Lo que recibimos es un milagro y un don, jamás
debemos tomarlo a la ligera
Pronto se llenarán las
iglesias con personas que no van a misa de forma regular. Descubriremos algunos
rostros poco familiares entre los bancos.
También sé que me
encontraré a personas en fila para comulgar que nunca he visto antes; algunas
serán las ocasionales que vienen sólo por Navidad y Pascua, otras serán
visitantes que vienen de fuera.
Y también sé que, inevitablemente, me voy a encontrar a personas recibiendo el sacramento de las formas más creativas.
He aquí un debate que
durará hasta la Segunda Venida, pero lo básico no tiene discusión: una
recepción respetuosa del Cuerpo de Cristo es mucho más que el simple conflicto
protocolario entre arrodillarse y quedarse de pie u ofrecer la lengua o la mano.
He visto a personas
recibirlo de forma respetuosa e irrespetuosa, de todas las formas
imaginables. La actitud lo es todo y la catequesis también hace mucho.
También influye la costumbre local.
Pero hagas lo
que hagas, que no sea esto:
1. No extiendas la mano
si no quieres recibir en la mano. Hace poco, un chico que venía a recibir la
comunión casi se me cae de bruces tratando de inclinarse para recibir la hostia
en su boca antes de que llegara a su mano. Tuve que sostenerle. “Decídete, ¿qué
quieres hacer?”, le pregunté. Sonrió avergonzado y extendió la mano. “Lo
siento”, musitó.
2. Si recibes en la
mano, nada de guantes.
3. Si recibes en la
lengua, nada de bocados. Por favor.
4. Ni caramelos ni
chicles en misa. Al dar la comunión en la lengua a algunas personas, no he
podido evitar notar lo que parecían manchas coloridas de caramelos para la tos.
5. Recuerda: estás recibiendo la
comunión, no yendo acogerla. No alces el brazo para agarrar la hostia.
(Un sacerdote amigo mío llama a este tipo de comulgante “el atrapacuerpo”).
Lo
que sí debes hacer:
6. Mientras esperes en
la fila, reflexiona sobre lo que estás haciendo y por qué. Piensa en a quién
estás a punto de recibir.
7. Si sientes
sobrecogimiento, no lo reprimas. No es para menos, la comunión es algo
extraordinario.
8. Consume el Cuerpo de
Cristo en ese instante. No lo agarres y te marches. He perdido la cuenta de la
cantidad de personas que he tenido que detener porque se estaban largando con
la hostia sin haberla consumido.
9. Ábrete a experimentar
el cambio y a crecer en gracia. En no pocos casos se puede aplicar el dicho
“nos convertimos en lo que recibimos”. Este es uno de esos casos, piénsalo (una
vez más, esto es algo extraordinario).
10. Nunca lo
olvides: hubo personas que murieron para que pudiéramos estar haciendo
esto. Hay otras por todo el mundo que mueren por estar haciéndolo. Otras muchas
ansían poder hacerlo y, por una serie de razones, no pueden.
Esto no es una
exageración: lo que recibimos es un milagro y un don. Jamás de
los jamases debemos tomarlo a la ligera.
Después de todo, la
palabra eucaristía significa “acción de gracias”. Así que da gracias y
alaba la gloria de Aquel que hizo posible este aleccionador don de
gracia.
Por último, al margen de
cómo lo hagas, recibe lo que se te ofrece con asombro, amor y gozo.
En
el momento de recibir la comunión, damos la bienvenida a Cristo en nuestro
mundo, al igual que hicieron María, los pastores y los reyes magos.
Esos sentimientos que
abrigaron aquel establo en Belén, tantos siglos atrás, son los mismos
sentimientos que deben iluminar nuestros corazones cada vez que damos la
bienvenida a Cristo en nosotros, aquí y ahora.
Toda
misa es Calvario. Pero cada recepción de la Eucaristía es, en cierto sentido,
Belén: la “casa del pan”, el lugar donde Dios
entra en nuestras vidas, nuestra historia, nuestros corazones, nuestros
cuerpos. Estos son los sentimientos que debemos abrigar cuando nos inclinamos a
recibir la Comunión.
Al igual que Dios vino
por primera vez al mundo y habitó entre nosotros como un niño, vuelve ahora a
nosotros, en la forma de una frágil y humilde pieza de pan.
¡He aquí el Cordero de
Dios!
¡Venid, venid a
adorarlo!
Fuente: Aleteia
