COMENTARIO AL EVANGELIO DE NUESTRO OBISPO D. JESÚS VIDAL: "UN CAMINO TORTUOSO"

Tras la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo Jesús le encomienda la misión de ser piedra sobre la que construir la Iglesia.
Dominio público

Todos los evangelios coinciden en que, justo después de esto, Jesús empezó a enseñar a sus discípulos que el camino no iba a ser nada fácil. No sabemos muy bien cuándo empezó Jesús a tomar conciencia de que el final de su vida se acercaba y que debía dirigirse a Jerusalén a celebrar la Pascua por última vez, sabiendo que la hora de la verdad había llegado.

Sabía con claridad que allí sería maltratado y condenado por los jefes del pueblo de Israel y por el gobernador romano y que lo ejecutarían. Pero también tenía la certeza de que, al tercer día, resucitaría, pasando de la muerte a una vida nueva.

Como digo, no sabemos si Jesús tenía conocimiento de que este sería su final desde niño, o desde que empezara su misión en las orillas del Jordán; o, tal vez, se le fue haciendo más cierto a medida que avanzaba su predicación y crecía el enfrentamiento con los escribas y fariseos, principalmente los enviados desde Jerusalén. Lo que sí parece claro es que, en su último año de vida, en distintos momentos fue preparando a los discípulos con discreción para este final violento.

El apóstol Pedro, como tantas otras veces, toma en este anuncio de Jesús el rol de la sensatez humana, del amigo bienintencionado que quiere librarlo de este sufrimiento y que le pide que no sea tan negativo. «¡Seguro que Dios no quiere eso para ti!» «¿Cómo va a querer Dios el sufrimiento de su Hijo?» «¿Puede formar parte del plan de Dios el sufrimiento?» Verdaderamente estas preguntas también son importantes para nosotros, que seguramente nos habremos hecho más de una vez.

El camino de la vida no es fácil y el sufrimiento forma parte de ella. Es natural percibirlo como algo a evitar. Sin embargo, desde el principio somos muy conscientes de que sin tribulación no hay vida. Nacer es ya un acto marcado por el sufrimiento, para la madre y para el hijo. Pero luego no hay crecimiento de la vida sin el sufrimiento de la enfermedad o de la dificultad en la relación educativa.

Es el desconsuelo de los padres con sus hijos adolescentes o el de los hijos que buscan su propio camino y vocación en medio de la sociedad. No creo que haya nadie que haya crecido sin experimentar el sufrimiento. Crecer implica un cierto grado de dolor por dejar una etapa vivida y a las personas que nos han acompañado. Hemos de aceptarlo. Amar incluye sufrir por el mal del otro y que otro pueda y quiera sufrir por el mío. Decir que amamos a una persona es también asumir que estamos dispuestos a sufrir por ella. ¿Qué tipo de amor sería aquel que a los primeros atisbos de sufrimiento se alejara? Asumir el dolor por el amado forma parte esencial del amor, lo mismo que compartir las alegrías.

Jesús acoge así su vida. Va a ser rechazado por los jefes de su pueblo y no se echará atrás. El amor del Padre le impulsa a permanecer firme y a abrazar así todo el rechazo de la humanidad al designio de Dios. Por eso nos enseña que quien quiera seguirle debe abrazar también su cruz, es decir, estar dispuesto a permanecer con él en el amor, en la búsqueda de lo bueno, de lo más verdadero y bello.

No se trata de buscar el sufrimiento por sí mismo, sino de amar de verdad con el dolor que esto pueda conllevar. Una madre y un padre que permanecen al pie de la cama de su hijo enfermo; unos hijos que permanecen junto a su madre que ha perdido la cabeza y ya no les reconoce; unos esposos que afrontan juntos la dificultad de un hijo o un problema económico. Son signos que todos podemos reconocer y que nos muestran que el mejor camino es el amor, pues este es el que nos hace más humanos.

 + Jesús Vidal 

Obispo de Segovia

Fuente: Diócesis de Segovia