Desde policías incapaces de mover a un joven de catorce años hasta revelaciones sobre la pavorosa soledad del infierno, reconstruimos los relatos más asombrosos del maestro del padre Amorth
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| El padre Cándido Amantini fue el exorcista principal de la Diócesis de Roma durante 36 años |
La figura del
exorcista suele evocar imágenes cinematográficas de claroscuros, gritos
desgarradores y escenas fuera de lo común. Sin embargo, la realidad de
este ministerio suele ser muy distinta y, en la mayoría de los casos,
transcurre de una manera mucho menos espectacular. Aun así, a lo largo de la
historia se han documentado relatos y testimonios de episodios particularmente
insólitos donde la realidad superaba –y supera– con creces a la ficción.
En la Escalera
Santa de Roma se encontraba el despacho de un hombre menudo y de sonrisa
inquebrantable, que escondía su extenuante fatiga detrás de un rostro siempre
acogedor. Se trataba del padre Cándido Amantini (1914-1992), un
sacerdote pasionista que, hasta su muerte en septiembre de 1992, ejerció el
ministerio de expulsar demonios durante 36 años a tiempo completo, atendiendo
diariamente a entre sesenta y ochenta personas. De él, el mismísimo san
Padre Pío de Pietrelcina llegó a pronunciar: «El padre Cándido es un
sacerdote según el corazón de Dios».
A través del
testimonio de la obra Habla
un exorcista, de su más ilustre discípulo y sucesor, el célebre padre
Gabriele Amorth, rescatamos las crónicas de los exorcismos más impactantes
de un hombre que se convirtió en un adversario incómodo para los demonios.
1. Desafiando
las leyes de la física: el caso de Pierluigi
Uno de los
episodios más asombrosos de su ministerio ocurrió con Pierluigi, un
robusto muchacho de catorce años que sufría una severa posesión diabólica. El
joven presentaba un extraño comportamiento: en ciertos momentos se sentaba en
el suelo con las piernas cruzadas. Cuando esto ocurría, una misteriosa fuerza
sobrenatural hacía que su cuerpo adquiriera el peso del plomo, volviéndolo
absolutamente inamovible para cualquier fuerza humana.
Un día,
Pierluigi se sentó en esa postura en el rellano de su casa, en el tercer piso.
Su actitud alteró de tal manera el vecindario que los inquilinos, presas de un
nerviosismo inexplicable, salieron a las escaleras y comenzaron a gritar
descontrolados contra él. Ante el caos, se requirió la intervención de la
policía. Al llegar al lugar, tres agentes corpulentos intentaron levantar al
muchacho del suelo. La respuesta fue inútil: a pesar de quedar empapados en
sudor por el esfuerzo físico, no consiguieron desplazar el cuerpo de
Pierluigi ni un solo milímetro.
Fue en ese
instante cuando apareció el padre Cándido Amantini. Con total serenidad, pidió
a los oficiales y vecinos que se apartaran y guardaran silencio. El pasionista
se acercó al joven poseído, conversó brevemente con él y, tomándolo suavemente
de la mano, logró que Pierluigi se levantara al instante sin oponer
resistencia, siguiéndolo dócilmente al interior de su vivienda. Tal y como
afirma el libro, «con los exorcismos Pierluigi logró una considerable
mejoría, pero no una total liberación».
2. Fuerza
sobrehumana contra herrajes de hierro
La
fenomenología física de la posesión extrema se evidenció también en el caso de
una joven, descrita por el padre Cándido como una persona delgada y
aparentemente débil. Sin embargo, la debilidad se desvanecía por completo
durante las crisis de posesión. El demonio manifestaba en su cuerpo una fuerza
tan descomunal que se requería la contención de cuatro hombres robustos
para intentar mantenerla quieta.
La muchacha
destrozaba con pasmosa facilidad cualquier ligadura que le impusieran,
incluyendo gruesas correas de cuero. En una ocasión, desesperados por
contenerla, la sujetaron fuertemente con sogas a un somier de hierro. Lejos de
detenerla, la fuerza hercúlea del demonio destrozó parte de los hierros del
somier y dobló otros en un ángulo recto perfecto.
3. «El infierno
lo hicimos nosotros»: las revelaciones de los condenados
A menudo, bajo
la estricta orden del exorcista, los demonios se veían obligados a revelar
verdades espirituales que estremecían a los presentes. Durante uno de sus
exorcismos, el padre Cándido se dirigió al espíritu inmundo con ironía: «¡Vete
de aquí; total, el Señor te ha preparado una buena casa, bien calentita!». El
demonio le replicó de inmediato con amargura: «Tú no sabes nada. No es Él
(Dios) quien ha hecho el infierno. Hemos sido nosotros. Él ni siquiera
había pensado en ello».
En otra sesión,
el sacerdote interrogó a un espíritu que poseía a una niña de trece años. El
padre Cándido le preguntó cómo era la relación en el infierno entre dos
enemigos mortales que terminan condenados juntos por toda la eternidad. La
respuesta del demonio, a través de la voz de la pequeña, describió un panorama
desolador: «¡Qué tonto eres! Allá abajo cada uno vive replegado sobre sí mismo
y desgarrado por sus remordimientos. No existe ninguna relación con nadie; cada
uno se encuentra en la soledad más absoluta, llorando desesperadamente por el
mal que ha hecho. Es como un cementerio».
4. Respuestas
imposibles en labios de niños
El padre
Cándido explicaba que prefería interrogar a los demonios cuando poseían a niños
pequeños, pues de esa manera resultaba innegable que las profundas respuestas
teológicas no procedían de la mente de los menores.
Es célebre el
caso de un pequeño de once años. Cuando el demonio se manifestó, Amantini le
preguntó qué opinaba de aquellos reputados científicos e intelectuales que
niegan la existencia de Dios y de los demonios. El niño, con una furia impropia
de su edad, gritó: «¡Qué va, altísimas inteligencias! ¡Son altísimas
ignorancias!». Cuando el exorcista insistió sobre aquellos que deciden rechazar
a Dios de forma consciente, el niño dio un salto y exclamó con extrema
soberbia: «Fíjate bien. Recuerda que hemos querido reivindicar nuestra libertad
incluso delante de él. Le hemos dicho que no para siempre». Al ser amonestado
en el nombre de Dios por la inutilidad de esa rebelión, el menor comenzó a
retorcerse, babear y llorar de forma terrible, suplicando: «¡No me hagas este
proceso!».
Asimismo, el
demonio demostró su capacidad de saltar entre personas e interactuar de forma
burlona. Durante una extenuante sesión nocturna con una joven llamada Pina —quien
caía de la mesa deslizándose en cámara lenta, como sostenida por una mano
invisible—, los exorcistas desistieron temporalmente. A la mañana siguiente,
mientras el padre Cándido exorcizaba a un niño de seis años, el demonio dentro
del menor se mofó del sacerdote: «Esta noche habéis trabajado mucho pero no
habéis conseguido nada. Os la hemos jugado. ¡Yo también estaba allí!». En
otro caso, el demonio «Zabulón» alternó aullidos entre dos niñas distintas bajo
la orden del sacerdote, demostrando que un mismo espíritu puede atormentar a
varios sujetos a la vez.
5. La escena
que puso a prueba el diagnóstico
El padre
Cándido defendía firmemente la necesidad de colaborar con la ciencia
médica y psiquiátrica para discernir los trastornos mentales de las
auténticas posesiones. En una ocasión, atendía a un joven que, según su
psiquiatra, sufría únicamente de epilepsia. Amantini invitó al médico a
presenciar una sesión de exorcismo.
Al imponer el
sacerdote la mano sobre la cabeza del paciente, este cayó al suelo presa de
violentas convulsiones. El médico se apresuró a sentenciar: «¿Ve, padre? Se
trata evidentemente de epilepsia». Sin embargo, el padre Cándido se inclinó y
volvió a tocar la cabeza del joven, quien se levantó de golpe y permaneció
de pie, completamente erguido e inmóvil como una estatua. Ante el asombro del
médico, el sacerdote preguntó con ironía: «¿Hacen esto los epilépticos?». El
psiquiatra, totalmente perplejo, admitió: «No, nunca». El joven continuó
recibiendo los exorcismos hasta obtener su completa curación.
6. El aviso
profético del Padre Pío
El demonio
odiaba profundamente al padre Cándido, pero el cielo le otorgaba una protección
extraordinaria. Durante el exorcismo de una mujer muy robusta que solía volverse
sumamente violenta, y en presencia de un psiquiatra, la poseída se levantó de
golpe. Tomando impulso como un discóbolo, propinó un tremendo puñetazo
directamente en la sien derecha del sacerdote. El impacto fue tan brutal que el
sonido del golpe resonó en toda la sacristía, alarmando al médico presente. Sin
embargo, el padre Cándido prosiguió el exorcismo sonriente e impertérrito. Al
finalizar, confesó que solo había sentido el roce de un «guante de
terciopelo».
No obstante, no
todas las batallas espirituales terminaban en liberación inmediata; los tiempos
pertenecen a Dios. El propio Cándido relató cómo en una ocasión exorcizaba a un
muchacho con el que llegó a entablar una violenta lucha física, cayendo ambos
al suelo exhaustos. Pocos días después, el sacerdote recibió un mensaje
providencial enviado por el Padre Pío desde San Giovanni Rotondo: «No pierda el
tiempo y las fuerzas con ese joven. Es un esfuerzo inútil». La profecía del
santo capuchino se cumplió, pues a pesar de los denodados esfuerzos del
exorcista, el joven nunca logró la liberación definitiva.
El legado del
padre Cándido Amantini, perpetuado en las memorias escritas por el padre
Gabriele Amorth, sigue siendo hoy un testimonio imperecedero de que la batalla
espiritual es real, que el diablo teme a los pastores humildes y que,
ante el nombre de Jesús, toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra y en
el abismo.
María Rabell
García
Fuente: El Debate
