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| Don Danilo. Dominio público |
Hay momentos en los que parece que todo se complica al mismo tiempo. Una enfermedad, un problema familiar, una dificultad económica, una decisión que no sabemos cómo afrontar o una situación para la que, sencillamente, no encontramos salida.
La reacción habitual es darle vueltas una y otra vez al problema. Pensar posibilidades, imaginar consecuencias, buscar soluciones. Y, cuando rezamos, incluso podemos terminar trasladando esa misma inquietud a la oración.
Frente a esta actitud, el sacerdote italiano don Dolindo Ruotolo (1882-1970) dejó una de las oraciones de confianza en Dios más conocidas de la espiritualidad contemporánea: la llamada Oración de abandono, resumida en cinco palabras: «Jesús, ocúpate Tú».
Don Dolindo, sacerdote napolitano conocido por su intensa vida espiritual y por los sufrimientos y pruebas que atravesó, propone en este texto algo aparentemente sencillo, pero extraordinariamente difícil: dejar de pretender controlarlo todo y ponerse verdaderamente en manos de Dios.
«¿Por qué os confundís agitándoos?»
La oración está escrita presentando a Jesús hablando directamente al alma. Y comienza precisamente cuestionando esa tendencia humana a inquietarse cuando llegan los problemas:
«¿Por qué os confundís agitándoos? Dejadme a mí el cuidado de vuestras cosas y todo se calmará».
El abandono del que habla Don Dolindo no significa desentenderse de las responsabilidades ni permanecer pasivo ante los problemas. Se refiere, sobre todo, a una actitud interior: hacer aquello que corresponde, pero renunciar a la pretensión de dominar el resultado.
Por eso, el texto advierte contra una forma de rezar que puede esconder precisamente lo contrario de la confianza.
Podemos pedir ayuda a Dios y, al mismo tiempo, pretender indicarle exactamente cómo debe solucionar nuestros problemas.
«Vosotros en el sufrimiento rezáis para que yo actúe —dice el texto—, pero para que yo actúe como vosotros creéis».
Don Dolindo utiliza una comparación muy gráfica: es como el enfermo que acude al médico para pedirle que lo cure, pero pretende explicarle también qué tratamiento debe aplicar.
La clave está en el Padrenuestro
La respuesta que propone la oración es volver a una de las peticiones fundamentales enseñadas por el propio Jesucristo:
«Hágase tu voluntad».
Para Don Dolindo, pronunciar de verdad estas palabras equivale a decir:
«Ocúpate Tú».
No significa pedir que desaparezca necesariamente el sufrimiento ni asegurar que sucederá exactamente aquello que uno desea. Significa confiar en que Dios puede actuar incluso cuando la persona no comprende lo que está ocurriendo.
De ahí una de las recomendaciones que se repiten a lo largo de la oración:
«Cuando ves que las cosas se complican, di con los ojos del alma cerrados: “Jesús, ocúpate Tú”».
Cuando la preocupación se convierte en oración
La propuesta de Don Dolindo resulta especialmente llamativa porque distingue entre rezar preocupándose y rezar abandonándose.
No son exactamente lo mismo.
La persona puede repetir muchas oraciones y continuar interiormente aferrada a sus cálculos, sus temores y sus soluciones. El abandono comienza cuando acepta que no puede controlarlo todo.
«Confiad por tanto solo en mí, reposad en mí, abandonaos en mí en todo», recoge el texto.
La oración invita así a transformar la preocupación en confianza. No se trata de negar la realidad ni de fingir que los problemas no existen, sino de evitar que la angustia tenga la última palabra.
«Mil oraciones no valen tanto como un solo acto de confiado abandono»
El final contiene probablemente la frase más conocida de toda la oración:
«Mil oraciones no valen tanto como un solo acto de confiado abandono: recuérdalo bien».
Y concluye proponiendo una brevísima jaculatoria que puede repetirse ante cualquier dificultad:
«¡Oh Jesús, me abandono en Ti, ocúpate Tú!».
Es prácticamente toda la espiritualidad de esta oración concentrada en unas pocas palabras.
Cuando aparece una enfermedad. Cuando surge un problema familiar. Cuando el futuro preocupa. Cuando una situación parece cerrarse. Cuando después de haber hecho todo lo posible ya no sabemos qué más hacer.
Don Dolindo propone entonces dejar de multiplicar los razonamientos y convertir la inquietud en una oración sencilla:
«Jesús, ocúpate Tú».
La oración de abandono de Don Dolindo
Jesús a las almas:
¿Por qué os confundís agitándoos? Dejadme a mí el cuidado de vuestras cosas y todo se calmará. Os digo en verdad que cada acto de verdadero, ciego, completo abandono en mí, produce el efecto que deseáis y resuelve las situaciones espinosas.
Abandonarse a mí no significa romperse la cabeza, descomponerse y dispersarse, dirigiendo después a mí una oración agitada para que yo os siga, y cambiar así la agitación en oración. Abandonarse significa cerrar plácidamente los ojos del alma, apartar el pensamiento de la tribulación, y arrojarse en mí para que yo solo os haga encontrar, como niños dormidos en los brazos maternos, en la otra orilla.
Lo que os descompone y os hace un mal inmenso es vuestro razonamiento, vuestro pensamiento, vuestro apremio y el querer a toda costa proveer vosotros a eso que os aflige.
¡Cuántas cosas obro yo cuando el alma, tanto en sus necesidades espirituales como en las necesidades materiales, se dirige a mí, me mira, y diciéndome: «Ocúpate tú», ¡cierra los ojos y descansa! Tenéis pocas gracias cuando os agobiáis para producirlas, tenéis muchísimas cuando la oración es abandono total en mí. Vosotros en el sufrimiento rezáis para que yo actúe, pero para que yo actúe como vosotros creéis...
No os dirigís a mí, sino que queréis vosotros que yo me adapte a vuestras ideas; no sois enfermos que piden al médico la curación, sino, que se la sugieren. No hagáis así, sino rezad como os he enseñado en el Pater: «Sea santificado tu nombre», es decir seas glorificado en esta necesidad mía; «Venga tu Reino», es decir que todo concurra a tu reino en nosotros y en el mundo; «Hágase tu Voluntad», o sea Ocúpate Tú.
Si me decís de verdad: «Hágase tu Voluntad», que es lo mismo que decir: «Ocúpate Tú», yo intervengo con toda mi omnipotencia, y resuelvo las situaciones más cerradas. He aquí, ¿tú ves que la desgracia acosa en lugar de decaer? No te agites, cierra los ojos y dime con confianza: «Hágase tu Voluntad, ocúpate Tú». Te digo que yo me ocupo, que intervengo como médico, y hago incluso un milagro cuando es necesario. ¿Tú ves que el enfermo empeora? No te descompongas, sino cierra los ojos y dí: «Ocúpate Tú». Te digo que yo me ocupo.
Es contra el abandono la preocupación, la agitación y el querer pensar en las consecuencias de un hecho. Es como la confusión que causan los chicos, que pretenden que la madre piense en sus necesidades, y quieren ocuparse ellos, interrumpiendo con sus ideas y sus caprichos infantiles su trabajo.
Me ocupo solo cuando cerráis los ojos. Vosotros no dormís, queréis valorar todo, escrutar todo, confiando solo en los hombres. Vosotros queréis pensar en todo, y os abandonáis así a las fuerzas humanas, o peor a los hombres, confiando en su intervención. Es esto lo que interrumpe mis palabras y mis visiones de las cosas. ¡Oh, cómo yo deseo de vosotros este abandono para beneficiaros, y cómo me aflijo viéndoos agitados! Satanás tiende precisamente a esto: a agitaros para sustraeros a mi acción y arrojaros en presa de las iniciativas humanas. Confiad por tanto solo en mí, reposad en mí, abandonaos en mí en todo. Yo hago milagros en proporción al pleno abandono en mí, y del ningún pensamiento vuestro; ¡yo derramo tesoros de gracias cuando vosotros estáis en la plena pobreza! Si tenéis vuestros resortes, aunque sean pocos, o, si los buscáis, estáis en el campo natural, y seguís por tanto el recorrido natural de las cosas, que está con frecuencia distorsionado por Satanás.
Ningún razonador o ponderador ha hecho milagros, ni siquiera entre los Santos.
Obra divinamente quien se abandona en Dios.
Cuando ves que las cosas se complican, di con los ojos del alma cerrados: «Jesús, ocúpate Tú».
Y distráete, porque tu mente es aguda... y para ti es difícil ver el mal. Confía en mí con frecuencia, distrayéndote de ti mismo. Haz así para todas tus necesidades. Haced así todos, y veréis grandes, continuos y silenciosos milagros. Os lo juro por mi amor. Yo me ocuparé os lo aseguro. Orad siempre con esta disposición de abandono, y tendréis de ella grande paz y grande fruto, incluso cuando yo os hago la gracia de la inmolación de reparación y de amor que impone el sufrimiento. ¿Te parece imposible? Cierra los ojos y di con toda el alma: «Jesús, ocúpate Tú». No temas me ocupo yo. Y tú bendecirás mi nombre humillándote. Mil oraciones no valen tanto como un solo acto de confiado abandono: recuérdalo bien. No hay novena más eficaz que ésta: «¡Oh Jesús me abandono en ti, ocúpate Tú!».
Don Dolindo Ruotolo
Fuente: ReL
