SAN JUAN DE LA CRUZ: LLAMA DE AMOR VIVA (Canción 2)

Canción 2

¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda!
¡Oh toque delicado, que a vida eterna sabe,
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida la has trocado.

DECLARACIÓN

1. En esta canción da a entender el alma cómo las tres personas de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, son los que hacen en ella esta divina obra de unión. Y así la mano y el cauterio y el toque, en sustancia, son una misma cosa; y pónelos estos nombres, por cuanto, por el efecto que, hace cada una, les conviene. El cauterio es el Espíritu Santo, la mano es el Padre, y el toque es el Hijo. Y así engrandece aquí el alma al Padre, Hijo y Espíritu Santo, encareciendo tres grandes mercedes y bienes que en ella hacen, por haberla trocado su muerte en vida, transformándola en sí.

La primera es llaga regalada, y ésta atribuye al Espíritu Santo; y por eso la llama cauterio. La segunda es gusto de vida eterna, y ésta atribuye al Hijo, y por eso le llama toque delicado. La tercera es dádiva con que queda muy bien pagada el alma, y ésta atribuye al Padre, y por eso le llama mano blanda. Y aunque aquí nombra los tres, por causa de las propiedades de los efectos, sólo con una habla, diciendo: En vida la has trocado, porque todos ellos obran en uno, y todo lo atribuye a uno, y todo a todos. Síguese el verso:

¡Oh cauterio suave!

2. En el libro del Deuteronomio (4, 24) dice Moisés que nuestro Señor Dios es fuego consumidor, es a saber, fuego de amor; el cual, como sea de infinita fuerza, inestimablemente puede consumir, y con grande fuerza abrasando transformar en sí lo que tocare. Pero a cada uno abrasa como le halla dispuesto: a unos más, a otros menos; y también cuanto él quiere y cómo y cuando quiere. Y, como él sea infinito fuego de amor, cuando él quiere tocar al alma algo apretadamente, es el ardor del alma en tan sumo grado que le parece al alma que está ardiendo sobre todos los ardores del mundo. Que por eso a este toque llama cauterio, porque es donde el fuego está más intenso y reconcentrado y hace mayor efecto de ardor que los demás ignitos. Y, comoquiera que este fuego divino tenga transformada en sí la sustancia del alma no solamente siente cauterio, mas toda ella está hecha un cauterio de vehemente fuego.

3. Y es cosa admirable y digna de contar que, con ser este fuego de Dios tan vehemente y consumidor, que con mayor facilidad consumiría mil mundos que el fuego una raspa de lino, no consuma y acabe los espíritus en que arde; sino que a la medida de su fuerza y ardor los deleite y endiose, ardiendo en ellos suavemente por la pureza de sus espíritus, como acaeció en los Actos de los Apóstoles (2, 3), donde viniendo este fuego con grande vehemencia abrasó a los discípulos: y ellos, como dice san Gregorio, interiormente ardieron con suavidad. Y eso es lo que dice la Iglesia, diciendo: Vino fuego del cielo, no quemando, sino resplandeciendo; no consumiendo, sino alumbrando. Porque en estas comunicaciones, como su fin es engrandecer al alma, no la aprieta, sino ensánchala; no la fatiga, sino deléitala y clarifícala y enriquécela; que por eso le llama suave.

4. Y así, la dichosa alma que por grande ventura a este cauterio llega, todo lo sabe, todo lo gusta, todo lo que quiere hace y se prospera, y ninguno prevalece delante de ella, ni le toca. Porque ésta es de quien dice el Apóstol (1 Cor. 2, 15): El espiritual todo lo juzga, y él de ninguno es juzgado. Et iterum (1 Cor. 2, 10): El espíritu todo lo rastrea, hasta los profundos de Dios.

5. ¡Oh gran gloria de almas que merecéis llegar a este sumo fuego, en el cual, pues hay infinita fuerza para os consumir y aniquilar, no os consumiendo, inmensamente os consuma en gloria! No os maravilléis que algunas almas las llegue Dios hasta aquí, pues que el sol en algunas cosas se singulariza en hacer maravillosos efectos; el cual, como dice el Espíritu Santo, de tres maneras abrasa a los montes de los justos. Siendo, pues, este cauterio tan suave como aquí se ha dado a entender, (cuán regalada creeremos que será la que de tal fuego fuere tocada! Que, queriéndolo decir el alma, no lo dice, sino quédase con el encarecimiento y estimación por este término "¡oh!", diciendo:

 ¡Oh regalada llaga!

 6. La cual llaga, el mismo cauterio que la cura la hace, y, haciéndola, la sana; que es en alguna manera semejante al cauterio del fuego natural, que, cuando le ponen sobre la llaga, hace mayor llaga y hace que la que antes era llaga causada por hierro o por otra alguna manera, ya venga a ser llaga de fuego; y si más veces asentase sobre ella el cauterio, mayor llaga de fuego haría hasta venir a resolver el sujeto. Y así, este cauterio divino del amor, la llaga que él hizo, como decimos, de amor en el alma él mismo la cura, y cada vez que asienta hace mayor llaga de amor; que la cura del amor es llagar y herir sobre lo llagado y herido, hasta tanto que venga el alma a resolverse toda en llaga de amor.

Y de esta manera, ya toda hecha una llaga de amor, está toda sana transformada en amor y llagada en amor. Porque en este caso, el que está más llagado está más sano; y el que todo llagado, todo sano. Y no por eso, porque esté el alma ya toda llagada y toda sana, deja el cauterio de hacer su oficio que es herir de amor; pero entonces ya es regalar la llaga sana, de la manera que está dicho. Y por eso dice: (Oh regalada llaga!; y tanto más regalada, cuanto ella es hecha por más alto y subido fuego de amor; porque habiéndola hecho el Espíritu Santo a fin de regalar, y como su deseo y voluntad de regalar sea grande, grande es la llaga, por que grandemente sea regalada.

7. ¡Oh dichosa llaga, hecha por quien no sabe sino sanar! (Oh venturosa y mucho dichosa llaga, pues no fuiste hecha sino para regalo y deleite del alma. Grande es la llaga, porque grande es el que la hizo; y grande es su regalo, pues el fuego de amor es infinito, y se mide según su capacidad. (Oh, pues, regalada llaga!, y tanto más subidamente regalada, cuanto más en el centro íntimo de la sustancia tocó el cauterio de amor, abrasando todo lo que se pudo abrasar, para regalar todo lo que se pudo regalar. Este cauterio y esta llaga es, a mi ver, en el más alto grado que en este estado puede ser; mas hay otras muchas maneras, que ni llegan aquí ni son como ésta; porque esto es de toque de Divinidad en el alma, sin forma ni figura alguna formal ni imaginaria.  

8. Mas otra manera de cauterizar el alma suele haber también muy subida, y es en esta manera: acaecerá que, estando el alma inflamada en este amor, aunque no esté tan calificada como aquí habemos dicho (aunque harto conviene que lo esté para lo que aquí quiero decir), y es que acaecerá que el alma sienta embestir en ella un serafín con un dardo herbolado de amor encendidísimo, traspasando esta ascua encendida del alma, o, por mejor decir, aquella llama, y cauterizarla subidamente; y entonces, en este cauterizar traspasándola, apresúrase la llama y sube de punto con vehemencia, al modo que un encendido horno o fragua cuando le hornaguean y trabucan el fuego se afervora la llama y se aviva el fuego.

 Y entonces siente esta llaga el alma en deleite sobre todo encarecimiento; porque, demás de ser toda removida al trabucamiento y moción impetuosa de su fuego, en que es grande el ardor y derretimiento de amor, la herida fina y la yerba, con que vivamente iba templado el hierro, siente el alma en la sustancia del espíritu como en el corazón del alma traspasado.

9. Y en este grano de mostaza que parece entonces quedar en mitad del corazón del espíritu, que es el punto de la herida y lo fino del deleite, )quién podrá hablar como conviene? Siente el alma allí como un grano de mostaza que se quedó muy mínimo, vivísimo y encendidísimo: vivo también y encendido en circunferencia enviada de la sustancia y virtud de aquel punto de la herida, donde está la sustancia y virtud de la yerba, y difundirse sutilmente por todas las espirituales y sustanciales venas del alma, según su potencia y fuerza del ardor. Y siente crecer tanto y convalecer y afinarse el amor, que parecen en ella mares de fuego que llegan a lo alto y bajo de las máquinas, llenándolo todo el amor.

10. Y lo que aquí goza el alma no hay más decir sino que allí siente cuán bien comparado está el reino de los cielos al grano de mostaza en el Evangelio (Mt. 13, 31), que, por su gran calor, siendo tan pequeño, crece en árbol grande; porque el alma se ve hecha como un inmenso fuego de amor, y el punto de la virtud de ello en el corazón del espíritu.

11. Pocas almas llegan a esto, mas algunas han llegado, mayormente las de aquellos cuya virtud y espíritu se había de difundir en la sucesión de sus hijos, dando Dios la riqueza y valor a la cabeza, según había de ser la sucesión de la casa en las primicias del espíritu.

12. Volvamos, pues, a la obra que hace aquel serafín, que verdaderamente es llagar y herir. Y así, si alguna vez se da licencia para que salga algún efecto afuera al sentido corporal al modo que hirió dentro, sale fuera la herida y llaga, como acaeció cuando el serafín llagó al santo Francisco, que llagandole en el alma de amor, en aquella manera salió el efecto de las llagas afuera. Porque Dios ninguna merced hace al cuerpo que principalmente no la haga primero en el alma.

Y entonces, cuanto mayor es el deleite y fuerza de amor que causa la llaga de dentro, tanto mayor es el dolor de la llaga de fuera; y, creciendo lo uno, crece lo otro. Lo cual acaece así, que, por estar estas almas purgadas y fuertes en Dios, esles deleite en el espíritu fuerte y sano lo fuerte y dulce de Dios, que a su flaca y corruptible carne causa dolor y tormento; y así, es cosa maravillosa sentir crecer el dolor con el sabor. La cual maravilla echó bien de ver Job (10, 16) en sus llagas, cuando dijo a Dios: Volviéndote a mí, maravillosamente me atormentas. Porque maravilla grande es y cosa digna de la abundancia de Dios y de la dulzura que tiene escondida para los que le temen (Sal. 30, 20), hacer tanto más sabor y deleite cuanto más dolor y tormento se siente.

13. (Oh grandeza inmensa que en todo te muestras omnipotente! )Quién pudiera, Señor, hacer dulzura en medio de lo amargo, y en el tormento sabor! (Oh, pues, regalada llaga!, pues tanto más te regalan cuanto más crece tu herida. Pero cuando el llagar es en el alma, sin que se comunique fuera, puede ser muy más intenso y más subido; porque, como quiera que la carne sea freno del espíritu, cuando los bienes de él se comunican a ella, tira la rienda ella, y enfrena la boca a este ligero caballo, y apágale su gran brío; porque el cuerpo como entonces se corrompe, agrava al alma, y el uso de vida en él oprime el sentido espiritual cuando comprehende muchas cosas (Sab. 9, 15). Por tanto, el que se quiere arrimar mucho al sentido corporal, no será muy espiritual.

14. Esto digo para los que piensan que a pura fuerza y operación del sentido, que es bajo, pueden venir a llegar a las fuerzas y a la alteza del espíritu, a que no se llega sino el sentido corporal quedándose afuera. Porque otra cosa es cuando del espíritu se deriva efecto de sentimiento en el sentido, porque en esto puede haber mucho espíritu, como en san Pablo, que, del gran sentimiento que tenía a los dolores de Cristo, le redundaba en el cuerpo, como él da a entender a los de Galacia (6, 17), diciendo: Yo en mi cuerpo traigo las heridas del Señor Jesús. Luego, pues que tal es la llaga y el cauterio. )cuál será la mano que entiende en esta obra, y cuál el toque que la causa? El alma lo muestra, exagerándolo y no declarándolo, en el verso siguiente, diciendo:


¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!

Fuente: Portal Carmelitano