»
Wojtyla por su parte había leído mi Introducción
al cristianismo, que había también citado en los Ejercicios
Espirituales predicados por él a Pablo VI y a la Curia en la Cuaresma de 1976.
Por ello es como si interiormente los dos hubiéramos estado esperando
encontrarnos.
Experimenté desde el principio una gran veneración y una
cordial simpatía por el metropolitano de Cracovia. En el pre-cónclave
de 1978 él analizó para nosotros en modo sorprendente la naturaleza del
marxismo. Pero sobre todo percibí enseguida con fuerza la fascinación humana que
él despertaba y, de cómo rezaba, advertí cuán unido a Dios estaba.
-¿Qué experimentó cuando el
santo Padre Juan Pablo II le ha llamó para confiarle la guía de la Congregación
para la Doctrina de la fe?
-Juan Pablo II me llamó en 1979 para
nombrarme prefecto de la Congregación para la Educación Católica.
»Habían
transcurrido apenas dos años desde mi consagración episcopal en Munich y me
parecía imposible dejar tan rápido la sede de san Corbiniano. La consagración
episcopal representaba de alguna manera una promesa de fidelidad hacia mi
diócesis de pertenencia. Pedí por ello al Papa que no hiciera ese nombramiento;
y él llamó para ese encargo al cardenal Baum de Washington, preanunciándome, con
todo, desde aquel momento, que enseguida me llamaría para otro encargo. Fue en
el curso del año 1980 cuando me dijo que me quería nombrar, a finales de 1981,
prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, como sucesor del cardenal
Šeper.
»Dado que continuaba sintiéndome obligado ante mi diócesis de
pertenencia, para la aceptación del encargo me permití poner una condición, que
por lo demás consideraba irrealizable. Dije que sentía el deber de continuar
publicando trabajos teológicos. Podría responder afirmativamente sólo si esto
fuera compatible con la tarea de prefecto. El Papa, que conmigo era siempre muy
benévolo y comprensivo, me dijo que se informaría sobre esa cuestión para
hacerse una idea. Cuando más tarde le hice una visita, me explicó que las
publicaciones teológicas son compatibles con el oficio de prefecto; también el
cardenal Garrone, dijo, había publicado trabajos teológicos cuando era prefecto
de la Congregación para la Educación Católica.
»Así que acepté el
encargo, bien consciente de la gravedad de la tarea, pero sabiendo también que
la obediencia al Papa exigía ahora de mí un «sí».
-¿Podría decirnos cómo se
desarrollaba la colaboración entre ustedes?
- La colaboración con el
santo Padre estuvo siempre caracterizada por la amistad y el afecto. Ésta se
desarrolló sobre todo en dos planos: el oficial y el privado.
»El Papa
cada viernes, a las seis de la tarde, recibía en audiencia al prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, que sometía a su decisión los problemas
aparecidos. Tenían naturalmente prioridad los problemas doctrinales, a los que
se añadían cuestiones de tipo disciplinar (la reducción al estado laical de
sacerdotes que hacen una petición, la concesión del privilegio paulino para
aquellos matrimonios en los que uno de los dos cónyuges no es cristiano, y otras
cuestiones). Enseguida se añadió también el trabajo en vía de elaboración del
Catecismo de la Iglesia Católica.
»Algunas veces, el santo Padre recibía
con tiempo la documentación esencial y por tanto conocía anticipadamente las
cuestiones de las que iba a tratar. De este modo, sobre problemas teológicos
hemos podido siempre conversar fructuosamente. El Papa era muy versado en
literatura alemana contemporánea y era siempre hermoso (para los dos) buscar
juntos la decisión justa sobre todas estas cosas.
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»Junto a las verdaderas
y específicas citas oficiales, había diversos tipos de encuentros semioficiales
o no oficiales.
»Llamaría semioficiales a las audiencias en las que, por
diversos años, cada martes por la mañana, se trataban las catequesis del
miércoles con grupos compuestos cada vez en modo diverso. Por medio de las
catequesis, el Papa había decidido ofrecer con el tiempo un catecismo. Él
indicaba los temas y hacía preparar breves consideraciones preliminares para
desarrollar luego. Dado que estaban siempre presentes representantes de diversas
disciplinas, esas conversaciones eran siempre muy hermosas e instructivas; las
recuerdo con gusto. También aquí emergía la competencia teológica del Papa. Pero
al mismo tiempo, yo admiraba su disponibilidad a aprender.
»En fin, era
costumbre del Papa, invitar a comer a los obispos en visita ad limina, como
también a grupos de obispos y sacerdotes de diversa composición, según la
circunstancia. Eran casi siempre «comidas de trabajo» en las cuales a menudo se
proponía un tema teológico.
»En los primeros tiempos hubo toda una serie
de comidas en las que se discutía paso a paso el nuevo Código. Era una versión
semi-definitiva sobre la que trabajábamos durante esas comidas, elaborando de
este modo la redacción final. Más tarde, se discutieron los temas más
variados.
»El gran número de presentes hacía siempre variada la
conversación y de amplios vuelos. Y, sin embargo, había siempre un puesto para
el buen humor. El Papa reía con gusto y así aquellas comidas de trabajo, a pesar
de la seriedad que se imponía, eran de hecho también ocasiones para estar en
gozosa compañía.
-¿Cuáles han sido los desafíos
doctrinales que han afrontado juntos durante su mandato al frente de la
Congregación para la Doctrina de la Fe?
-El primer gran desafío que
afrontamos fue la Teología de la Liberación que se estaba difundiendo en América
Latina. Tanto en Europa como en América del Norte era opinión común que se
trataba de un apoyo a los pobres y por tanto de una causa que se debía aprobar
sin más. Pero era un error.
»La pobreza y los pobres eran sin duda
tematizados por la Teología de la liberación pero con una perspectiva muy
específica. Las formas de ayuda inmediata a los pobres y las reformas que
mejoraban la condición venían condenadas como reformismo que tiene el efecto de
consolidar el sistema: provocaban, se decía, rabia e indignación que, con todo,
eran necesarias para la transformación revolucionaria del sistema.
»No
era cuestión de ayudas y de reformas, se decía, sino de la gran revuelta, de la
que debía salir un mundo nuevo. La fe cristiana era usada como motor para este
movimiento revolucionario, transformándola así en una fuerza de tipo político.
Las tradiciones religiosas de la fe eran puestas al servicio de la acción
política.
»De este modo, la fe era profundamente alienada de sí misma y
se debilitaba así también el verdadero amor por los pobres. Naturalmente, estas
ideas se presentaban con diversas variantes y no siempre se asomaban con
absoluta nitidez, pero, en el conjunto, esta era la dirección.

»A una
tal falsificación de la fe cristiana era necesario oponerse también precisamente
por amor de los pobres y en favor del servicio a ellos. Sobre la base de las
experiencias hechas en su patria polaca, Juan Pablo II nos facilitó las
reflexiones fundamentales. Por una parte,
él había vivido la esclavitud
operada por esa ideología marxista que hacía de madrina de la Teología de la
Liberación.
»Sobre la base de su dolorosa experiencia, le
resultaba claro que era necesario contrastar ese tipo de «liberación». Por otra
parte, precisamente la situación de su patria le había mostrado que la Iglesia
debe verdaderamente actuar para la libertad y la liberación no en modo político,
sino despertando en los hombres, a través de la fe, las fuerzas de la auténtica
liberación.
»El Papa nos guió para tratar los dos aspectos: por un
lado, desenmascarar una falsa idea de liberación, por otro, exponer la
auténtica vocación de la Iglesia a la liberación del hombre. Esto es lo
que hemos tratado de decir en las dos Instrucciones sobre la Teología de la
liberación que están al principio de mi trabajo en la Congregación para la
Doctrina de la Fe.
»Uno de los principales problemas de nuestro trabajo,
en los años en los que fui Prefecto, era el esfuerzo por llegar a una correcta
comprensión del ecumenismo.
»También en este caso se trata de una
cuestión que tiene un doble perfil: por un lado, se debe afirmar con
toda urgencia la tarea de actuar a favor de la unidad y se deben abrir
caminos que conduzcan a ella; por otro, es necesario rechazar falsas
concepciones de la unidad, que querrían alcanzar la unidad de la fe a través del
atajo de la disolución de la fe.
»Han nacido en este contexto
los documentos sobre varios aspectos del ecumenismo. Entre ellos, el que suscitó
las mayores reacciones fue la declaración Dominus
Jesus del 2000, que resumió los elementos irrenunciables de la fe
católica.
»Por último, nos hemos ocupado también de la cuestión relativa
a la naturaleza y a la tarea de la teología en nuestro tiempo. Cientificidad y
vinculación con la Iglesia les parecen hoy a muchos elementos en contradicción.
Y, sin embargo, la teología puede subsistir únicamente en la Iglesia y con la
Iglesia. Sobre esta cuestión hemos publicado una Instrucción.
»El
diálogo entre las religiones es y sigue siendo un tema central; sobre él, sin
embargo, hemos podido publicar sólo algunos textos más bien breves. Hemos
tratado de acercarnos a la cuestión con prudencia, sobre todo a través del
diálogo con los teólogos y las conferencias episcopales. Importante fue sobre
todo el encuentro con las comisiones doctrinales de las Conferencias Episcopales
de los países asiáticos en Hong Kong.
-Entre las muchas encíclicas de
Juan Pablo II, ¿cuál considera la más importante?
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-Pienso que son tres
las encíclicas de particular importancia. En primer lugar, querría mencionar
la «Redemptor hominis», la primera encíclica del Papa, en la
que él ofreció su síntesis personal de la fe cristiana.
»Este texto es
una especie de compendio de su personal confrontación y encuentro con la fe y
presenta así una visión completa de la lógica del cristianismo.
»Como
respuesta a la pregunta sobre cómo se puede ser cristiano hoy y creer como
católico, este texto totalmente personal y a la vez totalmente eclesial puede
ser de gran ayuda a todos aquellos que están buscando.
»En segundo lugar,
querría mencionar la encíclica «Redemptoris missio». Se trata
de un texto que pone de manifiesto la importancia permanente de la tarea
misionera de la Iglesia, deteniéndose particularmente en las cuestiones que se
plantean a la cristiandad en Asia y que ocupan a la teología en el mundo
occidental.
»Se examina la relación entre el diálogo de las religiones y
la tarea misionera y se muestra por qué, también hoy, es importante anunciar la
Buena Nueva de Cristo, el Redentor de todos los hombres, a los hombres de todo
lugar de la tierra y de toda cultura.
»En tercer lugar, querría
citar la encíclica sobre los problemas morales, «Veritatis
splendor». Ha precisado de largos años de maduración y sigue siendo de
permanente actualidad. La Constitución del Vaticano II sobre la Iglesia en el
mundo contemporáneo, frente a la orientación de la época, prevalentemente
iusnaturalista de la teología moral, quería que la doctrina moral católica sobre
la figura de Jesús y su mensaje tuviera un fundamento bíblico. Esto se intentó a
través de las referencias bíblicas sólo durante un breve periodo, luego se fue
afirmando la opinión de que la Biblia no tenía una moral propia que anunciar,
sino que se remitía a los modelos morales válidos según la ocasión. La moral es
cuestión de la razón, se decía, no de la fe.
»Desapareció así, por una
parte, la moral entendida en sentido iusnaturalista, pero en su lugar no se
afirmó ninguna concepción cristiana. Y dado que no se podía reconocer ni un
fundamento metafísico ni uno cristológico de la moral, se recurrió a soluciones
pragmáticas: una moral fundada sobre el principio del equilibrio de bienes, en
la cual no existe ya lo que está verdaderamente mal o lo que está verdaderamente
bien, sino sólo aquello que, desde el punto de vista de la eficacia, es mejor o
peor.
»La gran tarea que el Papa tuvo en esta encíclica fue la de
recuperar nuevamente un fundamento metafísico en la antropología, como también
una concreción cristiana en la nueva imagen del hombre de la Sagrada
Escritura.
»Estudiar y asimilar esta encíclica sigue siendo un gran e
importante deber.
»De gran significado es también la encíclica
«Fides et ratio», en la que el Papa se esfuerza por ofrecer una nueva
visión de la relación entre fe cristiana y razón filosófica. Por último es
absolutamente necesario mencionar la «Evangelium Vitae», que desarrolla uno de
los temas fundamentales de todo el pontificado de Juan Pablo II: la dignidad
intangible de la vida humana, desde el momento mismo de la
concepción.
-¿Cuáles eran las
características sobresalientes de la espiritualidad de Juan Pablo
II?
-La espiritualidad del Papa estaba caracterizada sobre todo por la
intensidad de su oración y por tanto estaba profundamente arraigada en la
celebración de la Santa Eucaristía y era practicada junto con toda la Iglesia
mediante el rezo del Breviario.
»En su libro autobiográfico «Don y
misterio» es posible ver cómo el sacramento del sacerdocio determinó su vida y
su pensamiento. Así, su devoción no podía nunca ser puramente individual, sino
que estaba siempre también llena de solicitud por la Iglesia y por los hombres.
La tarea de llevar a Cristo a los demás estaba arraigada en el centro de su
piedad.
»Todos nosotros hemos conocido su gran amor por la Madre de
Dios. Donarse del todo a María significó ser, con ella, totalmente para el
Señor. Así como María no vivió para sí misma sino para Él, del mismo modo, él
aprendió de ella y del estar con ella una completa y rápida dedicación a
Cristo.
-Ha abierto
el iter para la beatificación antes de los tiempos establecidos por el Derecho
Canónico. ¿Desde cuándo y cómo se ha convencido de la santidad de Juan Pablo
II?
-Que Juan Pablo II fuera un santo, en los años de la
colaboración con él me ha sido continuamente cada vez más claro. Hay
que tener en cuenta ante todo naturalmente su intensa relación con Dios, ese
estar inmerso en la comunión con el Señor del que acabo de hablar. De aquí venía
su alegría en medio de las grandes fatigas que tenía que soportar, y la valentía
con la que asumió su tarea en un tiempo realmente difícil.

»Juan Pablo
II no pedía aplausos, ni ha mirado nunca alrededor preocupado por cómo eran
acogidas sus decisiones.
Él ha actuado a partir de su fe y de sus
convicciones y estaba también dispuesto a sufrir golpes. La valentía de
la verdad es, a mi modo de ver, un criterio de primer orden de la santidad. Sólo
a partir de su relación con Dios es posible entender también su indefectible
empeño pastoral.
»Su empeño fue infatigable, y no sólo en los grandes
viajes, cuyos programas estaban llenos de citas, desde el comienzo hasta el fin,
sino también día a día, desde la misa de la mañana hasta las altas horas de la
noche.
»Durante la primera visita a Alemania (1980), tuve por primera vez
una experiencia muy concreta de este empeño enorme. Para su estancia en Múnich,
decidí que debía tener un descanso más largo a mediodía. Durante la pausa me
llamó a su habitación. Lo encontré mientras rezaba el Breviario y le dije:
«Santo Padre, usted debería descansar»; y él: «Podré hacerlo en el
cielo».
»Sólo quien está profundamente lleno de la urgencia de
su misión puede actuar así. Pero debo honrar también su extraordinaria bondad y
comprensión. A menudo habría tenido motivos suficientes para criticarme o poner
fin a mi tarea de Prefecto. Y sin embargo me sostuvo con una fidelidad y una
bondad absolutamente incomprensible.
»Querría poner un ejemplo. Frente al
torbellino que se había desatado por la declaración Dominus Jesus, me dijo que
en el Angelus quería defender inequívocamente el documento. Me invitó a escribir
un texto para el Angelus que fuera estanco y no permitiera ninguna
interpretación diversa. Tenía que emerger de forma inequívoca que él aprobaba el
documento.
»Preparé por tanto un breve discurso; no pretendía, sin
embargo, ser demasiado brusco y por ello traté de expresarme con claridad pero
sin dureza. Después de leerlo, me dijo : «¿Es de verdad suficientemente claro?».
Yo respondí que sí. Quien conoce a los teólogos no se sorprenderá por el hecho
de que hubo quien sostuvo que el Papa había prudentemente tomado distancia de la
«Dominus Jesus».
-¿Qué experimenta hoy que la
Iglesia reconoce la santidad de «su» Papa, Juan Pablo II, del que ha sido un
estrecho colaborador?
-Mi recuerdo de Juan Pablo II está lleno de
gratitud. No podía y no debía intentar imitarle, pero he tratado de seguir
llevando adelante su herencia y su tarea lo mejor que he
podido.
ReL/Wlodzimierz Redzioch