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| Dominio público |
Todos los
evangelios coinciden en que, justo después de esto, Jesús empezó a enseñar a
sus discípulos que el camino no iba a ser nada fácil. No sabemos muy bien
cuándo empezó Jesús a tomar conciencia de que el final de su vida se acercaba y
que debía dirigirse a Jerusalén a celebrar la Pascua por última vez, sabiendo
que la hora de la verdad había llegado.
Sabía con
claridad que allí sería maltratado y condenado por los jefes del pueblo de
Israel y por el gobernador romano y que lo ejecutarían. Pero también tenía la
certeza de que, al tercer día, resucitaría, pasando de la muerte a una vida
nueva.
Como digo,
no sabemos si Jesús tenía conocimiento de que este sería su final desde niño, o
desde que empezara su misión en las orillas del Jordán; o, tal vez, se le fue haciendo
más cierto a medida que avanzaba su predicación y crecía el enfrentamiento con
los escribas y fariseos, principalmente los enviados desde Jerusalén. Lo que sí
parece claro es que, en su último año de vida, en distintos momentos fue
preparando a los discípulos con discreción para este final violento.
El apóstol
Pedro, como tantas otras veces, toma en este anuncio de Jesús el rol de la
sensatez humana, del amigo bienintencionado que quiere librarlo de este
sufrimiento y que le pide que no sea tan negativo. «¡Seguro que Dios no quiere
eso para ti!» «¿Cómo va a querer Dios el sufrimiento de su Hijo?» «¿Puede
formar parte del plan de Dios el sufrimiento?» Verdaderamente estas preguntas
también son importantes para nosotros, que seguramente nos habremos hecho más
de una vez.
El camino de
la vida no es fácil y el sufrimiento forma parte de ella. Es natural percibirlo
como algo a evitar. Sin embargo, desde el principio somos muy conscientes de
que sin tribulación no hay vida. Nacer es ya un acto marcado por el
sufrimiento, para la madre y para el hijo. Pero luego no hay crecimiento de la
vida sin el sufrimiento de la enfermedad o de la dificultad en la relación
educativa.
Es el desconsuelo
de los padres con sus hijos adolescentes o el de los hijos que buscan su propio
camino y vocación en medio de la sociedad. No creo que haya nadie que haya
crecido sin experimentar el sufrimiento. Crecer implica un cierto grado de dolor
por dejar una etapa vivida y a las personas que nos han acompañado. Hemos de
aceptarlo. Amar incluye sufrir por el mal del otro y que otro pueda y quiera
sufrir por el mío. Decir que amamos a una persona es también asumir que estamos
dispuestos a sufrir por ella. ¿Qué tipo de amor sería aquel que a los primeros
atisbos de sufrimiento se alejara? Asumir el dolor por el amado forma parte
esencial del amor, lo mismo que compartir las alegrías.
Jesús acoge
así su vida. Va a ser rechazado por los jefes de su pueblo y no se echará
atrás. El amor del Padre le impulsa a permanecer firme y a abrazar así todo el
rechazo de la humanidad al designio de Dios. Por eso nos enseña que quien
quiera seguirle debe abrazar también su cruz, es decir, estar dispuesto a
permanecer con él en el amor, en la búsqueda de lo bueno, de lo más verdadero y
bello.
No se trata
de buscar el sufrimiento por sí mismo, sino de amar de verdad con el dolor que
esto pueda conllevar. Una madre y un padre que permanecen al pie de la cama de
su hijo enfermo; unos hijos que permanecen junto a su madre que ha perdido la
cabeza y ya no les reconoce; unos esposos que afrontan juntos la dificultad de
un hijo o un problema económico. Son signos que todos podemos reconocer y que
nos muestran que el mejor camino es el amor, pues este es el que nos hace más
humanos.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
