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| Icono de la parábola del Sembrador. Dominio público |
En ese
escenario, flotando suavemente sobre una barca para proyectar mejor su voz,
Jesús de Nazaret pronunció una de sus enseñanzas más universales y vigentes: la
enseñanza acerca del Reino de Dios. La introducción de esta enseñanza es una de
sus parábolas más conocidas: la parábola del sembrador y los terrenos.
Aunque fue
concebida hace dos milenios su contenido nos da también hoy una radiografía
perfecta de la psicología contemporánea y de nuestras dificultades colectivas
para asimilar lo verdaderamente importante.
El relato parte
de una paradoja inicial: un sembrador sale a esparcir la semilla con absoluta
generosidad, lanzándola en toda clase de terrenos sin excluir ninguno. Parece
que no tiene mucho cuidado al elegir el terreno, lo que habla de una semilla
abundante. La semilla posee una enorme fuerza intrínseca; tiene la capacidad
biológica de germinar por sí misma. Sin embargo, su destino final no depende de
su calidad, sino del suelo que la recibe.
El texto nos
presenta cuatro tipos de terrenos que simbolizan las disposiciones humanas que
pueden impedir o permitir que esta semilla de su propio fruto.
El primer
escenario es el borde del camino. Allí, la tierra compactada por las pisadas
impide que la semilla penetre, quedando expuesta en la superficie hasta que las
aves rapaces se la llevan. Este suelo representa la incapacidad actual para
prestar atención. En la era de la hiperconectividad, muchos transitan la vida
permaneciendo al margen, observando desde fuera.
El papa
Francisco llamó a esto “balconear”. Ven y oyen muchas cosas, pero sin atender
ninguna. Es el corazón duro de los escribas y fariseos del que Jesús advierte
muchas veces. Al carecer de apertura y de una escucha activa, la palabra de
Jesús se desvanece, es “robada” antes de generar el menor impacto.
El segundo
terreno es el pedregoso. Aquí la semilla brota con rapidez y entusiasmo
aparente debido a la escasa profundidad de la tierra. No obstante, al salir el
sol con fuerza, la planta se seca por la total ausencia de raíces que alcancen
la humedad del fondo. Es el retrato de la inconstancia y la fragilidad
emocional que vivimos hoy: proyectos y convicciones que se abrazan con euforia
pasajera, pero que se abandonan al primer obstáculo o contradicción. Sin tiempo
ni perseverancia, es imposible desarrollar la resiliencia necesaria para
madurar.
El tercer
entorno está dominado por los abrojos y las espinas. La planta llega a nacer,
pero las malas hierbas crecen con más fuerza, privándola de luz y aire hasta
asfixiarla. Jesús identifica estos abrojos con las preocupaciones mundanas, la
sed de fama y la ambición desmedida de dinero.
Trasladado
al presente, equivale al activismo frenético, a la preocupación continua por la
aprobación de los demás o al agobio por el estatus material. Si permitimos que
estas dinámicas ocupen el primer lugar en nuestra escala de valores,
terminaremos por ahogar nuestra dimensión interior y espiritual.
Por último,
emerge la tierra buena. Aquí vemos prefigurada la Iglesia, la comunión de
discípulos que buscar escuchar y crecer en Jesús. Este terreno fecundo
representa la escucha atenta, la paciencia y el amor ordenado. La Virgen María,
tierra virgen de la que nació Jesús es la perfecta realización de este terreno.
En este
suelo propicio, la semilla arraiga de verdad y produce una cosecha asombrosa y
diversificada: unos campos rinden el ciento, otros el sesenta y otros el
treinta por uno, respetando la singularidad de cada individuo. No es uno mejor
que otro, sino que cada uno cumple su meta según su diversidad.
Muchos están
tomando o tomarán próximamente unos días de descanso. Tal vez sea el mejor
momento para ver cómo está nuestro terreno. Para que la promesa de Dios en
nosotros prospere, se requiere crear espacio en el corazón mediante el silencio
y la tranquilidad. En un mundo saturado de notificaciones y ávido por la
respuesta inmediata, sanar y recuperar nuestra capacidad de atención y cultivar
la capacidad de perseverancia no es solo un imperativo espiritual, sino el
único camino para no volvernos áridos.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
