Absurdo es primar el rito sobre la finalidad y olvidar que todo lo ritual tiene un sentido de trascendencia
El
consistorio del Ayuntamiento del Rincón de la Victoria (Málaga) aprobará el
próximo miércoles las nuevas ordenanzas fiscales. Entre ellas se incluye la
tasa por la celebración de la “comunión civil”. Se pagarán 60 euros por la
ceremonia y 22 por la reserva de la fecha y la hora del evento. No se trata de
un acto jurídico sino meramente social. ¿Se trata de un simple rito
iniciático o hay un trasfondo profundo en tales peticiones?
“Mi
hija también tiene derecho a una fiesta y a vestirse de princesa”, afirmaba en
un medio local la veterinaria Dolores Díez. Se trata de la primera vecina que
ha mostrado su interés en celebrar una comunión civil. Fácil sería tomarse a la
ligera este tipo de peticiones y más fácil sería entrar en la descalificación y
la burla. Son ridículas…
pensará alguno. “Comunión” sin comunión, “bautizo” sin bautizo… ¿todo para
tener un día de fiesta? ¿Qué necesidad había de mantener el nombre?
Pero
No. La ritualización es una
necesidad. El ser humano, a lo largo de toda la historia,
siempre ha convertido en ritos los momentos más importantes de la vida: el
nacimiento, el paso de la niñez a la adolescencia, la creación de una nueva
familia, el traer al mundo un hijo o la muerte son elementos que necesariamente
deben ser celebrados
públicamente, deben ser recordados, deben ser ritualizados.
Es una
condición inherente al ser humano. Los
ritos han existido siempre y siempre existirán. Siempre hay un motivo
religioso detrás de una fiesta, cristiana o pagana. Anhelo de la
presencia de un Ser superior, medida de socialización o simplemente necesidad
de celebrar un acontecimiento. Llamémoslo como queramos.
Finalmente el hombre no puede vivir sin un sentido religioso, porque no puede
vivir sin fiesta. Hará ritos de las comidas familiares, de los partidos de
fútbol, de los quince años y de los 40. Es una necesidad vital.
Pero,
¿para qué?, el rito debe ser
realizado para algo y por algo. No podemos idealizar el rito,
porque no es lo importante, sino su finalidad. En Occidente en general se
está obviando, olvidando y ninguneando la presencia de lo religioso, la
presencia de lo trascendente. La
sociedad está dejando de creer en Dios y sin embargo sigue teniendo una
gran necesidad de elementos rituales. Por eso se mantiene el nombre de
“Comunión civil” y “Bautizo civil”: la ritualización es el tributo
que el laicismo rinde a la religión, como la hipocresía es el tributo que el
vicio rinde a la virtud.
No es
ridículo el querer celebrar el nacimiento o el paso de la adolescencia, lo que
sí es absurdo es primar el
rito sobre la finalidad y olvidar que todo lo ritual tiene un sentido de
trascendencia. Un rito sin Dios deja de ser algo sagrado y se
convierte solamente en una mera costumbre.
Como
decía Chesterton en El Hombre Eterno, el hombre sabe que hace algo importante y
digno cuando se arrodilla adorar algo. Ha quitado ese “algo”, así
que necesita inventar otra cosa para ponerla en su lugar, o resignarse a dejar
de ser humano.
Fuente: Aleteia
