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| El Papa Pío XI |
Un 14 de septiembre de 1936, en la
festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, el Pontífice conmovió a la
Cristiandad al calificar de «verdaderos martirios» las pruebas del clero
español y denunciar con amargura que «los hermanos han matado a los hermanos»
Tal
día como ayer, un 14 de septiembre de 1936, la Santa Sede se convirtió en
altavoz de la tragedia religiosa que asolaba a España. En coincidencia con la
festividad litúrgica de la Exaltación de
la Santa Cruz, el Papa Pío XI recibió
en audiencia solemne a un nutrido grupo de obispos, sacerdotes, religiosos y
laicos huidos de la persecución. Aquella alocución pública, titulada La vostra presenza (Vuestra presencia),
constituyó una intervención histórica en la que el Pontífice abordó los
padecimientos de la Iglesia en suelo español.
El
Santo Padre comenzó su discurso reconociendo el «tumulto de sentimientos
contradictorios» que embargó su corazón de Padre común, dividido entre el
amargo dolor por las víctimas y la «suave y fiera alegría» ante el heroísmo de
la fe. Ante aquellos fieles despojados de todo y buscados a muerte en ciudades,
aldeas y montañas, Pío XI evocó las palabras del Apóstol San Pablo sobre los
primeros mártires para proclamar que «el
mundo no era digno de ellos» («quibus dignus non erat mundus»).
En sus reflexiones de apertura, el Pontífice reveló además una
perspectiva providencial sobre el éxodo de los perseguidos, afirmando que la
dispersión de los refugiados por distintos países no era sino una misteriosa
«disposición de la Providencia divina» para llevar por el mundo el testimonio
vivo del heroico apego a la fe ancestral «que por cientos y miles [...] ha
añadido confesores y mártires al ya tan glorioso martirologio de la Iglesia de
España».
«Verdaderos martirios» y la tragedia de la guerra entre hermanos
Dirigiéndose a los perseguidos por
su condición de «ministros de Cristo y administradores de los misterios de
Dios», el Papa no dudó en catalogar sus padecimientos como «verdaderos
martirios en todo el sacro y glorioso significado de la palabra». Conmovido por
el testimonio de ancianos, jóvenes y sacerdotes, el Pontífice los proclamó
solemnemente ante la Iglesia como su «gozo y corona» («gaudio mio e corona
mia»).
Sin embargo, el tono se tornó
desgarrador al analizar la naturaleza del conflicto en suelo español. Pío
XI denunció la devastación de vidas sagradas, templos y tesoros de fe y
cultura, elevando el grito sobre la tragedia central de la contienda: «los
hermanos han matado a los hermanos» («i fratelli hanno ucciso i fratelli…»).
Para remarcar el horror del derramamiento de sangre entre hijos de una misma
patria, el Papa citó al célebre pensador Alessandro Manzoni, recordando
que «la sangre de un solo hombre vertida por mano de su hermano es excesiva
para todos los siglos y para toda la tierra».
Advertencia
al mundo y llamamiento al perdón
Durante
su audiencia, Pío XI alertó a Europa contra la propaganda subversiva desatada bajo el lema «sin Dios, contra
Dios», previniendo sobre lo que calificó como una «insidia» o engaño
peligroso de los propagandistas subversivos. Estos intentaban convencer a los
católicos de que era posible colaborar con ellos en reformas económicas o
sociales, sugiriendo que se podía distinguir «entre ideología y práctica, entre
ideas y acción, entre orden económico y orden moral».
Tal
y como definió el Papa, esto se trata de una trampa «extremadamente peligrosa»,
ideada y destinada únicamente «a engañar
y desarmar a Europa y al mundo en beneficio exclusivo de los programas
inmutables de odio, subversión y destrucción que los amenazan».
El
Pontífice otorgó su bendición apostólica a quienes asumieron la ardua tarea de
«defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión». No obstante,
fiel al mandato evangélico, Pío XI instó a los presentes a no guardar rencor y
a amar a los propios perseguidores con
compasión y misericordia, rezando por su conversión. El Papa concluyó su
histórico discurso confiando en que, bajo el emblema de la Cruz —«per Crucem ad
lucem»—, volviera a despuntar pronto sobre el cielo español el «arcoíris de la
paz».
María Rabell García
Fuente: El Debate
