Las Obras de Misericordia corporales
6. Visitar a
los encarcelados
Una obra de misericordia que puede tornarse en una
«llave» para sacar a Jesús de la cárcel del olvido.
Muchas veces al acercarme al Evangelio me he llevado muchas sorpresas. Hoy, al leer el relato del juicio final, ha sido un caso de ellos. En concreto, la parte que dice: "Venid benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo […] porque estaba en la cárcel, y vinisteis a verme" (Mt 25,34-36). De ahí ha nacido esta pregunta: ¿Es posible que Jesús se encuentre en un preso?
La respuesta la da el mismo Evangelio: "En verdad
os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños a mí me
lo hicisteis" (Mt 25,40). Si el preso es inocente, Cristo está de un modo
muy especial en él. Pero si es culpable, ¿se encuentra también en una persona
"mala" o "injusta"? Sí, también ahí está Jesús.
Y está porque Él mismo está preso dentro de los
culpables. De alguna manera, Cristo se identifica con cada uno de nosotros,
independientemente de quiénes seamos, cuánto bien o cuánto mal hayamos hecho.
Quiere hablarnos por medio de nuestra conciencia, despertar nuestros corazones
y hacernos ver que Él habita en nosotros. Solo espera que le demos una
oportunidad.
Quien vive encarcelado tras haber cometido un delito
toca fondo sobre las verdades de la vida, reflexiona sobre su pasado y descubre
que sus acciones y actitudes no fueron las más correctas, y desea muchas veces
enmendarse o encontrar la esperanza de ser perdonado. Necesita de misericordia,
quiere encontrarse con Jesús (aunque muchas veces no lo sepa).
Es aquí cuando entra la misión de todo católico según
una de las obras de misericordia: visitar al encarcelado. Una simple visita que
haga sentir el amor de Dios a la persona que esta presa. Una visita que puede
saciar ese "tengo sed" (Jn 19,28) de Jesús Crucificado y puede
tornarse en una "llave" para sacar a Jesús de la cárcel del olvido.
Jesucristo mismo nos da el ejemplo de acompañar y
comprender a quien sufre el encarcelamiento no solo físico, sino también el
espiritual: comía con los que eran prisioneros del pecado, con publicanos y
prostitutas (Mt 9,11); ofrece el perdón al buen ladrón (Lc 23,42); y prepara un
banquete a quien se había alejado de él para vivir preso del pecado (Lc 15,22).
Por eso, en este año del Jubileo de la Misericordia, convocado
por el Papa Francisco, acerquémonos a nuestros hermanos que sufren en las
cárceles, llevemos el testimonio del perdón y el amor del Señor a quienes no lo
conocen, seamos ese vultus misericordiae (rostro de misericordia) que tanto
necesitan las almas.
Demos la oportunidad de que Jesús actúe en ellos y en
nosotros: en ellos para que comprendan la libertad de tener un corazón en el
que Cristo vive; y en nosotros, para que no seamos ajenos al sufrimiento del
Señor y podamos descubrirle en cada uno de nuestros hermanos. Y así,
"seremos bienaventurados de ser misericordiosos, pues recibiremos
misericordia" (cf. Mt 5,7).
Por: H. Jesús Talavera, L.C.
