¿Te has preguntado por qué el mundo, con tanta violencia y tanto desorden, no se ha deshecho todavía?
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| La Eucaristía salva al mundo |
Cerca de
500.000 misas se celebran cada día en el mundo. Son más de 20.000 cada hora,
casi 6 cada segundo. Mientras lees esto, mientras duermes o trabajas, un
sacerdote pronuncia sobre el pan y el vino las palabras de Cristo y el Calvario
se hace presente sobre un altar. El sol nunca se pone sobre la Eucaristía.
En un
monasterio de montaña, en una catedral llena, en una capilla de hospital con
tres ancianos, en una aldea africana a la que el sacerdote llegó en moto,
Cristo se entrega de nuevo con el mismo amor de la cruz. Casi nadie se entera.
No hay titulares, no hay aplausos, no hay ningún algoritmo que amplifique eso.
Y, sin embargo, ahí se sostiene la historia, como las raíces sostienen al árbol
sin que nadie las vea, como el corazón late sin que el cuerpo lo note hasta que
se detiene.
¿Te has
preguntado por qué el mundo, con tanta violencia y tanto desorden, no se ha
deshecho todavía? Quizá porque 500.000 veces al día alguien levanta ante el
Padre la sangre de su Hijo. Es una eficacia silenciosa, la de la levadura que
fermenta toda la masa sin que la masa se entere de dónde viene el calor.
* * *
La Eucaristía
es mucho más que un ritual. Es la misma Cruz de Cristo haciéndose presente,
aquí y ahora, en este altar, en esta misa, en este momento. El sacerdote no
recuerda lo que pasó en el Calvario: lo actualiza. "Haced esto en
conmemoración mía" no significa "recordadlo": significa
"hacedlo presente de nuevo". Y esa presencia no es simbólica. Es
real, sustancial, la misma que hizo temblar la tierra el Viernes Santo. Cada
misa es el Gólgota. Cada consagración, una nueva efusión de la misericordia de
Dios sobre el mundo.
Por eso escribí
en otro lugar que la espiritualidad católica debe ser esencialmente
eucarística. En la Eucaristía está presente sustancialmente el Esposo, con
quien entramos en comunión plena, consumando nuestra unión con Él. Él entra en
nosotros y nos incorpora a su Cuerpo. Nosotros entramos en Él, en su máxima
intimidad, hasta su Corazón. Eso ocurre en cada misa.
* * *
Y Cristo quiere
contar contigo. Eso es lo que muchos bautizados todavía no han descubierto: que
la Eucaristía no es solo para recibir, es también para ofrecer. Santa Faustina
Kowalska recibió del Señor una oración que resume toda la toda la teología del sacrificio
cristiano: "Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la
Divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación por
nuestros pecados y los del mundo entero." Esa ofrenda no es privativa del
sacerdote. Es algo que debe hacer todo cristiano para colaborar en la Redención
de Cristo.
Sobre la patena
caben también tu cansancio, tus heridas, tu trabajo y esa cruz que nadie
conoce. El dolor que no has podido contarle a nadie, la alegría que has vivido
esta semana, el miedo que te acecha, la monotonía que te aplasta: todo eso
entra en el cáliz en el momento de la consagración, si tú lo pones ahí. Si en
la próxima misa dices con el corazón "Señor, ofrezco mi vida contigo por
la salvación del mundo", entras de lleno en la redención. Dejas de ser
espectador y te conviertes es partícipe de la salvación del mundo, porque, en
ese momento, tu ofrenda se une con la de Cristo en la Cruz y se hace eficaz
para la redención de todos.
Imagina lo que
ocurriría si millones de bautizados vivieran así cada Eucaristía. No de vez en
cuando, no en los retiros espirituales, no cuando se sienten con ánimo. Cada
domingo. Cada día, los que pueden. Con esa ofrenda consciente y sencilla. Ahí
comenzaría de verdad la transformación del mundo.
* * *
Así se lo dijo
el Señor a santa Faustina: "La humanidad no encontrará la paz hasta que no
se vuelva con confianza a mi misericordia." Y esa misericordia se derrama
sobre el mundo 500.000 veces al día. En un monasterio, en un hospital, en una
aldea, en una ciudad, donde nadie mira y nadie aplaude. Mientras el mundo
discute y se destroza, Cristo sigue ofreciéndose. Sigue esperando que alguien
lo una a sí mismo y lo lleve al Padre junto con sus heridas.
Eso eres tú.
Eso somos. El cuerpo de Cristo que, unido a la cabeza, sigue ofreciéndose por
la salvación del mundo hasta que Él vuelva.
Jesús
María Silva Castignani
Fuente: ReligiónenLibertad
