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| Crédito: Shutterstock | Zvonimir Atletic |
Una de las oraciones más cortas pero más poderosas que
podemos recitar es la tradicional "Gloria al Padre":
"Gloria al
Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén".
1.- Gloria al Padre
Al decir "Gloria al Padre", glorificamos a
Dios por su amor por nosotros. Glorificamos al Padre cuando reconocemos que el
Padre sabe lo peor de nosotros, pero usa ese conocimiento para amarnos aún más,
porque necesitamos que Él nos ame más como a sus hijos. Glorificar al Padre es
alabar la negativa del Padre a volverse fatalista frente a nuestros fracasos.
Glorificar al Padre es proclamar que somos amados simplemente porque le
pertenecemos. Orar Gloria al Padre es pedir la gracia de entregarse, como Jesús , al Padre en total obediencia a su
voluntad.
2.- GLORIA AL HIJO
Al decir "Gloria al Hijo", escuchamos, como
canta la liturgia bizantina, "Gloria a la presencia activa de tu
providencia en nuestras vidas, oh Cristo, nuestro Rey: por ella has obrado la
salvación para todos". Monseñor Massimo Camisasca señala que
"glorificamos a Dios dejándonos arrastrar al acto de amor que se realizó
en la cruz".
Como dice San Ambrosio, "No me gloriaré porque he
sido redimido. No me gloriaré porque estoy libre de pecados, sino porque mis
pecados me han sido perdonados. No me gloriaré porque sea útil o porque alguien
me sea útil, sino porque Cristo es mi abogado ante el Padre, porque la sangre
de Cristo fue derramada por mí. ¡Glorificamos la amistad del Hijo de Dios con
nosotros! ¡Glorificamos la Presencia Real infalible del Hijo!
3.- GLORIA AL ESPÍRITU SANTO
Al decir "Gloria al Espíritu Santo", imploramos
a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad que entre en nuestro corazón y
tome posesión de nuestro ser, porque somos conscientes de que podemos ser
propensos a no ser espirituales; en cambio, a menudo somos carnales, mundanos,
banales, materialistas... egocéntricos, en lugar de estar orientados hacia los
demás.
El que glorifica a Dios va a Él con su debilidad, su
indignidad, su impotencia, su pecado. Es cuando nos entregamos a Dios en estos
momentos que más lo glorificamos. Porque entonces dependemos de él para todo,
sin hacernos ilusiones sobre nuestra propia "bondad". Glorificamos a
Dios a través de la conciencia de nuestra dependencia de Él y anhelamos una
transformación continua.
Peter Cameron,
OP
Fuente: Aleteia
