Nuestra
religión es una religión Cristocéntrica
Nuestra
vida cristiana no ha empezado por un elemento ideológico o por algo que
nosotros podemos hacer con nuestra propia vida, sino que nuestra vida cristiana
ha comenzado por la irrupción en nuestras vidas del Dios personal, vivo,
existente. En el santo sacramento del bautismo son las tres divinas personas
las que vienen al alma. Usando la palabra clásica diríamos: ellas son las que
inhabitan en el alma. Particularmente, entonces, el Verbo de Dios pasa a
encontrarse en nuestro espíritu. El alma posee entonces la gracia santificante,
la vida sobrenatural, participa de la vida de Dios.
Usando una metáfora diríamos que nos ha llegado un torrente de agua viva o una
corriente eléctrica. Entonces hemos sido iluminados, sin que nos iluminemos a
nosotros mismos. Sólo entonces empezamos a ser cristianos mediante este
sacramento. Pero, no obstante esto, este momento también está conectado con la
palabra, ya que este sacramento se administra pronunciando una fórmula
sacramental referente a las divinas personas. Así, ya en el origen de nuestra
vida cristiana encontramos el binomio palabra – Palabra.
La vida cristiana tiene su origen y su todo en la Palabra. El Verbo de Dios se
encarnó en las purísimas entrañas de la Santísima Virgen María. Cristo es la
Palabra. Como dice San Juan de la Cruz: El Padre no tiene otra palabra que
decirnos que la Palabra. En este sentido, después de esta Palabra, se ha
quedado mudo. La vida cristiana es sencillamente seguir a Cristo, seguir la luz
de Cristo, vivir teniendo por modelo o causa ejemplar a Cristo, la Palabra. Seguir
a Cristo es vida, palpitar, amor. Cristo, la Palabra, es nuestro bien, nuestro
centro, nuestro rey y nuestro todo. La vida cristiana es unión con la Palabra.
El cristiano tiene necesidad de un encuentro interpersonal e íntimo con la
Palabra, con el Cristo vivo, resucitado, glorioso, providente. La religión
cristiana es pues la religión de la Palabra.
Pero, al mismo tiempo, el intelecto humano necesita de la palabra y, muy
particularmente, de la palabra sagrada. La divina revelación es expresión del fuego
de amor de Dios. La sagrada revelación contiene la palabra de Dios, la cual
tiene su causa u origen en Dios y su fin o finalidad también en Dios. Por la
revelación y por la salvación es por lo que la Palabra ha dado su vida. Así
pues, la palabra revelada en sí misma y también esta palabra en relación a la
Palabra merecen del creyente una verdadera veneración.
Aunque las Sagradas Escrituras se han de venerar grandemente, porque contienen
la palabra de Dios revelada, el cristianismo no es una religión de libro en
cuanto que lo importante no es tanto el libro cuanto la persona de Cristo vivo
que nos acompaña en el camino hacia el cielo.
La Palabra supera siempre a la
palabra, no sólo porque el ser es más rico que su expresión en palabras, como
el oro fino es más hermoso que los ribetes plateados que lo enmarcan, ni
tampoco sólo porque la persona es lo supremo, sino especialmente porque el ser
de Cristo es infinitamente perfecto y, por consiguiente, el ser de Cristo es
infinitamente mayor que todo lo que pueda pensarse de Él.
Cristo, la Palabra,
es maravilla sobre toda maravilla, inefable, mayor que todo pensamiento. Así,
al igual que ocurriera en la misma persona del gran santo Tomás de Aquino
-quería destruir sus escritos, incapaces de expresar la grandeza de Dios-, las
palabras como que quedan mudas, admiradas, agarrotadas, electrizadas,
impresionadas y superadas por la grandeza inefable e indecible de Dios. De modo
que el Dios perfectamente expresable desde la sana razón y desde la fe
sobrenatural es también el ser que supera infinitamente todo pensamiento
humano.
En suma, la religión cristiana como religión de la Palabra es religión cristocéntrica y trinitaria, religión en que se adora y que es de personal encuentro íntimo.
En suma, la religión cristiana como religión de la Palabra es religión cristocéntrica y trinitaria, religión en que se adora y que es de personal encuentro íntimo.
En
los místicos tenemos pues un modelo que nos puede hacer comprender que nuestra
religión es religión de la Palabra. Sólo en el ardor que presenta el almendro
totalmente florecido o fuego interno del alma, abrasado el ser en amor a
Cristo, podemos atisbar que significa religión de la Palabra. Más aún, juntando
el enamoramiento de los santos y santas, de las vírgenes consagradas, de los
mártires, de los místicos, y de todas las demás bellas flores encontraríamos
sólo unos atisbos de esta religión de amor, la religión de la Palabra.
El
alma bellamente amante y orante ante la palabra da a luz en el corazón a la
Palabra. Bellamente se ha expresado esto a través de los siglos en la Sagrada
Biblia, en las Sagrada Tradición y en el Magisterio de la Iglesia. Más aún, los
santos en el cielo, por la visión beatífica, entienden ya algo más lo que
significa que la religión católica es la religión de la Palabra.
Fuente: Catholic.net
