HAGAMOS REALIDAD EL SUEÑO DE DIOS

Se ha hecho evidente para todos que el Papa es un referente moral creíble en este mundo necesitado de liderazgo

CNS. Lola Gómez

Hemos vivido unos días de gracia, un pequeño milagro en esta época en la que aparentemente parecen triunfar el pesimismo, el relativismo y la soledad. La visita de León XIV nos ha devuelto la esperanza. Ahora toca sacar conclusiones y hacer posible que la simiente sembrada dé mucho fruto, una enorme cosecha de gracia y bendición. «¡Que Dios bendiga siempre a España!», ha deseado el Santo Padre.

¿Qué conclusiones podemos sacar de esta memorable visita?

Sin duda alguna, queda reforzada la figura de León XIV. Se ha hecho evidente para todos que el Papa es un referente moral creíble en este mundo necesitado de liderazgo. Su mensaje es claro, comprensible e iluminador. Y está reforzado por una indudable coherencia personal. Indica senderos bien trazados y ofrece sólidos principios; marca objetivos precisos y muestra el modo de alcanzarlos; ofrece un sentido para la vida y realza el protagonismo de todos y cada uno. Y lo hace con un estilo sereno, cercano y amable, pero muy firme, sobre todo en defensa de los débiles, como cuando tronó contra los traficantes de personas: «¡¡¡Deténganse!!! ¡¡¡Conviértanse!!!». Su centro es Jesús; todo brota de su encuentro experiencial con el Resucitado. Por eso, debemos preguntarnos sobre el verdadero lugar que Cristo ocupa en nuestra vida y, desde ahí, sobre nuestra propia coherencia como cristianos, nuestra capacidad de apertura y acogida, sobre la claridad y valentía del propio testimonio. No se puede edificar sobre la falsedad de la vida, ni sobre la vacuidad de las apariencias. Reflexionemos también sobre la presencia de rasgos que facilitan la comunicación y, en ocasiones, tan ausentes como la amabilidad, la capacidad de empatía, la cordialidad.

El Papa no es un político, sino un hombre de Dios. El referente religioso es fundamental para poder entenderle. Supera las miserias de la lucha partidaria y ofrece liderazgo basado en principios eternos vividos desde la coherencia personal. Por eso puede decir en el Parlamento que «una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse». De ahí que, «junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral». Un mensaje poderoso pronunciado por una persona llena de auctoritas a la que los políticos aplauden durante siete minutos seguidos, con mayor o menor convicción, pero sin atreverse a expresar discrepancias. Tomemos nota. La visita del Papa nos invita a la reflexión a todos los pastores, a todos los servidores, sobre la realidad y las cualidades del liderazgo. Surge evidente la necesidad de guías seguros y mensajes claros. Es tiempo de ahuyentar los miedos y de no predicar otra cosa sino el Evangelio, que va más allá de los egoísmos personales. Nos guiamos por la verdad, que no es un concepto, sino una persona, el camino que nos conduce a la vida.

Tenemos también la reacción de la gente, que ha superado cualquier expectativa. No solo por lo que se refiere a las impresionantes cifras, sino también por el cariño mostrado, por el cálido afecto hacia el Papa. ¿Cómo ha sido posible en una sociedad descristianizada y dominada por el laicismo y el anticristianismo? Personalmente, creo que, por una parte, el sustrato religioso de España es mucho más sólido de lo que puede parecer a simple vista y ha salido a la luz. Conviene no asumir el relato negativo y no minusvalorar la fuerza de la religiosidad popular. Por otra parte, los cristianos tenemos la urgencia de proclamar libremente nuestra fe, de rezar juntos, de vitorear a Cristo, de testimoniar la alegría de ser cristianos. Sin agresividad ni prepotencia, pero sin miedos ni complejos. Resulta imprescindible la presencia de la Iglesia en los espacios públicos, en el diálogo con la cultura, la política, los agentes sociales. Los cristianos debemos salir de las catacumbas y de las sacristías para ser sal de la tierra y luz del mundo. Para ofrecer belleza y brindar sentido.

Otra evidencia es el profundo deseo de vivir la dimensión comunitaria de la Iglesia, integradora y familiar. Reconocernos hermanos y hermanas. Es un mensaje claro frente a quienes introducen la ruptura y el enfrentamiento, sirviendo a intereses inconfesables e ideologías polarizadoras. El diablo divide, Cristo une. La Iglesia del Evangelio es comunión, unidad en la riqueza de la variedad. Se abre al diálogo y a la colaboración buscando el bien común. Se trata, por tanto, de tejer lazos y tender puentes, de hacer posible el encuentro, no de dificultarlo. Así lo ha recordado el Papa a la comunidad diocesana de Madrid, indicando que «existe una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad».

Aquí surge con fuerza el mensaje intensamente social del viaje. La centralidad del amor y la defensa de la dignidad de la persona humana han sido una constante. Recordamos los preciosos diálogos con los jóvenes en la plaza de Lima de Madrid y el Estadio Olímpico de Barcelona y, sobre todo, con los internos en el Centro Penitenciario Brians 1, con las organizaciones diocesanas de caridad y asistencia en la iglesia de San Agustín de Barcelona y con los migrantes en el puerto de Arguineguín, en Las Raíces y en la plaza del Cristo de La Laguna de Tenerife. Conviene releer y meditar estas excelentes catequesis que brotan del corazón. 

La caridad da forma e identidad a la vida cristiana. Y nos mueve a acercarnos a las heridas de los pobres, los pequeños, los vulnerables para aliviar sus sufrimientos. No podemos permanecer sordos e insensibles y menos aún discursear sin tocar las heridas, mentir y hacer demagogia con los marginados o utilizarlos como arma política. Esto es profundamente obsceno. El Papa ha defendido la dignidad de todo ser humano. «No son números ni expedientes. Ustedes son personas», dijo a los migrantes en Arguineguín. Y continuó: «Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego pasar de largo ante los cayucos y las pateras». El pobre, el marginado, importa. Necesitamos la conversión del corazón para sanar la mirada y purificar las acciones.

La visita de León XIV ha dejado un mensaje de esperanza. En Brians 1 nos invitaba a todos «a seguir soñando el sueño de Dios», sabiendo que Dios nos ama como somos, pero nos sueña mejores. Alcemos, pues, la mirada. No nos quedemos en las emociones. 

Por Luis Marín de San Martín

Fuente: Ecclesia