ANÉCDOTAS DE JUAN XXIII QUE MUESTRAN SU PROFUNDA HUMILDAD Y HUMANIDAD
Desde el mismo momento de su elección como Papa lo demostró, en la sala que se encuentra junto a la Capilla Sixtina. Tras la aceptación, según prevé la tradición, el Papa se apartó para vestir las vestiduras blancas del Obispo de Roma.
Desde el mismo momento de su elección como Papa lo demostró, en la sala que se encuentra junto a la Capilla Sixtina. Tras la aceptación, según prevé la tradición, el Papa se apartó para vestir las vestiduras blancas del Obispo de Roma.
Surgió entonces el problema. Ninguna de
las tres sotanas que los sastres habían preparado para el futuro Papa le
quedaba bien. Siguió el desconcierto entre las personas encargadas de asistir
al Papa en esta situación. ¿Qué hacer?
El nuevo Papa calmó la tensión con su sonrisa:
“¡Está claro que los sastres no deseaban que yo fuera Papa!”.
En la segunda audiencia pública, confesó
lo grande que le quedaba el Vaticano. “Me han dicho que en los Sagrados
Palacios hay unas once mil habitaciones. Hará falta bastante tiempo para encontrar
el camino…”.
Se convirtió en una costumbre concluir sus
encuentros con los visitantes con estas palabras: “Volved, volved, por
desgracia siempre estamos aquí”.
En una ocasión, recibió a un obispo
italiano en una audiencia que duró mas de lo pensado. Pasado un cierto momento,
apareció monseñor Loris Capovilla, su secretario personal, creado por el Papa
Francisco cardenal, para recordar que el Papa tenía todavía una larga lista de
audiencias.
Juan XXIII respondió con un gesto aburrido
y, cuando salió el secretario de la habitación, le dijo al obispo: “A veces no
sé si el Papa es él o soy yo…”.
Es muy famosa la respuesta que en una
ocasión ofreció Juan XXIII a quien le preguntó cuántas personas trabajan en el
Vaticano. Con naturalidad respondió: “Más o menos la mitad”.
Una vez el “Papa Bueno” salió del Vaticano
a solas para dirigirse al cercano hospital del Espíritu Santo y visitar con
discreción a un amigo sacerdote enfermo.
Al llamar a la puerta, le abrió la hermana
portera, que corrió a llamar a la madre superiora. La religiosa llegó
emocionadísima y le dijo: “Santo Padre, soy la madre superiora del Espíritu
Santo”. El Papa le respondió: “¡Qué carrera ha hecho usted, madre! Yo sólo soy el
siervo de los siervos de Dios!”, en referencia al antiguo título con el que los
papas firman los documentos oficiales.
Cuando era nuncio en Francia, en un
recibimiento, le presentaron al rabino jefe de París, con el que monseñor
Roncalli entabló una amable conversación.
Cuando los huéspedes pasaron al salón, el
rabino invitó gentilmente al nuncio a precederle. Roncalli le respondió: “Por
favor, antes el Antiguo Testamento...”.
Su libertad de espíritu se puede constatar
con esta confidencia que compartió con sus colaboradores: “Con frecuencia me
despierto por la noche y comienzo a pensar en una serie de graves problemas y
decido que tengo que hablar de ellos con el Papa. Después, me despierto
completamente y ¡me acuerdo de que yo soy el Papa!”.
Con frecuencia decía: “Todo el mundo puede
ser Papa. La prueba es que yo lo soy”.
Juan XXIII fue el primer Papa del siglo XX
que en ocasiones, con discreción, abandonó los muros del Vaticano para visitar
a personas necesitadas. Los romanos, con sentido del humor, le llamaban con
cariño “(San) Juan extramuros”, en referencia a la famosa basílica de San Pablo
Extramuros. Otros, en recuerdo de una conocida marca de whisky, “Johnnie
Walker” le llamaban “Juan el caminante”.
Fuente: Aleteia
