Un objetivo prioritario y realista es renovar la
preparación al matrimonio, presentándolo como una auténtica vocación bautismal
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| Miguel Garrigós con el Papa Francisco |
Entrevistamos
al director de la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida de
la Conferencia Episcopal a pocas semanas del encuentro convocado por León XIV
en el Vaticano con motivo del décimo aniversario de Amoris laetitia
A pocas semanas
del encuentro convocado por el papa León XIV en el Vaticano —del 7 al 14 de
octubre, con motivo del décimo aniversario de la exhortación apostólica Amoris
laetitia—, la Iglesia universal se dispone a reflexionar y orar sobre la
situación actual de las familias y el futuro de esta institución frente a las
transformaciones del mundo contemporáneo. En un contexto marcado por tensiones
tecnológicas, presiones económicas e ideológicas, la familia sigue llamada a
ser ese refugio donde la persona es amada, ama y aprende el sentido de la vida.
Para profundizar en este itinerario de escucha, discernimiento y atención
pastoral, conversamos con Miguel Garrigós, sacerdote de la archidiócesis de
Toledo y director de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la
Vida de la Conferencia Episcopal Española. Le planteamos algunas de las
cuestiones que se van a debatir en el encuentro convocado por el Pontífice.
—¿Qué espera
del encuentro propuesto por el Santo Padre a los diez años de Amoris laetitia?
—Considero que puede ser muy interesante
volver a leer Amoris laetitia hoy, diez años después, y
alejados de la tormenta que surgió en torno a su publicación. La exhortación,
escrita después de los dos Sínodos sobre la familia, contiene mucha riqueza en
cuanto al análisis de la situación y en cuanto a las propuestas de pastoral
familiar para el momento presente. El hecho de convocar a los presidentes de
todas las Conferencias Episcopales puede dar una visión muy acertada de cómo ha
sido la acogida de este documento, lo que permitirá analizar en profundidad
cuáles han sido las dificultades encontradas.
—¿Cuáles son
los principales desafíos de las familias hoy y qué objetivos realistas y
tangibles debe marcarse la Iglesia para abordarlos?
—El principal desafío siempre es descubrir la belleza del Evangelio de la
Familia: que cada familia encuentre el tesoro que es el sacramento del
Matrimonio, fuente de su vocación. Este reto debe ser vivido en el contexto del
cambio de época marcado por la «cultura de la desvinculación», donde el
individualismo posesivo pretende que la familia deje de ser un espacio de donación
para convertirse en un «lugar de paso». A esto se suma la ideología de género,
que desconecta la identidad de la biología, y el impacto de las nuevas
tecnologías que generan aislamiento interno en el hogar. No podemos olvidar las
condiciones económicas y sociales —precariedad laboral, coste de la vivienda y
falta de conciliación—, que actúan como barrera estructural, bloqueando la
emancipación, lo que provoca una «fecundidad frustrada» y contribuye a la
consolidación del «invierno demográfico».
Un objetivo
prioritario y realista es renovar la preparación al matrimonio, presentándolo
como una auténtica vocación bautismal, mediante la implantación del documento Itinerarios
Catecumenales para la Vida Matrimonial y evitando las preparaciones meramente
administrativas.
—¿Qué signos de
esperanza, desafíos y puntos críticos surgen hoy en las vidas de las familias?
¿Qué transformaciones propias de nuestro tiempo están afectando a la
experiencia del amor?
—A pesar de las dificultades, la familia sigue siendo la institución más
valorada y la máxima prioridad para la juventud española. Existe un «repunte de
la trascendencia» entre los jóvenes, con un crecimiento en la importancia de la
religión y un deseo renovado de buscar estabilidad y un «puerto seguro» frente
a la precariedad y soledad urbana. Un claro ejemplo de estos signos de
esperanza lo hemos constatado con la visita del papa León XIV a España, donde
hemos podido ver a muchísimas familias junto a sus hijos participando en los
diversos actos y testimoniando con gran alegría su fe.
Se sufre un
desarraigo y una aceleración vital que impiden establecer relaciones profundas,
lo cual sumerge, en muchas ocasiones, a los hogares en una «sociedad del
desasosiego». También es crítica la soledad posnupcial y la falta de apoyo
comunitario, que deja a las familias sin «amortiguadores» ante las crisis.
En cuanto a las
transformaciones, preocupa especialmente la «cultura de lo provisorio», en la
que los afectos se activan o desactivan según conveniencia, lo que genera miedo
al compromiso permanente. El amor se confunde a menudo con una emoción líquida
que desaparece con el sentimiento. Además, factores como el narcisismo, la
comercialización del cuerpo y la pornografía estancan la madurez afectiva, y
provocan también una ruptura entre la sexualidad, el amor conyugal y la
fecundidad.
—¿Qué
lenguajes, experiencias e itinerarios educativos y espirituales pueden
acompañar a los niños, adolescentes y jóvenes en su crecimiento emocional,
relacional y sexual, ayudando a reconocer el valor del matrimonio?
—A la luz de Amoris laetitia y del documento Itinerarios Catecumenales para la
Vida Matrimonial, es necesario llevar a cabo un discernimiento sereno respecto
a estos lenguajes, experiencias e itinerarios. En los últimos años, han surgido
muchas iniciativas que deben ser acogidas y acompañadas, teniendo presente lo
que nuestros obispos abordaban en la
Nota
doctrinal sobre el papel de las emociones en el acto de fe.
Creo que, en el
contexto de esta sociedad pansexualizada, es muy importante insistir en la
educación afectivo-sexual, que es una tarea que compete principalmente a los
padres, quienes, a su vez, deben ser acompañados eclesialmente. Es
imprescindible el trabajo en comunión entre los agentes implicados en la
formación de niños, adolescentes y jóvenes.
Merece la pena
resaltar el trabajo llevado a cabo desde la Conferencia Episcopal para mostrar
la belleza del matrimonio. Desde hace cinco años la Iglesia está utilizando un
lenguaje fresco a través de la Semana del Matrimonio, al ofrecer experiencias
creativas como escape rooms, rutas románticas, catas de vino con catequesis, la
aplicación «MatrimONio» y videojuegos como «LEVEL UP! El juego de dos».
—¿Qué formas de
acompañamiento ayudan más a las parejas en los primeros años de su vida
matrimonial y cómo se pueden favorecer las relaciones entre familias y las
experiencias de apoyo mutuo?
—La propuesta de itinerario catecumenal que se nos hace desde la Santa Sede
subraya que el acompañamiento a las parejas no termina el día de la boda,
porque, precisamente, en ese momento comienza la vivencia de la vocación
matrimonial. «Es necesario, en los encuentros que se les proponen, insistir en
la sacralidad del vínculo conyugal y, como demuestra la experiencia, en el
hecho de que los bienes —espirituales, psicológicos y materiales— que se
derivan de la conservación de la unión, son siempre muy superiores a los que se
espera obtener de una eventual separación.» (ICVM 81).
Tanto las
diócesis como los movimientos familiaristas ofrecen planes para acompañar a los
matrimonios recién casados y a las familias, teniendo como fundamento que toda
la comunidad cristiana debe estructurarse como una verdadera «familia de
familias».
—¿Cómo podemos
construir comunidades cristianas en las que quienes han vivido la experiencia
del sufrimiento, abandono, separación y/o divorcio puedan sentirse realmente
escuchados, partícipes y corresponsables?
—Estas comunidades se construyen actuando bajo la lógica de la pastoral de la
esperanza, que busca ser una verdadera «Iglesia hospital de campaña» ante las
rupturas y duelos. Es fundamental el papel de los Centros Diocesanos de
Orientación Familiar (COF), que ofrecen equipos multidisciplinares para acoger
y acompañar de forma integral las crisis de la vida cotidiana y familiar.
Para las
situaciones específicas de separación y divorcio, van surgiendo itinerarios
para acompañar a estas personas en su sanación personal y reconciliación con su
historia. Es fundamental en este acompañamiento conjugar adecuadamente la
verdad y la caridad, sin dejar de lado la posibilidad de restaurar el
matrimonio siempre que sea viable. Asimismo, cuando la situación lo permita, se
las debe invitar a acudir a los tribunales eclesiásticos para valorar si el
matrimonio contraído ha sido nulo.
Las comunidades
cristianas también deben cuidar a los hijos de padres separados, y acompañar
otros sufrimientos familiares complejos mediante iniciativas para mujeres
víctimas de violencia doméstica o familias que afrontan el duelo perinatal.
Por Luís Rivas
Fuente:
Ecclesia