Las Obras de Misericordia corporales
5. Vestir al
desnudo
La quinta obra de misericordia nos invita a revestir a
nuestro prójimo con la dignidad que Cristo, con su desnudez, nos ganó en la
cruz
No sé si haya una obra de misericordia corporal más impopular que ésta, pues si bien es muy sugestivo vestir al mismo Cristo en nuestros hermanos más pobres, debemos reconocer que en nuestra sociedad occidental difícilmente pocos tendrán la oportunidad real de vestir a alguien desnudo en la calle. Pero es precisamente por su poca “practicidad” que este imperativo del Divino Maestro nos desvela horizontes más grandes.
No sé si haya una obra de misericordia corporal más impopular que ésta, pues si bien es muy sugestivo vestir al mismo Cristo en nuestros hermanos más pobres, debemos reconocer que en nuestra sociedad occidental difícilmente pocos tendrán la oportunidad real de vestir a alguien desnudo en la calle. Pero es precisamente por su poca “practicidad” que este imperativo del Divino Maestro nos desvela horizontes más grandes.
Cuando contemplamos a Cristo en la cruz cada una de
sus llagas es capaz de movernos a compasión, pero entre sus flagelos hay uno
que pasa casi desapercibido por su patética obviedad; mira bien al crucificado
y te darás cuenta.
Sí, está desnudo. Sí, ¡nuestro redentor está desnudo
en una cruz, despojado de todo! «Se hizo pobre para enriquecernos con su
pobreza» (2 Cor 8, 9).
La generosidad de Cristo llega a su culmen en la cruz
en la que aceptó todo dolor y humillación para revestirnos del manto de la
eternidad por el cual somos hijos de Dios. Ser hijo de Dios es el corazón del
mensaje cristiano sintetizado en las palabras más hermosas que existen: “Padre
Nuestro”
Vestir al desnudo en el siglo XXI
Esta visión que podríamos llamar más espiritual no
solo ratifica la exigencia de vestir a los que no tienen con qué hacerlo, sino
que también nos invita a mirar más profundo, es decir, a revestir a nuestro
prójimo con la dignidad que Cristo, con su desnudez, nos ganó en la cruz, por
la cual todos somos hermanos.
Te pregunto a ti que lees estas líneas, quien quiera
que seas (padre o madre, médico o sacerdote, maestro o político, ingeniero o
militar,…): ¿cuándo fue la última vez en la que miraste a alguien a los ojos y
descubriste la huella de Dios? ¿Cuándo fue la última vez en la que descubriste
en quien te pidió ayuda a un hijo de Dios? Y me arriesgo a preguntar aún más:
¿cuándo fue la última vez en la que con tu mirada pura, sencilla y generosa,
revestiste a tu prójimo de la dignidad de este divino linaje?
Somos capaces de las más grandes hazañas en favor de
los demás cuando en ellos descubrimos al mismo Dios. Esta es una tarea ardua,
que nace de la mirada que tenemos de nosotros mismos. Justo este año jubilar
nos ofrece la oportunidad de «tener la mirada fija en la Misericordia para
poder ser también nosotros signo eficaz del obrar del Padre» (Papa
Francisco, Misericordiae Vultus, 3).
Por: H. Christian Martinez, L.C.
