Basta ausentarse una temporada para descubrir que la vida continúa con una normalidad casi ofensiva
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| Descanso de cuerpo y alma@matildelatorrede |
He decidido
cerrar por vacaciones y llevo varios días dándole vueltas a esa frase porque
sospecho que quienes mejor han entendido el descanso no han sido nunca las
grandes empresas, sino esos pequeños comercios de barrio que sobreviven casi
por milagro. Siempre me han enternecido los carteles escritos a mano que
aparecen cada mes de agosto detrás de un escaparate: "Cerrado por
vacaciones. Volvemos en septiembre". Pienso en la mercería que lleva
abierta toda una vida, en la librería donde todavía es el librero quien
recomienda los libros y no un algoritmo, en la ferretería cuyo dueño parece
conocer de memoria cada cajón y cada estantería.
Son negocios
que viven de abrir cada mañana, donde cada cliente cuenta y donde bajar la
persiana durante un mes significa renunciar a unos ingresos que probablemente
hagan falta. Y, sin embargo, llega agosto, cierran la puerta con absoluta
naturalidad y se marchan sin pedir perdón a nadie, porque han comprendido algo
que nosotros, quizá, estamos empezando a olvidar: que descansar no es un
premio, sino una necesidad.
No deja de
sorprenderme que esas pequeñas tiendas, que seguramente tendrían más motivos
que nadie para permanecer abiertas, sean precisamente las que mejor saben
parar, mientras quienes vivimos rodeados de tecnología hemos conseguido
convertir las vacaciones en una sofisticada forma de seguir trabajando.
Cambiamos el despacho por una terraza, el escritorio por una mesa de madera
bajo un porche y el café de media mañana por otro con mejores vistas, pero el
ordenador sigue viajando en la maleta, el teléfono continúa vibrando con la
misma insistencia y el correo electrónico encuentra la manera de colarse entre
un paseo y una comida familiar. Nos repetimos que esta vez sí vamos a
desconectar, aunque, en el fondo, llevamos el trabajo tan metido dentro que ya
ni siquiera hace falta entrar en la oficina para seguir allí.
Confieso que
conozco muy bien ese mecanismo porque llevo años negociando conmigo misma cada
vez que llegan las vacaciones. Siempre empiezo diciendo que esta vez será
distinto, que dejaré el ordenador en casa y que, si alguien necesita algo,
podrá esperar unas semanas. Después aparece esa voz interior tan razonable que
propone un acuerdo aparentemente inofensivo: "Llévatelo, total, no pesa
tanto; si surge algo verdaderamente importante ya decidirás". El
problema es que casi todo empieza pareciendo verdaderamente importante. Un
correo que conviene responder, una noticia que merece un comentario, una idea
para un artículo que no debería perderse o un mensaje al que da apuro contestar
varios días después. Cuando quiero darme cuenta, las vacaciones se han
convertido en un cambio de escenario y poco más. Trabajo con un paisaje más
bonito delante de la ventana, pero sigo haciendo exactamente lo mismo.
Con el paso del
tiempo he llegado a la conclusión de que el problema no es la falta de
vacaciones. El problema es que hemos olvidado cómo se descansa de
verdad. Vivimos tan acostumbrados a estar disponibles que casi nos sentimos
culpables cuando dejamos de estarlo. Contestamos mensajes por educación,
aceptamos llamadas por compromiso y revisamos el teléfono con una frecuencia
que ya no tiene nada que ver con la necesidad, sino con la costumbre. Nos
cuesta reconocerlo, pero hemos terminado identificando nuestra utilidad
con nuestra presencia constante, como si el mundo pudiera detenerse porque
nosotros decidimos desaparecer unos días.
Y, sin embargo,
la realidad tiene una elegancia extraordinaria para devolvernos a nuestro
sitio. Basta ausentarse una temporada para descubrir que la vida continúa con
una normalidad casi ofensiva. Los periódicos siguen publicándose, las reuniones
se celebran, las calles permanecen llenas de gente y las conversaciones
encuentran otros protagonistas. Lejos de ser una mala noticia, a mí me parece
una de las más liberadoras que existen. El mundo ya funcionaba antes de
que nosotros llegáramos y seguirá haciéndolo cuando no estemos. Hay una
humildad muy saludable en aceptar que no somos tan imprescindibles como a veces
imaginamos.
Quizá por eso
llevo tiempo pensando que el descanso no consiste únicamente en dormir más
horas o en cambiar de paisaje. El cuerpo agradece, por supuesto, que dejemos de
madrugar durante unos días, que caminemos sin mirar el reloj y que las comidas
recuperen la calma que pierden durante el resto del año. Pero hay otro
cansancio mucho más profundo que no desaparece por el simple hecho de reservar
un hotel junto al mar o de refugiarse unos días en el campo. Es el
cansancio de quien lleva demasiado tiempo viviendo hacia fuera y
demasiado poco hacia dentro, de quien habla con todo el mundo y apenas
encuentra un momento para escucharse a sí mismo.
Creo que
también el alma necesita vacaciones.
No porque Dios
se marche durante el verano ni porque la vida espiritual funcione con el
calendario escolar, sino porque somos nosotros quienes pasamos demasiados meses
viviendo a un ritmo que hace casi imposible escuchar nada que no grite. Hay un
ruido que no procede del tráfico ni de las obras de la calle. Es el ruido de
las preocupaciones, de las obligaciones, de la sensación permanente de llegar
tarde, de las notificaciones que interrumpen cualquier conversación y de esa
absurda costumbre de llenar todos los silencios con algo, aunque solo sea
deslizar el dedo sobre la pantalla del teléfono.
Siempre me ha
impresionado que el Evangelio cuente con tanta naturalidad cómo Jesús se
retiraba a orar después de jornadas agotadoras. Había predicado, había curado
enfermos, había escuchado a quienes se acercaban a Él buscando consuelo y,
cuando cualquiera habría pensado que necesitaba simplemente dormir unas
horas, el Evangelio dice que buscaba un lugar apartado para estar con
el Padre. Durante mucho tiempo interpreté esos pasajes como un ejemplo de
vida espiritual. Hoy creo que también son una magnífica lección sobre el
descanso. Jesús sabía que nadie puede seguir entregándose continuamente a los
demás si deja de volver, una y otra vez, a la fuente de donde nace todo lo que
hace.
Nosotros
solemos recorrer el camino contrario. Primero llenamos la agenda y después
intentamos hacerle un hueco a Dios entre dos compromisos, como quien intenta
colocar una cita más en un calendario que ya no admite otra línea. Rezamos
deprisa porque vivimos deprisa y, cuando descubrimos que la oración no nos
calma, concluimos que quizá no sabemos rezar. Tal vez el problema no sea
ese. Tal vez hace demasiado tiempo que no sabemos detenernos.
Eso es,
precisamente, lo que me gustaría hacer estas semanas. No tengo grandes
propósitos ni pienso volver convertida en otra persona. Me conformaría con algo
mucho más sencillo y probablemente mucho más difícil: leer sin mirar el reloj,
rezar el rosario caminando por un camino de tierra, volver a abrir el Evangelio
sin pensar en el próximo artículo y sentarme un rato delante del Sagrario con
la única intención de permanecer allí, sin prisas y sin la necesidad de llenar
el silencio con una lista interminable de peticiones.
Tengo la
impresión de que Dios lleva demasiado tiempo esperándonos en lugares
donde nosotros ya casi nunca entramos porque siempre tenemos algo más
urgente que hacer. Y quizá el verano sea una buena oportunidad para descubrir
que las conversaciones más importantes no suelen producirse cuando corremos de
un sitio a otro, sino cuando, por fin, dejamos de correr.
Así que sí,
cierro por vacaciones. No porque me haya cansado de escribir, sino porque me
gustaría volver escribiendo un poco mejor; no porque crea que el mundo puede
prescindir de mí durante unas semanas, sino porque necesito recordar que nunca
ha dependido de mí; y, sobre todo, porque empiezo a sospechar que el
verdadero descanso no consiste en cambiar de lugar, sino en permitir que Dios
vuelva a poner un poco de orden en esa casa interior que durante el
resto del año vivimos tan deprisa que apenas tenemos tiempo de habitar.
Nos volveremos
a encontrar en septiembre. Espero regresar con la misma ilusión de siempre, con
algunas historias nuevas que contar y, si Dios quiere, con el corazón un poco
más descansado. Al fin y al cabo, las mejores páginas nunca nacen de la prisa,
sino de ese silencio fecundo en el que uno deja de hacer para recordar,
sencillamente, quién es delante de Dios.
Matilde Latorre
de Silva
Fuente: ReligiónenLibertad
