EL CONSEJO DE UN PADRE DEL DESIERTO PARA VENCER EL ORGULLO

Para luchar contra el orgullo, un buen examen de conciencia implacable como el del Padre del Desierto Hor es ideal para descubrir por qué nos sentimos superiores

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El monje Hor, que aún lleva el nombre de un dios pagano (aquel al que llamamos Horus), es un gran conocedor del alma humana; conoce bien los recovecos donde se esconde el orgullo y, para ayudarnos a luchar contra este demonio particularmente tenaz, nos anima a realizar un riguroso examen de conciencia, con el fin de acabar con toda complacencia en nuestro interior:

Hor dijo además: "Cada vez que un pensamiento de soberbia u orgullo se insinúe en ti, escudriña tu conciencia para ver si has cumplido todos los mandamientos, si amas a tus enemigos (Mt 5, 44), si te alegras de su éxito y te entristeces por su fracaso, si te consideras un siervo inútil (Lc 17, 10) y el más pecador de todos. Y aun así, no te creas tan importante como si lo hubieras hecho todo bien, sabiendo que ese pensamiento lo destruye todo".

Ese perdón concedido a regañadientes

Es evidente que, para creerse justo y capaz de juzgar a los demás, habría que haber "cumplido todos los mandamientos". Pero no es así. Hay muchos comportamientos que hemos intentado evitar porque nos avergüenzan y nuestra atención se centra ante todo en ese aspecto, con la tentación de juzgar sin piedad a quienes caen en ellos. Pero está todo lo demás, en lo que pensamos menos.

Hor empieza por el amor a los enemigos, que es un tema delicado, pues, aunque podamos intentar pasar página ante los golpes recibidos, seguimos conservando un sentimiento de superioridad respecto a quien nos los infligió: "Perdono, pero no olvido", como decía una señora que conocí, refiriéndose a su marido, quien la había humillado durante mucho tiempo con su mala conducta.

Pero, si nos quedamos ahí, nos hemos perdido lo esencial: ¡qué regalo envenenado es ese perdón dado a regañadientes, por parte de quien se cree justo y hace notar la diferencia! Por el contrario, ¡qué amor hace falta para aplastar todos esos malos recuerdos y besar la mano que te ha golpeado!

Como un siervo inútil

El monje continúa: "¡Alégrate de su éxito y entristécete por su fracaso!" ¿Cómo defenderse de la idea de que el culpable no se merece en absoluto los favores con los que Dios lo colma? Y, aunque no se diga nada al respecto, ¿cómo escapar de la sensación de que su desgracia es una pequeña compensación por el mal que nos ha hecho sufrir? Y, sin embargo, habría que arrancar todos esos sentimientos de nuestro corazón, llorar con los que lloran, alegrarse con los que tienen éxito. ¡Terrible!

¡Considérate un siervo inútil!. Entonces, ¿todo lo que hemos hecho por la buena causa y por el bien de los demás no existe? ¿Cómo pensar que somos "inútiles"? Quizá hayamos cometido errores, y de hecho es seguro que los hemos cometido, pero en comparación con los éxitos…

El Señor tiene derecho a respondernos:

"¿Qué tienes que no hayas recibido? Esa inteligencia, esa capacidad de trabajo, esos talentos que has puesto en práctica, ¿de dónde te vienen si no es de mí, que te los he concedido durante años, con mucho amor, sin que tú lo merecieras? Y además, ¿siempre has hecho buen uso de esos dones? ¿No habrán servido a menudo para alimentar tu vanidad y para fines egoístas?"

Echa un vistazo a los dones increíbles que hemos recibido

Y Hor concluye sus recomendaciones con la frase más desconcertante:

"'… ¡y [saberse] el más pecador de todos!' Los santos hablaban así, es cierto, ¡pero exageraban! Aunque… en el fondo, quizá no sea tan seguro: ellos veían lo que habían recibido, los tesoros de ternura que les habían concedido Cristo y la Virgen María.

Sabían mejor que nadie lo rápido que volvía su mediocridad, en cuanto el flujo de la gracia se ralentizaba. Es terrible ver los dones increíbles que hemos recibido y saber que aún estamos tan lejos de la meta.

Esa es precisamente la situación en la que nos encontramos todos. Adoptemos esa actitud para ahuyentar al demonio que está dispuesto a susurrarnos al oído: 'Mira qué guapo, inteligente y eficaz eres…'"

Sophie Baron

Fuente: Aleteia