde fuera de esos muros, los supervivientes parecen fuertes, pero
eso es porque desde fuera todo lo que se ve son únicamente los muros.
Así que si sabes de alguien
que haya sufrido una pérdida recientemente, apunta
la fecha y ponte un recordatorio en el calendario: seis meses después esa
fecha, asegúrate de seguir en contacto.
Manda una carta con unas
flores si quieres. O mejor, invita a esa persona a comer o a cenar y
pregúntale, cara a cara, relajados, cómo le va. Hazle saber que aún recuerdas su pérdida.
Si se siente con ánimos, charlad sobre los buenos recuerdos. Te garantizo que lo valorará mucho.
Por cierto, es verdad que los
seis meses es un buen comienzo, pero te reto a que continúes. Con toda la
tecnología que tenemos hoy, puedes programarte un recordatorio anual o incluso
dos veces al año y tenerlo siempre a mano en tu bolsillo.
Mantén la promesa que hiciste cuando el dolor aún era reciente: no
olvides a los que nos han dejado ni a aquellos que los perdieron.
Fuente: Kristien Andersen/Aleteia
