Va siendo habitual que la Hna. Natividad Ruiz, Carmelita de la Caridad de Vedruna, que trabaja en la pastoral de la diócesis de Segovia, cada año junto con un grupo de voluntarios van a pasar el verano a Haití para poner su grano de arena en la reconstrucción de dicho país.
Este verano ha formado parte de este grupo Ángel Gracia y es él quien nos cuenta su experiencia tan rica e interesante durante el mes de agosto. Leer más...
ÁLBUM FOTOGRÁFICO DE LA HISTORIA VIVIDA EN UN VERANO SOLIDARIO
TRES AÑOS Y OCHO MESES DESPUÉS.-
En este maremágnum, te topas de bruces con la
profundidad de unos ojos que te invitan a penetrar en las entrañas de la
verdadera naturaleza del ser. El revoltijo de emociones se desvanece cuando
accedes a la esencia de un niño que te deslumbra con la luz cegadora de su
mirada y la sonrisa blanca en medio de su cara negra. El crío disputa con sus
amigos el honor de agarrarte de la mano; engulle con avidez cada concepto que
le enseñas; se cuelga de tu cuello, se engancha a tus caderas, te tira del pelo
para comprobar que es de verdad; y termina explotando su alegría en un beso en
la mejilla cargado de amor verdadero y pura espontaneidad.
Natividad Ruiz, Carmelita Vedruna, nos ha regalado su
presencia en nuestra capital desde hace ya muchos años. La ayuda de numerosos
segovianos ha servido para que ciento cincuenta seres angelicales tuvieran dos
comidas diarias, una formación y una visión de vida diferente, en el campamento
de verano que ella ha montado. Nati no para. Tras su colaboración en la puesta
en marcha de la panadería en Tabarré, Puerto Príncipe (que proporciona pan y
trabajo para la barriada) pretende, en colaboración con la congregación
haitiana de San Vicente de Paúl, poner en funcionamiento una herrería (que ya
ha levantado) y una fábrica de costura para las mujeres del barrio.
ÁLBUM FOTOGRÁFICO DE LA HISTORIA VIVIDA EN UN VERANO SOLIDARIO
TRES AÑOS Y OCHO MESES DESPUÉS.-
El 12 de enero de 2.010, sobre las 16,53, hora local,
la tierra resquebrajó Haití. Tres años y ocho meses después, paseando por las
inmediaciones de su catedral, aún se sienten los gritos desgarradores de pánico
y desconcierto. Sus paredes agrietadas y semiderruidas, a cielo abierto, sirven
de reclamo al recuerdo de lo que debió ser una majestuosa basílica. Un enorme
Cristo crucificado permanece milagrosamente en pie entre los escombros, como
testigo enmudecido por el impacto del horror.
Los cascotes hacen las veces de
guarida de ratas del tamaño de conejos, que conviven con tullidos, tiñosos,
limosneros y niños desnudos, en un equilibrio inexplicable, sobreviviendo
gracias al aporte energético de los desperdicios y la inmundicia. Trescientas
veinte mil personas fallecieron en aquella hecatombe. Ciento cincuenta mil de
ellas, en Puerto Príncipe. Casi cuatrocientos mil heridos quedaron con secuelas
físicas permanentes, y un millón y medio de personas perdieron sus casas.
A unos pocos pasos, se encuentra el gran mercado,
donde todo se compra, se vende, se trapichea. Discusiones, atracos y peleas
forman parte del paisaje. Naciones Unidas no interviene en el interior de ese
entramado de calles donde la basura no se recoge jamás. Sus soldados permanecen
fuera, alrededor de sus bases, armados hasta los dientes, defendiendo no se
sabe muy bien qué. En el centro de la capital, uno toma plena consciencia de
que su vida no vale nada.
Tres años y ocho meses después, Haití continúa
durmiendo bajo cuatro estacas y un plástico incapaz de contener el agua que cae
a cubos cuando comienza a llover y se vuela cada vez que les visita de una
tormenta. Los barrios se organizan sobre la plantación desestructurada de
tiendas de campaña “a la buena de Dios”. Largas colas de mujeres y niños se
congregan alrededor de un único pozo, con sus bidones de plástico, a la espera
de recoger un agua de dudosa potabilidad. La luz proviene de la inagotable
energía del sol, ya que, en los escasos lugares en los que se ha instalado la
electricidad, ésta no funciona.
Algunas jóvenes de no más de veinte años, han
pasado ya en cuatro ocasiones por la experiencia del parto y la maternidad: el
mayor, fruto de la violación de su padrastro; el siguiente, de quien creía el
amor de su vida y la abandonó en cuanto se le abultó la tripa; el tercero, por
desfogarse de la calentura consecuencia de dormir junto a su primo noche tras
noche en el reducido habitáculo donde todos se revuelven; y, al fin, el
pequeño, por creer en las palabras de prosperidad que un negro le prometió si
accedía a sus deseos.
A todo esto, muchos, muchísimos países, alardean de su
presencia (¿humanitaria?) en la isla. Yo me pregunto qué pintan allí
representaciones de naciones como Nigeria o Pakistán. Soldados, armas, bases
militares, oficinas suntuosas, funcionarios y “sueldazos”, bajo el velo
impoluto de “Naciones Unidas”, se pasean en sus
“Todoterreno” de lujo, con los cristales tintados y el aire acondicionado
a todo trapo, sin mirar a la población. Compran en sus propios supermercados
inaccesibles a los haitianos. Montan sus mercadillos personales.
Acuden a sus
playas privadas, a treinta dólares el baño. Bailan en sus discotecas. Cenan en
sus restaurantes y algunos, satisfacen la soltería del destino en sus
prostíbulos de lujo. Los recursos económicos de tan insigne Organización se
diluyen en el propio autoabastecimiento de su estructura caduca, piramidal, que
esconde la satisfacción de un interés político y económico.
- Gracias, tío Ángel.
- ¿Para qué negar que Kendhi era mi favorito?.
- Me has enseñado tantas cosas… .
- Él no sabía que quien más había aprendido era aquel
provisional profesor, observándole.
- Estos días han sido los mejores de mi vida.
- Sus palabras resuenan grabadas en la profundidad de
mi ser, escondidas tras los latidos de mi corazón.
Gracias a todos los que habéis colaborado. Doy fe de
que el dinero donado a Nati ha llegado íntegro a su destino. Cada euro ha
cumplido su misión. Ni un solo céntimo
se ha enjuagado por el camino.
Fdo.: Ángel
Gracia Ruiz.
-Abogado-
angelgra@telefonica.net
