Las promesas despiertan en el destinatario la esperanza del cumplimiento, pero al tratarse de Dios la cuestión es más grave y se debe cumplir al pie de la letra
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Todos hacemos
promesas: al niño se le promete un premio si obedece a sus padres, al empleado
un incentivo económico si se esfuerza más en su trabajo, a los estudiantes,
puntos extra si su desempeño académico es excelente. Por supuesto, entre más
importante es la persona, mayor es el compromiso de cumplir, así es que,
tratándose de Dios, no caben los pretextos.
Qué implican
las promesas
Cuando alguien
hace un trato con otra persona -o con alguna institución o empresa- queda
entendido que ambas partes deben cumplir con su acuerdo. Y para asegurarse de
que no habrá malentendidos, suele firmarse un contrato. En él se establecen las
condiciones que regirán sobre los firmantes, incluyendo las sanciones a los que
se harán acreedores si llegasen a infringirlo.
Siempre estará
implícita una buena carga emocional, porque las dos partes esperan beneficios.
Y además, va de por medio el prestigio y la palabra empeñada. Cuando alguno
falla en su promesa, surge la decepción, el enojo y la desilusión. Asimismo, la
credibilidad queda en entredicho. Más aún, no será sencillo recuperar la
confianza.
La gravedad
de faltar a las promesas hechas a Dios
Ahora,
traslademos lo dicho anteriormente a las promesas hechas a Dios. La gran
diferencia es que todo lo esperamos de Él, porque Dios "siempre
cumple sus promesas" (Sal 145, 13), por eso nuestra certeza está en que el Señor
eternamente mantendrá su Palabra. El problema está en que nosotros, tal vez no.
Pero, como
mencionamos anteriormente, la gravedad estriba en qué tan importante es la
persona a la que le prometemos. Nadie puede compararse con Dios. Por lo tanto,
cualquier promesa debe cumplirse, ya sea que le ofrecimos una veladora o
entregarle nuestra vida.
El Catecismo de
la Iglesia católica aclara:
"En varias
circunstancias, el cristiano es llamado a hacer promesas a
Dios. El Bautismo y la Confirmación, el Matrimonio y la Ordenación las exigen
siempre. Por devoción personal, el cristiano puede también prometer a Dios un
acto, una oración, una limosna, una peregrinación, etc. La fidelidad a las
promesas hechas a Dios es una manifestación de respeto a la Majestad divina y
de amor hacia el Dios fiel" (CEC 2101).
Por esta razón,
todo lo que le prometas a Dios debes cumplirlo. Él te preguntará por qué
faltaste a tu palabra y te pedirá cuentas de ello. Tan grave es el
incumplimiento que, quien falte a su palabra, debe acudir al sacramento de la
confesión. El sacerdote será de gran ayuda para buscar una solución.
Es importante
tomar en serio lo que ofrezcamos a Dios y pedirle que nos ayude a serle fieles.
Él da la gracia necesaria a quienes se encomiendan a su cuidado. Ten la certeza
de que nunca te defraudará, por eso, cuando las cosas se pongan difíciles,
esforcémonos en cumplir nuestros compromisos con Dios y con el prójimo y pídele
que te sostenga durante todo el camino.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
