Para luchar contra el orgullo, un buen examen de conciencia implacable como el del Padre del Desierto Hor es ideal para descubrir por qué nos sentimos superiores
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| Crédito: InnervisionArt I Shutterstock |
El monje Hor,
que aún lleva el nombre de un dios pagano (aquel al que llamamos Horus), es un
gran conocedor del alma humana; conoce bien los recovecos donde se esconde el
orgullo y, para ayudarnos a luchar contra este demonio particularmente tenaz,
nos anima a realizar un riguroso examen de conciencia, con el fin de acabar con
toda complacencia en nuestro interior:
Hor dijo
además: "Cada vez que un pensamiento de soberbia u orgullo se insinúe en
ti, escudriña tu conciencia para ver si has cumplido todos los mandamientos, si
amas a tus enemigos (Mt 5, 44), si te alegras de su éxito y te entristeces por
su fracaso, si te consideras un siervo inútil (Lc 17, 10) y el más pecador de
todos. Y aun así, no te creas tan importante como si lo hubieras hecho todo
bien, sabiendo que ese pensamiento lo destruye todo".
Ese perdón
concedido a regañadientes
Es evidente
que, para creerse justo y capaz de juzgar a los demás, habría que haber
"cumplido todos los mandamientos". Pero no es así. Hay muchos
comportamientos que hemos intentado evitar porque nos avergüenzan y nuestra
atención se centra ante todo en ese aspecto, con la tentación de juzgar sin
piedad a quienes caen en ellos. Pero está todo lo demás, en lo que pensamos
menos.
Hor empieza por
el amor a los enemigos, que es un tema delicado, pues, aunque podamos intentar
pasar página ante los golpes recibidos, seguimos conservando un sentimiento de
superioridad respecto a quien nos los infligió: "Perdono, pero no
olvido", como decía una señora que conocí, refiriéndose a su marido, quien
la había humillado durante mucho tiempo con su mala conducta.
Pero, si nos
quedamos ahí, nos hemos perdido lo esencial: ¡qué regalo envenenado es ese
perdón dado a regañadientes, por parte de quien se cree justo y hace notar la
diferencia! Por el contrario, ¡qué amor hace falta para aplastar todos esos
malos recuerdos y besar la mano que te ha golpeado!
Como un siervo
inútil
El monje
continúa: "¡Alégrate de su éxito y entristécete por su fracaso!"
¿Cómo defenderse de la idea de que el culpable no se merece en absoluto los
favores con los que Dios lo colma? Y, aunque no se diga nada al respecto, ¿cómo
escapar de la sensación de que su desgracia es una pequeña compensación por el
mal que nos ha hecho sufrir? Y, sin embargo, habría que arrancar todos esos
sentimientos de nuestro corazón, llorar con los que lloran, alegrarse con los
que tienen éxito. ¡Terrible!
¡Considérate un
siervo inútil!. Entonces, ¿todo lo que hemos hecho por la buena causa y por el
bien de los demás no existe? ¿Cómo pensar que somos "inútiles"? Quizá
hayamos cometido errores, y de hecho es seguro que los hemos cometido, pero en
comparación con los éxitos…
El Señor tiene
derecho a respondernos:
"¿Qué
tienes que no hayas recibido? Esa inteligencia, esa capacidad de trabajo, esos
talentos que has puesto en práctica, ¿de dónde te vienen si no es de mí, que te
los he concedido durante años, con mucho amor, sin que tú lo merecieras? Y
además, ¿siempre has hecho buen uso de esos dones? ¿No habrán servido a menudo
para alimentar tu vanidad y para fines egoístas?"
Echa un vistazo
a los dones increíbles que hemos recibido
Y Hor concluye
sus recomendaciones con la frase más desconcertante:
"'… ¡y
[saberse] el más pecador de todos!' Los santos hablaban así, es cierto, ¡pero
exageraban! Aunque… en el fondo, quizá no sea tan seguro: ellos veían lo que
habían recibido, los tesoros de ternura que les habían concedido Cristo y la
Virgen María.
Sabían mejor
que nadie lo rápido que volvía su mediocridad, en cuanto el flujo de la gracia
se ralentizaba. Es terrible ver los dones increíbles que hemos recibido y saber
que aún estamos tan lejos de la meta.
Esa es
precisamente la situación en la que nos encontramos todos. Adoptemos esa
actitud para ahuyentar al demonio que está dispuesto a susurrarnos al oído:
'Mira qué guapo, inteligente y eficaz eres…'"
Sophie Baron
Fuente: Aleteia
