Si alguien siente profunda emoción con respecto a su relación con Dios y a los acontecimientos que lo circundan podría decir que tiene mucha fe, ¿será correcto?
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| Crédito: fizkes/Shutterstock |
Hablar de la fe
puede tener distintas interpretaciones y acepciones: desde creer en lo que no
se ve, sentir gran emoción al cantar una bonita alabanza, llorar durante un
retiro, hasta pensar positivamente sobre los acontecimientos adversos, en fin.
Cada persona tiene su propia experiencia y puede considerarla fe. Pero, ¿es
correcto?
La fe es un
acto personal
Por supuesto
que sí. Depende, por supuesto, de su proceso de formación y aprendizaje de la
doctrina cristiana, del conocimiento que va adquiriendo del Evangelio y
viviendo las enseñanzas de Cristo y de la manera en la que se relaciona con
Dios para alimentar su espiritualidad.
El Catecismo de
la Iglesia católica nos ilumina al respecto, diciendo de la fe:
La fe es un
acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se
revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie
puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la
vida a sí mismo. (CEC 166)
Creer y
transmitir
Ahora bien, el
Catecismo enfatiza un punto importante: Se recibe la fe porque otro la ha
transmitido y este también debe compartirla, hablando de su fe a los demás:
El creyente ha
recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los
hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un
eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido
por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros
(CEC 166).
Abandonarse
en Dios
Por lo
anterior, podemos entender que la fe es mucho más que mantener una actitud
positiva para que nada nos afecte, para que no nos toque vivir acontecimientos
adversos o bien, si nos alcanzan, mantener una sonrisa permanente.
No, la fe va
más allá. Se trata de entender que no siempre estaremos bien porque es parte de
la naturaleza humana sentirse mal, atravesar por desgracias y acontecimientos
desafortunados, tener pérdidas y, por encima de todo, poner en manos de Dios lo
que nos ocurra, y aún con los ojos llenos de lágrimas, decirle a Dios como
nuestro Señor Jesucristo: "que se haga tu voluntad y no la mía" (Lc 22, 42).
Pidamos a Dios
que aumente nuestra fe cada día y que nos ayude a abandonarnos completamente en
sus manos.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
