Las Obras de Misericordia corporales
4. Dar posada al peregrino
La señal de Dios: un desalojado, un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre porque no había alojamiento para él
Los seres humanos soñamos con la historia de cada día y con el deseo de la justicia y la dignidad, y los cristianos nos alentamos con la esperanza de la vida eterna que nos ha sido prometida en Jesucristo. Aguardamos la plenitud del Reino, pero lo hacemos en activo, trabajando cada día en la normalidad, con el deseo de que sea bendita normalidad.
En esta tensión nos adentramos cuando vislumbramos que todos estamos llamados a compartir la casa del Padre Dios en el futuro, a la vez que descubrimos que este mundo presente está falto de misericordia en todos los que en su peregrinar no encuentran un hospedaje digno, una casa para vivir con dignidad. Por eso queremos hacer resonar en nuestro corazón una de las obras de misericordia: “Dar posada al peregrino”, que corresponde al derecho humano fundamental de que toda persona tenga una vivienda digna.
La doctrina de la Iglesia lo afirma con claridad: “La
familia tiene derecho a una vivienda decente, apta para la vida familiar, y
proporcionada al número de sus miembros, en un ambiente físicamente sano que
ofrezca los servicios básicos para la vida de la familia y de la comunidad”
(Carta de los derechos de la familia de 1983 en el art. 11, cf. Familiaris
Consortio, 46; Pacem in Terris, 11)
Desalojados
Todos somos peregrinos en la historia, nacemos y
peregrinamos hacia un destino mistérico. Mientras vamos de camino todos
necesitamos sentirnos alojados y nos da miedo vivir en la intemperie,
desalojados, sin techo, ser transeúntes sin referencia de hogar y de calor
humano y familiar. La realidad nos muestra una muchedumbre ingente de
desalojados en nuestra sociedad por motivos diferentes:
En nuestro mundo hay 174 millones de migrantes con
dirección al norte y 60 millones con dirección al sur, por razones y motivos
variados. En lo que se refiere a los refugiados, este año más de 800.000
personas habrían llegado a Europa a través del Mediterráneo, y más de 3.400
habrían perdido la vida en esa ruta.
Miles de personas –más de treinta mil en España- viven
a la intemperie en la calle sin referencia de hogar alguno. A todo esto
últimamente se suman los desahucios, según el CGPJ en el primer trimestre de
2013 se ejecutaron 19.468 desahucios, lo que arroja una media diaria de 216.
Efectivamente la pérdida del empleo y la vivienda,
perder el trabajo, ser desahuciado, vivir en la calle, verse obligado a cambiar
de lugar de residencia o país por miedo, persecución, pobreza… son cambios
drásticos, situaciones de pérdidas que, vividas de manera prolongada en el
tiempo, crea situaciones personales y familiares de sufrimiento, desesperanza,
preocupación, incertidumbre.
La persona entra en un estado de indefensión, en el
que especialmente, necesita del amparo social y comunitario, la falta de éste
hace que la persona se sienta desprotegida, desalojada y pueda llegar a
experimentar la depresión y vacío existencial.
La señal de Dios: un desalojado
“Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto
y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un
pesebre, porque no tenían sitio en la posada.” (Lc 2,6-7)
En el tiempo de Navidad escuchamos repetidamente que
la señal de Dios, según el evangelio, es el desalojo, un niño envuelto en
pañales y acostado en un pesebre porque no había alojamiento para él. Como le
puede ocurrir a cualquier refugiado, perseguido, desahuciado, emigrante,
transeúnte. Está clara la identificación de Dios con los que no tienen
vivienda, con los que son “peregrinos del mundo y la historia”, no hay duda de
que es verdad que se ha hecho uno con ellos, y que por eso puede decir que lo
que le hagamos a ellos se lo hacemos a Él.
El lío de la Misericordia
Desde nuestro Dios, que se nos muestra en Jesús como
pobre, perseguido, peregrino, transeúnte, desalojado, estamos llamados a “dar
posada al peregrino”, a acoger al que está desalojado, desahuciado, en la
calle, a la intemperie.
“La ‘buena acogida’ comprende desde la hospitalidad a
la comprensión, la valorización necesaria para el recíproco reconocimiento;
destierra los prejuicios y busca una convivencia en armonía. Nuestra sociedad
es, y en el futuro próximo será, en mayor medida, multiétnica e intercultural.
Como cristianos la actitud que habríamos de adoptar ante los inmigrantes está
recogida en la Ley de Santidad: “Si un inmigrante se instala en vuestra tierra,
no le molestaréis; será para vosotros un nativo más y le amarás como a ti
mismo, pues también vosotros fuisteis inmigrantes en Egipto” (Lv 19, 33-34).
Compromiso:
– Relaciones de acogida, vecindad y fraternidad con
los que nos rodean y especialmente con los que han llegado de fuera. Hacer de
nuestra casa un espacio abierto y de acogida.
– Tratamiento laboral justo a todos los inmigrantes en
nuestros espacios familiares, empresariales. Apoyo a sus reivindicaciones
justas y solidarias.
– Tener presente a los inmigrantes en todos los foros
y contar con ellos en nuestras programaciones: Familiares, escolares,
comunidades parroquiales, Movimientos, asociaciones.
– Dejarnos evangelizar por los inmigrantes, aprender
de sus historias, de sus actitudes solidarias.
– Reclamar el acceso a una vivienda digna como derecho
constitucional. No hacer de la vivienda un derecho, un negocio.
-Mantenernos cercanos a aquellas personas que pierden
sus viviendas, que al menos en este trance no sientan que la comunidad los
ignora. Abrir las puertas con facilidad de todos los espacios, personales y
comunitarios, que pueden acoger a lo que se ven abocados al sufrimiento de
abandonar sus casas. Asociarnos para responder a casos concretos.
-Colaborar con las instituciones que cuidan de los que
viven en la calle y de los transeúntes o peregrinos. En nuestra parroquia
establecer lazos fuertes con el Centro Hermano de Cáritas, que todos nosotros
junto con los niños y jóvenes lleguemos a conocer este proyecto y las opciones
de cáritas.
Orando:
Dios Padre de todos, que en tu gran amor y
misericordia nos has querido dar a tu propio Hijo, para amarnos hasta el
extremo y darnos tu Espíritu para que habite en nuestros cuerpos como un templo
suyo. Tú que habitas en nuestro interior y que quieres que te abramos las
puertas de nuestra vida, siendo nuestro creador, te has hecho criatura y te has
mostrado débil y pequeño en un nacimiento lleno de intemperie, de pobreza y
desalojo. Tu señal nos deja perplejos y confusos: ¿por qué has querido ser
siervo siendo rey, vivir a la intemperie siendo tu el señor de la creación, ser
peregrino y no tener donde reclinar la cabeza si eres señor de los Cielos y de
la tierra?
Miramos nuestro mundo y su dolor en millones de
hermanos que son deshabitados y desalojados, que viven en el margen y a la
intemperie, solos y a pie de la historia y del mundo. Los vemos con tu corazón
y comenzamos a entender tu mensaje, ellos son nuestros hermanos y en ellos te
revelas tú para con nosotros.
Los ha elegido para venir a habitar en nuestros
corazones y en nuestras casas, sabemos que cada vez que nos acercamos y nos
hacemos prójimos de ellos, te acogemos a Ti y te adentras de nosotros para
darnos tu vida y tu gracia.
Ayúdanos a entender que cuando ejercemos la
hospitalidad favoreciendo a los que no tienen hogar ni calor estamos
adentrándonos en tu verdadera señal y tú estás naciendo en nosotros y en
nuestros corazones. Queremos verte en los refugiados actuales, peregrinos,
emigrantes, perseguidos, transeúntes, desahuciados, abre nuestros ojos y
nuestro corazón desde Belén.
Por: José Moreno Losada
Fuente: www.revistaecclesia.com
