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| Cada vez es más frecuente ver a jóvenes con crucifijo al cuello en España.Dominio público |
La Virgen María vuelve a colgar del cuello de muchas jóvenes españolas. Y lo que para algunas puede ser una simple moda, para otras podría representar el comienzo de una búsqueda espiritual. El fenómeno ha llamado la atención de la periodista Nuria Labari, que en un artículo publicado en El País, titulado «Mamá, soy rebelde: cómprame una virgen», analiza con cierta perplejidad el regreso de los símbolos católicos entre las nuevas generaciones.
«No hace falta ser católica para colgarse una virgen», reconoce la periodista, que describe cómo el llamado catholic-core ha convertido las medallas marianas y los rosarios en accesorios de moda.
Pero lo verdaderamente interesante no es la estética, sino el desconcierto que provoca entre determinados padres educados en el laicismo.
Labari habla de «madres y padres agnósticos y ateos» que descubren que sus hijas empiezan a interesarse por unos símbolos religiosos que creían superados.
Cuando creer en Dios se convierte en rebeldía
La paradoja es llamativa. Durante décadas, la rebeldía juvenil consistía en alejarse de la religión de los padres. Ahora podría estar sucediendo exactamente lo contrario: jóvenes educados en ambientes secularizados que descubren el atractivo de una tradición cristiana que apenas conocen.
Labari llega a imaginar a unos padres preocupados porque sus hijas terminen incorporando valores como «la castidad, la pureza virginal o la maternidad como destino».
Es precisamente aquí donde aparece uno de los prejuicios más arraigados de cierta cultura contemporánea: identificar la moral católica con la pérdida de libertad femenina.
Sin embargo, la Virgen María no representa una obediencia servil, sino la respuesta libre de una mujer a la llamada de Dios. Y la castidad, lejos de ser una imposición exclusivamente femenina, forma parte de una concepción cristiana del amor que se propone tanto a hombres como a mujeres.
¿Una moda pasajera o el comienzo de algo más?
El artículo aporta un dato especialmente significativo. Según el informe de la Fundación SM citado por Labari, el porcentaje de jóvenes que se consideran católicos en España habría aumentado 13,4 puntos entre 2020 y 2025.
La periodista relaciona este fenómeno con la falta de identidad y de horizonte que experimentan muchos jóvenes. Y en esto probablemente acierta: en una sociedad saturada de estímulos, pero necesitada de sentido, la fe puede volver a resultar atractiva.
Naturalmente, llevar una medalla no significa necesariamente creer en Dios. Pero tampoco hay que descartar que un símbolo religioso pueda convertirse en la primera puerta hacia la fe.
Labari concluye su reflexión con una disyuntiva sugerente: «La juventud, sea o no religiosa, necesita espacios para esa búsqueda íntima, y nosotros apenas les ofrecemos lugares donde sobrevivir. Hemos fallado. Y cuando todo falla, ¿qué les queda a las jóvenes? Tal vez la Virgen. O la revolución».
Quizá lo que todavía no hemos comprendido es que, para una generación educada de espaldas al cristianismo, descubrir a la Virgen y a Cristo puede ser hoy una de las formas más inesperadas de rebeldía.
Fuente: Religión en Libertad
