EL SECRETO QUE SOSTIENE EL MUNDO

¿Te has preguntado por qué el mundo, con tanta violencia y tanto desorden, no se ha deshecho todavía?

La Eucaristía salva al mundo

Cerca de 500.000 misas se celebran cada día en el mundo. Son más de 20.000 cada hora, casi 6 cada segundo. Mientras lees esto, mientras duermes o trabajas, un sacerdote pronuncia sobre el pan y el vino las palabras de Cristo y el Calvario se hace presente sobre un altar. El sol nunca se pone sobre la Eucaristía.

En un monasterio de montaña, en una catedral llena, en una capilla de hospital con tres ancianos, en una aldea africana a la que el sacerdote llegó en moto, Cristo se entrega de nuevo con el mismo amor de la cruz. Casi nadie se entera. No hay titulares, no hay aplausos, no hay ningún algoritmo que amplifique eso. Y, sin embargo, ahí se sostiene la historia, como las raíces sostienen al árbol sin que nadie las vea, como el corazón late sin que el cuerpo lo note hasta que se detiene.

¿Te has preguntado por qué el mundo, con tanta violencia y tanto desorden, no se ha deshecho todavía? Quizá porque 500.000 veces al día alguien levanta ante el Padre la sangre de su Hijo. Es una eficacia silenciosa, la de la levadura que fermenta toda la masa sin que la masa se entere de dónde viene el calor.

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La Eucaristía es mucho más que un ritual. Es la misma Cruz de Cristo haciéndose presente, aquí y ahora, en este altar, en esta misa, en este momento. El sacerdote no recuerda lo que pasó en el Calvario: lo actualiza. "Haced esto en conmemoración mía" no significa "recordadlo": significa "hacedlo presente de nuevo". Y esa presencia no es simbólica. Es real, sustancial, la misma que hizo temblar la tierra el Viernes Santo. Cada misa es el Gólgota. Cada consagración, una nueva efusión de la misericordia de Dios sobre el mundo.

Por eso escribí en otro lugar que la espiritualidad católica debe ser esencialmente eucarística. En la Eucaristía está presente sustancialmente el Esposo, con quien entramos en comunión plena, consumando nuestra unión con Él. Él entra en nosotros y nos incorpora a su Cuerpo. Nosotros entramos en Él, en su máxima intimidad, hasta su Corazón. Eso ocurre en cada misa.

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Y Cristo quiere contar contigo. Eso es lo que muchos bautizados todavía no han descubierto: que la Eucaristía no es solo para recibir, es también para ofrecer. Santa Faustina Kowalska recibió del Señor una oración que resume toda la toda la teología del sacrificio cristiano: "Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación por nuestros pecados y los del mundo entero." Esa ofrenda no es privativa del sacerdote. Es algo que debe hacer todo cristiano para colaborar en la Redención de Cristo. 

Sobre la patena caben también tu cansancio, tus heridas, tu trabajo y esa cruz que nadie conoce. El dolor que no has podido contarle a nadie, la alegría que has vivido esta semana, el miedo que te acecha, la monotonía que te aplasta: todo eso entra en el cáliz en el momento de la consagración, si tú lo pones ahí. Si en la próxima misa dices con el corazón "Señor, ofrezco mi vida contigo por la salvación del mundo", entras de lleno en la redención. Dejas de ser espectador y te conviertes es partícipe de la salvación del mundo, porque, en ese momento, tu ofrenda se une con la de Cristo en la Cruz y se hace eficaz para la redención de todos. 

Imagina lo que ocurriría si millones de bautizados vivieran así cada Eucaristía. No de vez en cuando, no en los retiros espirituales, no cuando se sienten con ánimo. Cada domingo. Cada día, los que pueden. Con esa ofrenda consciente y sencilla. Ahí comenzaría de verdad la transformación del mundo. 

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Así se lo dijo el Señor a santa Faustina: "La humanidad no encontrará la paz hasta que no se vuelva con confianza a mi misericordia." Y esa misericordia se derrama sobre el mundo 500.000 veces al día. En un monasterio, en un hospital, en una aldea, en una ciudad, donde nadie mira y nadie aplaude. Mientras el mundo discute y se destroza, Cristo sigue ofreciéndose. Sigue esperando que alguien lo una a sí mismo y lo lleve al Padre junto con sus heridas.

Eso eres tú. Eso somos. El cuerpo de Cristo que, unido a la cabeza, sigue ofreciéndose por la salvación del mundo hasta que Él vuelva.

Jesús María Silva Castignani

Fuente: ReligiónenLibertad