UN NEUROPSIQUIATRA Y LOS EXORCISMOS: «HAY CASOS INEXPLICABLES. SOLO QUEDA UNA PUERTA POR ABRIR: LA DEL MAL»

El científico forense acaba de publicar 'Posesión', donde plasma años de investigación de fenómenos incomprensibles para la ciencia

Doctor Gaona: «Jesucristo fue el primer exorcista»

Es nieto de exiliados republicanos en Bruselas, donde nació en 1957. José Miguel Gaona aún rememora cuando, «con siete u ocho años, nos mudamos con mis padres a Chile en un barco carguero», durante una travesía que se prolongó casi un mes y medio.

No sería, ni mucho menos, el final de sus periplos: después viviría en Nueva York, Alemania y España, y por eso habla cuatro o cinco idiomas con fluidez. «Pero, cuando regreso a Chile, sé hablar con la forma de allí, y todos piensan que soy chileno», asegura. Añadamos, por tanto, el chileno a la lista de lenguas que maneja con soltura este médico neuropsiquiatra forense y autor de libros que se han convertido en fenómenos editoriales. El último de ellos, Posesión (La esfera de los libros), supone «un viaje profundo entre la ciencia y el misterio de los exorcismos».

–¿Le podríamos definir entonces como un científico que cree en el demonio?

–¡Bueno, dicho así...! Yo lo que intento es encontrar conceptos que van más allá de lo habitualmente establecido. Estoy convencido de que la ciencia se puede dar el lujo –si me permites la expresión– de estudiar y de profundizar en absolutamente todo. De hecho, las neurociencias hoy en día están intentando explicar la relación que existe entre el cerebro, el mal, la toma de decisiones...

Soy psiquiatra forense. He conocido a muchísimas personas que, en ocasiones, han cometido realmente crímenes brutales, execrables, no accidentales (que uno puede, en una pelea, quizá, tener un rifirrafe con alguien). Desgraciadamente no me refiero solo a asesinatos dirigidos a quitar la vida de alguien: hablo de descuartizamientos y ese tipo de cuestiones.

Muchas veces, cuando empiezas a quitar las capas del hecho, como si fueran la piel de una cebolla, hay un momento en el que, prácticamente, no hay una explicación. La persona te dice: Doctor Gaona, es que no le puedo explicar más. No era yo. Y no te lo dice para disimular o para fingir un comportamiento. Es, más bien, un algo me llevó a ello.

Pero, además, si reflexionamos cautamente, nos daremos cuenta de que la mayoría de nosotros, de vez en cuando, hacemos cosas de las que nos arrepentimos, y en las que a veces incluso ni siquiera nos reconocemos: ¿Pero cómo he podido hacer esto? Sí que lo he hecho. Pero no era yo.

Por supuesto que habrá alguna explicación neurocientífica para eso, para escoger ese bien, para ese libre albedrío. En eso estoy.

–Y, como científico, ¿cuándo empieza a considerar la posibilidad de un ser sobrenatural de naturaleza diabólica?

–Una de las razones por las que escribí Posesión es porque, hace unos 15 ó 18 años, fui a un exorcismo. Era una chica adolescente que cayó al suelo y fue presa de una sintomatología que era difícil de definir desde el punto de vista psiquiátrico. Además, acudían a ella una serie de síntomas que, la verdad, eran sorprendentes. Es decir, xenoglosia –hablar en lenguas extrañas–; titanismo, como una fuerza desmedida en una chica pequeñita, delgadita y, sin embargo, tenía una una fuerza que no se correspondía con su arquitectura física. Eso fue lo primero que me llamó la atención. ¿Cómo no te va a llamar la atención?

–He leído que también empezó a sentir un fuerte olor a azufre...

–En ese exorcismo no lo recuerdo, pero en otros, sí. Sí, efectivamente. Viví fenómenos... interesantes. No solamente oler azufre: bajada de temperatura, materialización de objetos...

–¿Materialización de objetos?

–En uno de los casos en una pequeña iglesia de los alrededores de Roma, una chica comenzó a escupir pequeños pedacitos de metal que se asemejaban a clavos. La verdad es que me sorprendió, a pesar de que el padre Gabriel Amorth ya había advertido sobre ello. Él fue uno de mis profesores en unos cursos que hice justamente en la Universidad Regina Apostolorum auspiciado por el Vaticano.

¿Posible engaño?

–Me imagino que muchos de sus colegas científicos, cuando les refiera estos sucesos, ni le creerán...

–Por supuesto. Es que son hechos tan aparentemente inexplicables que, en ocasiones, yo mismo he llegado a pensar eso. Cualquiera que haya estado en un buen espectáculo de magia hemos visto en ocasiones hacer desaparecer un automóvil completo en el escenario. Es decir, que, después de todo, escupir unos pedacitos de metal no tiene tanto misterio, si uno quisiera engañar.

Sin embargo, lo llamativo del caso es que es en un contexto donde, realmente, no sé quién podría engañar y para qué. Por ejemplo, en este caso, yo había estado hablando con la chica minutos antes, con lo que no sé si podría tener los trocitos de metal ocultos en la boca, pero realmente fue algo inexplicable, algo sorprendente que pasó sin ningún tipo de aviso.

No, no tengo una explicación. De hecho, yo no he cerrado ese capítulo. No sé exactamente a qué se puede deber. Pero, realmente, cuando ocurrió estaba bajo el escrutinio de los que estábamos ahí y, además, yo no le perdía ojo...

–Yo también estuve en un exorcismo hace 25 años con el padre Fortea. No se si le ha llegado a conocer...

–Le conozco. De hecho, le cito en mi libro.

–Lo que vi también fue sorprendente. Una joven con los ojos en blanco permanentemente; cuatro horas agitándose y no tenía una sola gota de sudor... Pero, en cualquier caso, los exorcismos ya aparecen en los Evangelios...

–Sí, sin lugar a dudas. Jesucristo fue el primer exorcista y, además, a diferencia de todos los exorcistas posteriores, Él lo hizo por el poder de ser Hijo de Dios. El resto de exorcistas, hasta el día de hoy, lo hacen invocando a la divinidad, invocando a Dios. No son ellos los que generan la liberación, sino Dios.

–Algunos despachan los exorcismos de Cristo en el Evangelio con los famosos ataques epilépticos que la ciencia ya sabría explicar...

–De hecho, en el libro menciono justamente alguna cuestión relacionada con la epilepsia. Lo importante es si los ataques epilépticos cesaron después de la intervención... Yo mismo sonrío. Pero el poder de la mente es tan brutal que creo que los médicos hemos perdido –con tanta tecnificación– esa influencia, ese poder chamánico ancestral, ese tipo de cuestiones que hemos delegado en la pura técnica, en la química, la farmacología y otro tipo de cuestiones. Muchas veces, uno puede calmar mejor a un paciente con palabras que con el más poderoso de los ansiolíticos. Ese tipo de cuestiones yo creo que las hemos dejado de lado. Y Jesucristo, sin lugar a dudas, fue el primer exorcista.

–Pero entiendo que lo que hace un exorcista es algo más que «un poder chamánico»...

–Claro, efectivamente, he comparado a los chamanes con los médicos más que con los exorcistas. Creo que hay una cosa interesante respecto a esta lucha entre el bien y el mal: que no es simétrica. Esto es importante. Es decir, el mal materializado en la figura satánica no es el reverso de Dios. Son asimétricos. Satán es un ángel caído. Por eso, entre otras cosas, el padre Amorth siempre decía que estaba muy, muy tranquilo: Si Dios está conmigo, ¿qué puedo temer? Con todo el respeto, es un buen guardaespaldas divino...

El poder de Dios

–Por lo tanto, ¿hay un mandato y un poder divino contra ese poder de Satanás?

–En primer lugar, hay que aclarar que la Iglesia manda al 99% de los supuestos endemoniados al psiquiatra. A mí, algún sacerdote me ha llegado a enviar a personas que supuestamente estaban endemoniadas. Pero gran parte de ellas –por no decir casi la totalidad– obedecen a patologías psiquiátricas. A mí, lo que me interesa realmente es ese 1 ó 2% de patologías de personas en las que la ciencia no sabe explicar qué les ocurre. Para mí –y creo que para cualquier investigador– son esos casos extraños, esos unicornios de la ciencia, esos casos que dices: ¿Pero qué ha pasado aquí?.

Yo puedo explicar que alguien se caiga al suelo, que no transpire, que tenga una fuerza titánica que no se corresponda al físico, que deje los ojos en blanco... Pero claro, hay momentos en los que resulta difícil. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que una chica que no tiene ningún tipo de estudios de repente empiece a hablar en latín o griego?

–¿Y cómo lo puede explicar? ¿La ciencia no es capaz?

–Explicar, no puede explicarlo. A día de hoy, no. En el libro hay algunos retazos, porque es un collage en el que también hay algo de teología. De hecho, estudié teología para poder entender mejor a lo que me iba a enfrentar. Y no me refiero a los demonios, sino a escribir el libro y a entender a los sacerdotes. Tiene mucho de neurociencias, tiene mucho de experiencias personales vividas en los exorcismos, en las infestaciones también, que son cuando las casas están malditas o poseídas.

–Ese es otro tema interesante.

–Sí, aunque la Iglesia no está muy de acuerdo con este tipo de conceptos...

–Bueno, con las infestaciones y presencias diabólicas, sí...

–Sí, sí, sí, sí. Aunque hay también algunas tendencias dentro de la Iglesia a las que no les gusta hablar mucho de ellas, porque se asemejan mucho a lo paranormal de casas embrujadas o con fantasmas, ¿verdad? De hecho, estuve justamente con Pietro Randazzo, uno de los sacerdotes que más sabe sobre esto a nivel mundial, y él se dedica específicamente a realizar este tipo de liberaciones, de limpiezas, dentro de esas casas.

–Y usted, como neurocientífico, ¿ha llegado a la conclusión de que el demonio existe? Y Dios, claro.

–Yo creo... Bueno, para empezar, estoy en ello. Sí: estoy en ello. Intento profundizar al máximo en ello. Con mi anterior libro, abrí un proyecto en Facebook que recoge los testimonios de miles y miles de personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte. Las he entrevistado, he viajado por medio planeta... Yo que sé... De todo, hasta intentar comprenderlo. Acercarme a la excelencia, vaya. Cosa obviamente muy difícil en el caso de los exorcismos.

Como forense, creo en el mal. Creo en el mal. Y, es curioso, porque la mayor parte de mis compañeros forenses, cuando estamos en petit comité, llegan a la misma conclusión. Me dicen: Gaona, es que al final no queda otra puerta que abrir que la del Mal. Entonces, ahí nos sobrevienen las preguntas. Incluso la propia neurociencia nos invita a pensar en ello.

Aunque pueda parecer paradójico, la neurociencia ha descubierto hace relativamente pocos años que hay zonas del cerebro que tienen actividad electroencefalográfica milisegundos antes de que suba –como una burbuja en un estanque– la idea a nuestro consciente. Ahora mismo, por ejemplo, estamos hablando usted y yo, y vamos verbalizando nuestras ideas unos milisegundos antes de que sepamos de dónde van a emerger. Me pregunto: ¿desde dónde se generan? ¿Qué influencias pueden tener? Bueno, si a eso ya le añadimos que puede existir un concepto de conciencia no local, en el sentido de que nuestra conciencia podría, a lo mejor, exceder los límites físicos de nuestra cabeza, de nuestro cerebro... Pues sí, Dios mío, el cóctel ya es inquietante.

–«Dios mío»... ¿Dónde mete a Dios en esta ecuación?

–Dios es el gran científico; el que hizo las leyes físicas; el que hace que todo funcione tan perfectamente bien; el que hace que se escriba en el ADN que el bebé recién nacido busque el pecho de su madre para poderse alimentar... Hay montones de cosas que todavía siguen siendo misteriosas. Y aquí viene una cuestión interesante, que es el límite de la ciencia. No estamos anclados, creo yo, excepto algunos compañeros, en una ciencia mecanicista propia del siglo XIX, que es importantísima y que sirvió para avanzar, sin lugar a dudas. Sin embargo, se nos han presentado desde hace ya décadas un montón de cosas, como los agujeros de gusano, que permitirían aparecer en otros sitios del universo, en otro tiempo, en universos paralelos. Son cosas que, si nos las hubiesen contado hace poquísimas décadas, habríamos pensado que eran imposibles. Y, de repente, empezamos a ver que hay cosas que no encajan.

Cuando finalmente se admite el conocimiento, te das cuenta de que, a lo mejor, Dios es ese gran científico, el que hizo las leyes del universo, el que hace que todo funcione tan bien como funciona.

–Es una definición, si me permite, que suena un poco masónica...

–Pero tiene su lado espiritual: lo importante es que la ciencia se interese por este tipo de cosas. Es decir, descubrir que Dios fue el gran científico. Lo que propongo es que esa ciencia pueda impregnarse de este tipo de cuestiones. De hecho, muchas personas creen –equivocadamente– que la mayoría de los científicos no creen en Dios. Yo les invito a buscar en Internet el enorme listado de científicos o de premios Nobel.

–Eso mismo dice José Carlos González Hurtado en su libro Nuevas evidencias científicas de la existencia de Dios: que ser ateo es más propio de gente de letras que de ciencias...

–Efectivamente; Heisenberg decía que, cuando vas bebiendo en la taza de la ciencia, encuentras a Dios al final, en los posos. Cuando paso épocas del año fuera de España, en Nueva York, siempre hay chiringuitos de ateos, algo que me llama la atención. A veces me acerco a ellos, con buen ánimo y respeto, y les digo: ¡Pero si os pasáis todo el día hablando de Dios! Es irónico, pero es verdad.

Álex Navajas

Fuente: El Debate