Jesús deja claro desde niño, que, además de la familia humana, hay otra: la que nace de la fe
En el domingo después de Navidad, la liturgia lee el evangelio de Jesús perdido
y hallado en el templo, cuya finalidad es presentar a Cristo, Sabiduría del
Padre, «sentado en medio de los maestros», es decir, enseñando como Maestro,
como indica su posición sedente. Cuando María y José encuentran a Jesús, después
de una búsqueda angustiosa de tres días, dice el evangelio que «se quedaron
atónitos», sin duda ante la impresión de contemplar a un adolescente rodeado de
maestros que le hacían preguntas a las que respondía con una sabiduría cuyo
origen no estaba en este mundo.
Lo más dramático del relato es la pregunta que le hace su madre:
«Hijo, ¿por qué nos has tratado así. Tu padre y yo te buscábamos angustiados?».
Es la pregunta normal de quienes perciben que Jesús ha actuado con plena
libertad y previsión. No ha sido algo fortuito ni accidental. Se trata de un
plan meditado. La respuesta de Jesús desconcierta aún más a sus padres: «¿Por
qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
El
evangelista sólo comenta: «Ellos no comprendieron lo que les dijo». Y a renglón
seguido, describe su retorno a Nazaret, explicitando que Jesús «estaba sujeto a
ellos… e iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante
los hombres».
La conducta de Jesús deja clara su comprensión de la familia. Si
comenzamos por el final de relato, no hay duda de que Cristo se somete en la
obediencia filial a sus padres. «Estaba sujeto a ellos», y así permaneció hasta
que comenzó su ministerio público. Debemos suponer también que su autonomía de
adulto no le eximió cumplir con sus deberes filiales, que, en la ley mosaica,
ocupaban un lugar eminente. Cuando en la cruz entrega su Madre a Juan, indica
que en su corazón latía la preocupación por su soledad.
Fue también en la familia donde Jesús «iba creciendo en
sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres». Cuando hoy hablamos
de educación integral, deberíamos atender a esta fórmula y meditar en ella. Hoy
se ha hecho extraña la palabra «gracia». Debe ser importante cuando se aplica al
mismo Cristo, quien, siendo Dios, era la Gracia misma. ¡Qué necesitado está el
hombre de hoy de la gracia, y, en especial, las nuevas generaciones! Sin la
gracia de Dios, el hombre, aunque crezca en muchos otros aspectos, siempre será
inmaduro e imperfecto. Su espíritu será raquítico.
La lección fundamental sobre la familia, sin embargo, está en la
respuesta de Jesús a sus padres. Él debía estar —les dice— en las cosas de su
Padre. Todo, absolutamente todo, está subordinado a la voluntad divina. También
las relaciones familiares. Jesús ha actuado así para dejar claro lo que enseñará
durante su magisterio público: «el que quiere a su padre o a su madre más que a
mí, no es digno de mí» (Mt 10,37). Con esto no se vulnera la institución
familiar, dado que, en cuanto tal, tiene en el Creador su fundamento. Si el
amor de Dios, y su voluntad, fueran prioritarios en todas las familias, este
mundo sería distinto.
El gesto de Jesús, por tanto, pretende mostrar a sus
padres en la tierra la primacía del Padre que está en el cielo. María y José no
entienden el significado de esta expresión en labios de su hijo adolescente,
como tantas otras cosas que no entenderían y que, como hizo su madre, debían
meditarlas en su corazón. Pero Jesús deja claro desde niño, que, además de la
familia humana, hay otra: la que nace de la fe. En ésta, las relaciones no se
establecen por parentescos de carne y sangre sino por otros más profundos y
universales, como dijo Jesús: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que
escuchan la palabra de Dos y la cumplen» (Lc 8,21).
+ César Franco
Obispo de Segovia
Fuente: Obispado de Segovia