¿LA FE EQUIVALE A TENER SENTIMIENTOS POSITIVOS?

Si alguien siente profunda emoción con respecto a su relación con Dios y a los acontecimientos que lo circundan podría decir que tiene mucha fe, ¿será correcto?

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Hablar de la fe puede tener distintas interpretaciones y acepciones: desde creer en lo que no se ve, sentir gran emoción al cantar una bonita alabanza, llorar durante un retiro, hasta pensar positivamente sobre los acontecimientos adversos, en fin. Cada persona tiene su propia experiencia y puede considerarla fe. Pero, ¿es correcto?

La fe es un acto personal

Por supuesto que sí. Depende, por supuesto, de su proceso de formación y aprendizaje de la doctrina cristiana, del conocimiento que va adquiriendo del Evangelio y viviendo las enseñanzas de Cristo y de la manera en la que se relaciona con Dios para alimentar su espiritualidad.

El Catecismo de la Iglesia católica nos ilumina al respecto, diciendo de la fe:

La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. (CEC 166)

Creer y transmitir

Ahora bien, el Catecismo enfatiza un punto importante: Se recibe la fe porque otro la ha transmitido y este también debe compartirla, hablando de su fe a los demás:

El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros (CEC 166).

Abandonarse en Dios

Por lo anterior, podemos entender que la fe es mucho más que mantener una actitud positiva para que nada nos afecte, para que no nos toque vivir acontecimientos adversos o bien, si nos alcanzan, mantener una sonrisa permanente.

No, la fe va más allá. Se trata de entender que no siempre estaremos bien porque es parte de la naturaleza humana sentirse mal, atravesar por desgracias y acontecimientos desafortunados, tener pérdidas y, por encima de todo, poner en manos de Dios lo que nos ocurra, y aún con los ojos llenos de lágrimas, decirle a Dios como nuestro Señor Jesucristo: "que se haga tu voluntad y no la mía" (Lc 22, 42).

Pidamos a Dios que aumente nuestra fe cada día y que nos ayude a abandonarnos completamente en sus manos.

Mónica Muñoz

Fuente: Aleteia