Durante
el Ángelus el Papa regala un Evangelio de bolsillo, distribuido gratuitamente
por algunas personas sin hogar que viven en Roma.
El santo
padre Francisco, antes de rezar la oración del ángelus ante los miles de
peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro, dijo las palabras comentando el
evangelio del día que ofrecemos a
continuación:
«Queridos hermanos y hermanas
En
este quinto domingo de cuaresma, el evangelista Juan atrae nuestra atención con
un particular curioso: algunos 'griegos', de religión judía, llegados a
Jerusalén para la fiesta de Pascua, se dirigen al apóstol Felipe y le dicen:
“Queremos ver a Jesús”.
En la ciudad santa, en donde Jesús se ha dirigido por la
última vez hay mucha gente. Están los pequeños y simples, que han acogido
festivamente al profeta de Nazaret, reconociendo el enviado del Señor en
él.
Están los sumos sacerdotes y los jefes del pueblo, que lo quieren
eliminar porque lo consideran herético y peligroso. Se encuentran también
personas, que como aquellos 'griegos', tienen curiosidad por verlo y saber más
sobre su persona y las obras por él realizadas, la última de las cuales --la
resurrección de Lázaro-- despertó mucha impresión.
“Queremos ver a
Jesús”. Estas palabras como tantas otras en los evangelios, llevan más allá del
episodio particular y expresan algo de universal; revelan un deseo que atraviesa
las épocas y las culturas, un deseo presente en el corazón de tantas personas
que han oído hablar de Cristo, pero aún no lo han encontrado. 'Yo deseo ver a
Jesús': así siente el corazón de esta gente.
Respondiendo indirectamente,
de manera profética a aquel pedido de poder verlo, Jesús pronuncia una profecía
que desvela su identidad e indica el camino para conocerlo verdaderamente: “Ha
llegado la hora que el Hijo del hombre sea glorificado”. ¡Es la hora de la
cruz!, es la hora de la derrota de Satanás, príncipe del mal, y del triunfo
definitivo del amor misericordioso de Dios.
Cristo declara que será
“elevado de la tierra”, una expresión con un doble significado: “elevado” porque
exaltado por el Padre en la Resurrección, para atraer a todos a sí y reconciliar
a los hombres con Dios y entre ellos. La hora de la cruz, la más oscura de la
historia, que es también el manantial de la salvación para todos aquellos que
creen el él.
Prosiguiendo en la profecía sobre su Pascua, a esta altura
inminente, Jesús usa una imagen simple y sugestiva, la del “grano de trigo” que,
caído en la tierra, muere para producir su fruto. En esta imagen encontramos
otro aspecto de la cruz de Cristo: el de la fecundidad. La cruz de Cristo es
fecunda.
La muerte de Jesús es de hecho una fuente interminable de vida
nueva, porque lleva en sí la fuerza generadora del amor de Dios. Sumergidos en
este amor por el bautismo, los cristianos pueden volverse “granos de trigo” y
fructificar mucho si, como Jesús, “pierden la propia vida” por amor de Dios y de
los hermanos.
Por esto a quienes también hoy “quieren ver a Jesús”, a
quienes están a la búsqueda del rostro de Dios; a quien ha recibido una
catequesis cuando era pequeño y nunca más la ha profundizado, que lleva la fe a
tantos que aún no han encontrado a Jesús personalmente...; a todas estas
personas nosotros podemos ofrecerles tres cosas, tres: el evangelio; el
crucifijo; y el testimonio de nuestra fe, pobre pero sincera.
El
evangelio: allí podemos encontrar a Jesús, escucharlo, y conocerlo. El
crucifico: signo del amor de Jesús que se ha donado por nosotros; y después, una
fe que se traduce en gestos simples de caridad fraterna. Pero principalmente, en
la coherencia de vida entre lo que decimos y lo que vivimos. Coherencia entre
nuestra fe y nuestra vida, entre nuestras palabras y nuestras acciones. El
evangelio, el crucifijo y el testimonio. Qué la Virgen nos ayude a llevar estas
tres cosas.
Fuente: Zenit
