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| Dominio público |
El conflicto
es connatural a las sociedades desde su nacimiento y su raíz no es otra que el
mal que anida en nuestros corazones. No es fácil ver este mal en nosotros. Nos
es más fácil verlo en el vecino. Pero si nos paramos y lo pensamos un poco, las
fuerzas que mueven a mis vecinos son las mismas que las que me mueven a mí.
Una enorme
tentación de la vida social es la de dividir a las personas entre buenos y
malos. Yo y los míos, somos los buenos. Los otros, son los malos. Pero no es
así. No hay buenos y malos por naturaleza. En todos está presente la capacidad
de hacer el bien y la de hacer el mal. Y todos, en mayor o menor medida, nos
dejamos llevar por el mal.
Por eso,
cuando Jesús habla a los apóstoles sobre la vida de la Iglesia, les advierte de
que habrá conflictos entre ellos y les muestra un camino para afrontarlos. Y
digo para afrontarlos, no para solucionarlos. Porque creo que los conflictos no
son problemas que solucionar, sino situaciones de la vida que hemos de mirar de
frente buscando la verdad. Si la buscamos juntos, encontraremos la paz; si no,
permaneceremos en la confrontación.
La enseñanza
de Jesús sobre la vida fraterna que san Mateo recoge en el capítulo 18 de su
evangelio, se podría dividir en siete enseñanzas. La introducción y la
conclusión tienen la forma de un diálogo con los discípulos. En el evangelio de
este domingo se nos presentan la cuarta, quinta y sexta enseñanza; el domingo
que viene escucharemos la séptima y última. Son muy valiosas para la vida de la
Iglesia; pero también lo son para la sociedad en su conjunto, seamos o no
cristianos. Si las aprendiéramos bien, creo que harían mucho más tranquilas
nuestras relaciones.
La primera
de las enseñanzas que se recogen este domingo nos dice que es importante
afrontar los conflictos directamente y no dejarnos llevar por la murmuración,
la crítica y la maledicencia. Cuando alguien me hace daño, es más fácil hablar
de ello a la espalda, con otras personas, pero eso sólo agrandará el problema.
El Señor nos incita a hablarlo directamente con la persona a solas, con una
comunicación sincera y sencilla, sin juzgar, simplemente exponiendo lo que yo
he visto y escuchando la percepción de la otra persona. Si esto no funciona,
llamemos a otros dos o tres que nos ayuden a ver quien tiene razón. Y si esto
no funciona, busquemos entonces un juez que con su autoridad represente a la
comunidad y nos guíe hacia la verdad y la paz. Para que esto funcione, es muy
importante tener un verdadero deseo de buscar la verdad, saliendo de nuestro
propio interés. Y aquí está el punto más difícil.
Pero en la
segunda enseñanza nos habla de la importancia de tratar bien los asuntos. Lo
que atemos y desatemos en esta vida es harto importante, porque tiene un
reflejo en la eterna. En la vida comunitaria, los detalles más pequeños tienen
gran importancia. Una sonrisa, un gesto de acercamiento, un lenguaje desarmado,
que esté atento a no herir al otro… ayudarán a buscar juntos la verdad.
Y en la
tercera, nos dice el Señor que, en cualquier caso, nos ayudará sentarnos juntos
a orar, es decir a mirar a Dios y ponernos de acuerdo ante él. La verdadera
oración es ya unión de corazones. Esto hará presente el nombre de Jesús y nos
descentraremos de nosotros mismos, buscando caminos de reconciliación en la
verdad, pues la amistad con él vale más que todas nuestras disputas y
diferencias.
Es posible
que nos parezca que nuestras pequeñas acciones no afectan nada para los
conflictos que vivimos a nivel nacional o internacional. Pero no es así.
Aprender a afrontar los conflictos y el mal que subyace en ellos en nuestras
relaciones cotidianas como nos enseña Jesucristo es ya siembra de la
civilización del amor.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
