Resulta llamativo que Jesús no nos haya dado ninguna definición del santo
ni de la santidad. Como buen semita, no gusta de las definiciones abstractas,
sino que prefiere enseñar mediante lo concreto, lo pegado a la carnalidad de la
vida.
Y nos ha dejado una definición de la santidad y del santo en las
bienaventuranzas que, con toda pedagogía, la Iglesia proclama en la
solemnidad de todos los santos este día primero de Noviembre. Se ha dicho de
las bienaventuranzas que es la carta magna del cristianismo, la síntesis de
toda la moral cristiana. Al pronunciarlas, Jesús parece elevar sus palabras al
cielo como quien pronuncia bendiciones para quien quiera entenderlas y
recibirlas.
Jesús repite insistentemente la palabra griega makarios, que significa “feliz”, “bienaventurado”.
¿Hay algo que el hombre busque con tanto frenesí como la felicidad? ¿Persigue
alguna meta más alta que ésta? Sólo la felicidad da sosiego, plenitud y
satisfacción al corazón del hombre. El santo es el hombre más feliz del mundo
porque en último término posee al riqueza absoluta que es Dios, su Reino, su
gloria. Se convierte así en el más rico de la tierra, porque posee la
eternidad. Jesús lo deja claro en las bienaventuranzas: los pobres, los mansos,
los afligidos, los hambrientos de justicia, los misericordiosos poseerán el
Reino de los cielos y la tierra futura, se saciarán y serán consolados con la
misericordia infinita de Dios. Los limpios verán a Dios y los pacíficos serán
llamados hijos de Dios. Y hasta los perseguidos y ultrajados poseerán el Reino
de los cielos. ¿Hay mayor felicidad que ésta?
Naturalmente, quien lea las bienaventuranzas con la pretensión de
cumplirlas con sus solas fuerzas, fracasará. Quizás por eso Jesús las pronuncie
sin decir «tenéis que vivir así», sino dejando que cada uno, al escucharlas, se
sienta atraído por la felicidad que anuncian y atrapado por la verdad pura.
Jesús no llama a lo extraordinario. La santidad, decía Benedicto XVI, no
consiste en hacer cosas heroicas, extraordinarias. Consiste en dejarse iluminar
por Cristo, dejarse guiar por su luz, andar por su camino. Y su camino es el
opuesto al que señala el mundo y el afán por lo caduco, lo pasajero, lo que se
desvanece. La riqueza, el poder, la fama, la lujuria, el placer y la injusticia
no permanecerán. Lo saben bien quienes padecen lo que san Lucas llama
«malaventuranzas». Nada de esto heredará el Reino de los cielos. Por eso, la
santidad se fundamenta en la sabiduría que discierne la dicha de la tristeza,
la eternidad de lo efímero, la verdad de la mentira, disfrazada de tantas
máscaras como el mundo ofrece.
El autor del Apocalipsis dice que vio, en los cielos, una multitud inmensa
que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua. Son los santos,
los eternamente felices, tanto los reconocidos en el calendario de la Iglesia
como los desconocidos. Este mismo dato, tan positivo de la fe cristiana, nos
permite alegrarnos porque los santos no constituyen un número cerrado, un club
de selectos. Forman una comunión abierta, como abierta queda la proposición de
Cristo cuando, como quien deshoja las rosas de un jardín infinito, deja caer
sus pétalos para que podamos cogerlos en las manos y sentirnos felices porque
Dios nos permite aspirar su fragancia, “el buen olor de Cristo” de que habla
san Pablo, y comprender aquellas palabras tan certeras de L. Bloy: «sólo existe
una tristeza, la de no ser santos».
+ César Franco
Obispo de Segovia
Fuente: Obispado de Segovia
