En la vida espiritual, en el combate espiritual es conveniente distinguir
éxitos de frutos
La palabra
“éxito” viene del latín “exitus” que significa “salida”. Alguna vez puede haber
visto a la salida de un cinema o un teatro la palabra inglesa “exit”, que
significa lo mismo, salir. En latín significa que algo ha terminado, que se ha
llegado al final de algo. Al emplearse esa palabra en castellano se la entiende
como un buen resultado con respecto a algo: por ejemplo, dio un examen con
éxito, es decir, salió aprobado. O también se habla de un empresario exitoso:
le fue bien en sus negocios y tuvo el resultado esperado o uno mejor aún de lo
esperado.
¿Podemos hablar
en la vida espiritual de éxitos? Por ejemplo, ¿soy exitoso si venzo un defecto
o si dejo de cometer un pecado? En un sentido sí podríamos utilizar ese
término. Pero hay un acento en la palabra “éxito” que conviene revisar: verlo
sólo como el resultado de mi esfuerzo, de mi inteligencia, de mi habilidad para
lograr algo. Éxito está acompañado de fuerza de voluntad, capacidad de
emprendimiento, no rendirse ante los obstáculos, ser constante. Todas estas
actitudes buenas y santas, pero considero que no llegan a expresar lo que el
cristiano tiene como misión y tarea en su vida y combate espiritual.
Veamos la
palabra fruto: todos sabemos lo que el fruto es. Viene del latín “fructus”, que
a su vez deriva de “frui” (que es gozar de algo, disfrutar, saborear incluso).
Es lo que se ha producido después de nuestro esfuerzo, pero que no sólo ha
intervenido la propia voluntad, sino también otros factores en los que uno no
puede interponerse. El fruto de un árbol, por ejemplo, no sólo ha dependido de
que yo como agricultor lo cuide, sino también de que los factores climáticos,
los pájaros o insectos no lo hayan comido y muchos elementos más. El fruto es
también un resultado, pero sabiendo que no sólo ha sido por mi habilidad,
capacidad o voluntad, sino también porque otros intervinieron.
En mi vida
espiritual, en el combate espiritual a veces parece que la ejecución no es
“exitosa”. Y seguramente así es. El autor de todo bien es Dios, y Él sabe
cuándo otorgarnos las virtudes y dones que necesitamos para nuestra vida y el
apostolado. Si creemos que nuestra vida tiene que ser “exitosa” no estamos
comprendiendo la relación entre Dios y el hombre. Por otro lado, en una vida
aparentemente con poco éxito puedo estar cargado de frutos. Tal vez no fui todo
lo bueno que quería en la función que me tocó desempeñar, en la responsabilidad
que tuve en la vida, en el compromiso que adquirí. Pero no por eso mi vida
termina ahí. Al contrario: debo ser lo suficientemente sagaz como para
descubrir cuáles son los frutos con los que Dios ha querido mostrarme su amor
en esos momentos de aparente fracaso, desilusión, pecado o fragilidad.
Los frutos en
la vida espiritual se entienden desde la perspectiva de Dios. Y el primer fruto
que se nos otorga es la vida. El segundo, como gran bendición, la vida
cristiana. Y a partir de ahí todos aquellos que penden del árbol de nuestra
vida y que debemos aprender a descubrir con los ojos de la fe. En una
espiritualidad de la vida cotidiana los frutos son numerosos y están al alcance
de la mano. Lo que debemos educar es la visión de fe que en cada momento y
circunstancia nos permita descubrir los frutos de gracia en los demás y en
nuestra propia vida.
Recordemos,
como se dijo arriba, que fruto está asociado a “disfrute”. El cristiano que
aprende a ver los frutos en su vida disfruta de ellos. Y, en consecuencia, se
llena de alegría al ver la obra de Dios en su vida. Al percibir eso tenemos
algo de esa experiencia de Dios al crear todo y ver “que era muy bueno” y por
eso “descansó”. El gozo que el cristiano experimenta al ver el fruto o los
frutos con que Dios lo ha bendecido se asemeja a Dios descansando, viendo lo
bueno de la creación y gozando de la misma. Esto no lo hace salir de la
realidad sino todo lo contrario: quien ve así la realidad es capaz de enfrentar
los peores males, pues sabe que ni su propio pecado es capaz de arrebatar el
fruto divino con que el bautismo ha adornado la propia alma y la de los demás
cristianos. Quien sabe ver los frutos de Dios sabe ver el pecado y combatirlo
con mayor firmeza y realismo que quien, creyendo ser más realista, se queda
sólo viendo el pecado o lo malo de la vida.
Por: Rafael Ismodes Cascón
Fuente:
Centro de Estudios Católicos
