El miedo al sufrimiento es normal, por eso se explica que nos nos guste el dolor, pero el sacrificio del Señor Jesús nos abre la puerta a una realidad celestial
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| Crédito: New Africa | Shutterstock |
Con solo
escuchar la palabra "sacrificio" se nos eriza la piel. En esta época
en la que todo se resuelve sin dolor, pensar en algo de sufrimiento nos parece
inconcebible. Sin embargo, el Señor Jesús nos pone la muestra y nos invita a
seguirlo sin miedo porque la recompensa será inmensa.
Primero: por
miedo a sufrir
Nuestra
experiencia personal habla por sí misma: desde que tuvimos uso de razón y
supimos que existía el dolor, buscamos un refugio seguro para evitarlo: los
brazos de nuestra madre, algún juguete, una mantita, etc. Pero al crecer
trasladamos esa seguridad a una persona, nuestra carrera, bienes materiales...
Pero no hay
nada que pueda evitar que llegue el sufrimiento a nuestra vida. Las pérdidas se
presentan con muchos rostros: como muerte, enfermedad, accidentes, despedidas,
sueños frustrados...
Quisiéramos que
Dios nos diera garantías para no sufrir porque tenemos mucho miedo. Pero no las
hay y debemos entender que es parte de la vida.
Segundo: hasta
Dios sufrió
¿Qué nos hace
pensar que estaremos exentos de sufrir si cumplimos con lo que Dios nos pide?
Porque puede ocurrir que alguien pretenda "chantajear" al Señor
diciendo: "Soy buena persona, ayudo a mi prójimo, doy limosna, estoy al
servicio de la Iglesia, entonces ¡líbrame de todo dolor porque lo
merezco!"
¿Acaso Dios
hecho hombre no sufrió? y más que nadie. El mayor sacrifico de la historia lo
padeció Jesús con sus indecibles dolores en su Pasión, pero tuvieron un
objetivo, el más poderoso: salvar a la humanidad.
Además, todos
los santos, incluyendo a la Santísima Virgen María - que no tuvo pecados -
pasaron por el crisol. A ella le fue profetizado que una espada atravesaría su
alma (Lc 2, 35) y no lo pensó. Se ofreció al Señor como su esclava (Lc 1, 38).
Tercero: no
temas al sacrificio
Es importante entender que no se trata de sacrificarnos como lo han hecho los mártires, porque no sabemos si tendremos esa gracia. Se trata de ofrecer nuestras tribulaciones diarias y soportarlas con paciencia: un enojo, una incomodidad, una molestia pequeña.
O también puede
ser dar algo de nosotros que nos causa placer o que implica renunciar a nuestro
bienestar: regalar nuestro postre, donar nuestro tiempo, escuchar a alguien que
no nos agrada mucho, obsequiar nuestra prenda favorita...
Todo tiene
valor a los ojos de Dios si lo ofrecemos con amor.
Pero, sobre
todo, hay que ofrecernos a nosotros mismos a Dios para que haga con nosotros lo
que mejor le parezca. El Señor Jesús aseveró: “Misericordia quiero y no
sacrificio” (Mt 9, 13), como se usaba en el Antiguo Testamento.
Ofrecer lo que
somos y hacer su voluntad no nos librará de sufrir, pero nos sostendrá con
fuerza en el momento de la prueba porque, dentro de su infinita sabiduría y
providencia, todo lo que nos ocurra tendrá un propósito: nuestra salvación
eterna. Que Dios nos ayude y fortalezca.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
