Nada puede acabar con el amor si es verdadero; y no lo estamos romantizando. Sin embargo, existe una actitud que lo termina con más eficacia que cualquier arma
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| Diego Cervo |
¿Qué es el
amor? No se trata de una sensación corporal, como la que despierta la hormona
de la oxitocina, a eso se le llama enamoramiento. El que es amor verdadero pasa
todas las pruebas, tal vez con excepción de una actitud que es más fuerte que
cualquier arma. Lo mismo ocurre con el amor a Dios. Pero hablemos de ella.
La
indiferencia acaba con el amor
En las
relaciones humanas existe la necesidad de sentirse correspondido, ya sea una
amistad, el amor de pareja, el amor de padres a hijos o entre hermanos y
parientes cercanos. Vaya, incluso el afecto que puede desarrollarse por los
compañeros de trabajo, es importante cultivarlo para que no se apague. A nadie
le gusta sentirse ignorado.
Dice San Pablo
que el amor "Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo
soporta" (1 Cor 13, 7).
En cuanto a
Dios, sabemos que nunca se acabará su amor por nosotros, pero nuestra actitud
hacia Él es distinta. Podemos manifestar mucho amor por el Señor y de pronto
ignorarlo, cayendo en la indiferencia, que es un pecado contra la caridad como
leemos en el Catecismo de la Iglesia católica:
"Se puede
pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia descuida
o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia su acción
preveniente y niega su fuerza" (CEC 2094) .
Cuando el
amor se enfría, hay que remediarlo
Porque el ser
humano es el único afectado cuando permite que su amor a Dios se enfríe. ¿Cómo
se detecta? Ya no quiere ir a Misa, deja de rezar, prefiere quedarse en su casa
que acudir a una charla formativa o participar en alguna actividad parroquial,
no le interesa aprender sobre la doctrina cristiana, no le importan las
necesidades de los demás, no quiere confesarse... y cuando menos de da cuenta,
su amor por Dios ha aminorado gravemente.
El Papa
Francisco agregaba que la indiferencia es una manera de matar a los demás.
Vivir, entonces, sin amor a Dios y al prójimo, será una forma de suicidio
porque estaremos acabando con lo bueno que crece en el corazón con cada obra de
caridad o misericordia que hacemos por el prójimo, y mas aún, cuando olvidamos
que todo lo que somos y tenemos proviene de Dios.
Entonces, ¿cómo
podemos remediarlo? necesitamos una inyección de energía que se puede aplicar
con un buen retiro espiritual, la lectura de la vida de un santo y de la
Sagrada Escritura, el rezo del santo rosario meditado en familia, la
colaboración con algún grupo de pastoral social, participando en misiones
evangelizadoras...
Una confesión
bien hecha también hará lo suyo en nuestra alma, y más si lo acompañamos con
Misa y comunión entre semana. Pero, ante todo, hablemos con Dios y pidámosle
que restaure nuestro amor por Él.
Que la
indiferencia no acabe con nuestro amor a Dios, sino que nos impulse a
reforzarlo cada día, incluyendo nuestras acciones en bien de nuestro prójimo.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
