«No hay cruz en la vida
humana que el Señor no comparta con nosotros»
«Una antigua tradición de la Iglesia de Roma cuenta que el apóstol Pedro,
saliendo de la ciudad para escapar de la persecución de Nerón, vio que Jesús
caminaba en dirección contraria y enseguida le preguntó: “Señor, ¿adónde vas?”.
La respuesta de Jesús fue: “Voy a Roma para ser crucificado de nuevo”. En aquel
momento, Pedro comprendió que tenía que seguir al Señor con valentía, hasta el
final, pero entendió sobre todo que nunca estaba solo en el camino; con él
estaba siempre aquel Jesús que lo había amado hasta morir. Mirad, Jesús con su
Cruz recorre nuestras calles y carga nuestros miedos, nuestros problemas,
nuestros sufrimientos, también los más profundos».
Son palabras del Papa Francisco en su alocución tras el Vía Crucis en la
carioca Playa de Copacabana en la JMJ 2013 Río. La cruz, en efecto, no es el
abandono o el silencio de Dios, ni la maldición, ni el escándalo, ni la condena.
La cruz cuesta, sí, y cuesta mucho. Pero la cruz fue y sigue siendo el camino,
el modo elegido por Dios para salvarnos. ¿Por qué? Porque el amor se aquilata,
se demuestra y se confirma en el amor. Porque solo el amor es más fuerte que la
muerte. Porque no hemos nacido para la muerte sino para el amor. Y nadie tiene
amor más grande que el da, como Jesús, su vida por los demás. Y todos estamos
llamados a aprender en la escuela de la vida, que siempre, de un modo u otro, es
escuela y paso de la cruz, a saber dar nuestra vida. Normalmente, habitualmente,
no será mediante el supremo gesto martirial y cruento de dar física y totalmente
la vida, Será paso a paso, sorbo a sorbo. ¿Por qué entonces, como nos previno el
Señor, como ya nos alerta, queremos vivir a espaldas de la cruz, prófugos de
ella? ¿También nosotros, como Pedro en Roma, en el año 68, queremos huir, nunca
mejor dicho de la quema? ¿Creemos que con ello se solucionarán nuestros
problemas? ¿Emprenderemos la senda del suicidio de nuestra capacidad de amor y
de entregarnos a cambio de la falsa sensación, de la ilusoria expectativa de
apartar de nosotros lo que cuesta, lo que duele?
La Cruz es el Amor
Dios no calla en la cruz. Dios llora en la tierra cuando esta se abre. Dios
gime con los que gimen. Porque no hay cruz en la vida humana que el Señor no
comparta con nosotros. Dios habla con la cruz y en la cruz. Y su palabra es el
amor y la misericordia, es la seguridad de que Él está con nosotros. Es el
recordatorio, es la llamada a saber cargar con nuestra cruz y ayudar a los
hermanos a cargar con ella. «Nada –escribió con verdad y con belleza el poeta-
se ha inventado sobre la tierra más grande que la cruz. Hecha está la cruz a la
medida de Dios, de nuestro Dios. Y hecha está también a la medida del hombre».
Nada más humano, nada más divino. Nada que nos enseña más «el equilibrio humano
de los mandamientos».
«La Cruz de Jesús –señaló el Papa Francisco en sus palabras tras su primer
Vía Crucis del pasado Viernes Santo en el Coliseo Romano- es la Palabra con la
que Dios ha respondido al mal del mundo. A veces nos parece que Dios no responde
al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y
su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia,
perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos
juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no
por él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva».
«Queridos hermanos, la palabra de la Cruz – prosiguió afirmando el Papa
Francisco el año pasado, un día de Viernes Santo como hoy – es también la
respuesta de los cristianos al mal que sigue actuando en nosotros y a nuestro
alrededor. Los cristianos deben responder al mal con el bien, tomando sobre sí
la Cruz, como Jesús».
La vida es luchar y cargar con la cruz
Con ocasión de su reciente muerte, los medios de comunicación recuperaron
unas declaraciones de un importante jugador y seleccionador de fútbol español.
«El fútbol –enfatizaba este- es siempre ¡ganar, ganar, ganar y ganar!». La vida
humana, hermanos es, siempre y en todo lugar ¡luchar, luchar, luchar y luchar!
No podemos jamás dar por vencida ninguna batalla. No debemos jamás tirar la
toalla. Es una utopía, un camino a ninguna parte, una huida en falso, el
dejarnos caer de brazos y emprender la senda del abandono.
«Continuemos este Vía Crucis en la vida de cada día. Caminemos juntos
por la vía de la Cruz, caminemos llevando en el corazón esta palabra de amor y
de perdón. Caminemos esperando la resurrección de Jesús, que nos ama tanto. Es
todo amor», concluía el Papa Francisco sus palabras tras el Vía Crucis del
Coliseo Romano del año pasado. «Continuemos este Vía Crucis en la vida de
cada día».
«Con la cruz, Jesús se une al silencio de las víctimas de la violencia, que
ya pueden gritar, sobre todo los inocentes y los indefensos; con la Cruz, Jesús
se une a las familias que se encuentran en dificultad, y que lloran la trágica
pérdida de sus hijos…Con la cruz Jesús se une a todas las personas que
sufren hambre, en un mundo que, por otro lado, se permite el lujo de tirar cada
día toneladas de alimentos. Con la cruz, Jesús está junto a tantas madres y
padres que sufren al ver a sus hijos víctimas de paraísos artificiales, como la
droga».
«Con la cruz, Jesús se une a quien es perseguido por su religión, por sus
ideas, o simplemente por el color de su piel; en la cruz, Jesús está junto a
tantos jóvenes que han perdido su confianza en las instituciones políticas
porque ven el egoísmo y corrupción, o que han perdido su fe en la Iglesia, e
incluso en Dios, por la incoherencia de los cristianos y de los ministros del
Evangelio. ¡Cuánto hacen sufrir a Jesús nuestras incoherencias!».
«En la Cruz de Cristo, está el sufrimiento, el pecado del hombre, también el
nuestro, y Él acoge todo con los brazos abiertos, carga sobre su espalda
nuestras cruces y nos dice: ¡Ánimo! No la llevas tu solo. Yo la llevo con
contigo y yo he vencido a la muerte y he venido a darte esperanza, a darte vida
(cf. Jn 3,16)».
Y «la cruz invita también a dejarnos contagiar por este amor, nos enseña así
a mirar siempre al otro con misericordia y amor, sobre todo a quien sufre, a
quien tiene necesidad de ayuda, a quien espera una palabra, un gesto. La cruz
nos invita a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de ellos y tenderles
la mano».
Iglesia y cristianos cirineos
«Muchos rostros, lo hemos visto en el Viacrucis, muchos rostros acompañaron a
Jesús en el camino al Calvario: Pilato, el Cirineo, María, las mujeres… Yo te
pregunto hoy a vos: Vos, ¿como quien queréis ser? ¿Queréis ser como Pilato, que
no tiene la valentía de ir a contracorriente, para salvar la vida de Jesús, y se
lava las manos? Decidme: Vos, sois de los que se lavan las manos, se hacen los
distraídos y miran para otro lado, o sois como el Cirineo, que ayuda a Jesús a
llevar aquel madero pesado, como María y las otras mujeres, que no tienen miedo
de acompañar a Jesús hasta el final, con amor, con ternura. Y vos, ¿cómo cuál de
ellos queréis ser? ¿Como Pilato, como el Cirineo, como María? Jesús te está
mirando ahora y te dice: ¿Me quieres ayudar a llevar la Cruz? Hermano y
hermana, con toda tu fuerza, ¿tú qué le contestas?».
«Llevemos nuestras alegrías, nuestros sufrimientos, nuestros fracasos a la
Cruz de Cristo; encontraremos un Corazón abierto que nos comprende, nos perdona,
nos ama y nos pide llevar este mismo amor a nuestra vida, amar a cada hermano o
hermana nuestra con ese mismo amor».
Y es que solo somos cristianos, solo somos Iglesia de Jesucristo, cuando como
nos rezamos en prefacios de la misa, «tenemos entrañas de misericordia ante toda
miseria humana», cuando transmitimos «el gesto y la palabra oportuna frente al
hermano solo y desamparado…y nos mostrarnos disponibles ante quien se siente
explotado y deprimido». Cuando seamos Iglesia «recinto de verdad y de amor, de
libertad, de justicia y de paz, y todos puedan «en ella un motivo para seguir
esperando».
Una Iglesia madre acogedora y entrañable, siempre de puertas
abiertas, no aduana ni controladora, sino hogar acogedor, cálido y
misericordioso que transparente a su Señor, a su único Señor, Jesucristo, el
Crucificado, el Resucitado. Quien manifiesta su amor para con los pobres y los
enfermos, para con los pequeños y los pecadores. Quien nunca permaneció
indiferente ante el sufrimiento humano; y cuya vida y su palabra son para
nosotros la prueba del amor grande más grande y definitivo, el amor de un padre,
que siente ternura por sus hijos.
Una Iglesia, la Iglesia de la Cruz y de la Pascua, que sepa discernir los
signos de los tiempos y creceros en la fidelidad al Evangelio; una Iglesia que
se preocupe en compartir en la caridad las angustias y las tristezas, las
alegrías y las esperanzas de los hombres, y así les muestre el camino de la
salvación.
Y esa Iglesia, que somos tú y yo, esa Iglesia que es la prenda de la nueva y
definitiva humanidad, solo nace, solo se nutre, solo se desarrolla, solo da
frutos si está unida a la Cruz, que siempre lleva a la luz y a la Pascua.
Fuente: Jesús de las Heras Muela/ECCLESIA

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