Entender bien la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y las enseñanzas que da, incluso sin palabras, es necesario para rendir un culto adecuado
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| Fred de Noyelle / Godong |
Los papas del
siglo XX alababan la devoción al Sagrado Corazón, definiéndola como una “necesidad” y “el
compendio de toda la religión” - porque su contemplación nos deja muchas
enseñanzas, aún sin usar palabras -. La Madre
Teresa fue particularmente incisiva. Describía su devoción al Sagrado
Corazón desde la infancia, y al citar el Evangelio decía:
“Deben aprender
del Sagrado Corazón de Jesús. Es por eso que Jesús dijo: ‘Aprendan de mí’, no
de los libros”.
La fe católica
es tal que santo Tomás de Aquino ha podido escribir obras maestras teológicas e
incluso los iletrados pueden tener una experiencia de fe profunda como la suya.
Piensen cómo la
Iglesia nos habla sin usar palabras: en el Bautismo el agua nos lava la cabeza,
el alma, y no hay una manera mejor en que Cristo pueda decir “Quiero estar
unido completamente a ti, y quiero que tú me lleves fuera de la Iglesia a las
calles” a través de su presencia real en la Comunión.
Es tan sencillo
que puede entenderlo incluso un niño. Esto es el Sagrado Corazón.
1. Es un
corazón, no un cerebro
No existe
ninguna devoción formal al Sagrado Cerebro de Jesús. Existe, sin embargo, una
devoción al Cerebro Soviético de Lenin. El cerebro de Vladimir Lenin fue
extraído de su cadáver tras su muerte y ha sido estudiado por científicos
ansiosos de encontrar una clave de genialidad del líder de la revolución
soviética.
Las dos
devociones –la nuestra al Corazón, la suya al cerebro– son significativas.
Lenin inició el
amplio sistema del comunismo soviético; su herencia fueron sus normas, su
ideología y su jerarquía, y su cerebro fue quien lo ideó.
También Jesús
inició un sistema –la Iglesia– con normas, enseñanzas y jerarquía, pero eso no
era lo realmente importante para él, sino el misterio de la encarnación.
Nosotros
honramos el Corazón de Jesús, no su cerebro. Para nosotros, su herencia es su
misma vida, el hecho mismo de su existencia, como Dios y como hombre, que ha
vivido entre nosotros.
2. No es ni
siquiera un aura
Vivimos en un
mundo en que la gente cree que ser “espiritual” y ser “religioso” son dos cosas
distintas. El Sagrado Corazón nos recuerda que el “espíritu” no existe en
cualquier nivel alternativo mágico y etéreo de la realidad. Nuestro
espíritu y nuestro corazón son una sola cosa.
El Sagrado Corazón es un atributo “espiritual, pero
no religioso”.
Cualquier niño
que lo considere ve muy claramente que en él Dios nos está diciendo que su
encarnación ha sido real –que era realmente humano y divino– y que nuestra
santidad no es una aureola externa a nosotros, sino una realidad que está
dentro de nosotros.
3. Nos
muestra qué significa participar de la vida de la Trinidad
Un sacerdote
una vez describió cómo su vocación había iniciado cuando vio el cuadro del
Sagrado Corazón de su familia cuando era niño:
“Lo vi donarme
su corazón”, recordó, “y, por lo tanto, le pedí que tomara el mío”.
Se consagró al
Sagrado Corazón antes de haber entendido qué podría significar.
El sacramento
del Bautismo nos vuelve partícipes de la vida divina de la Trinidad, lo que
significa que las personas de la Trinidad existen en una continua donación
recíproca de sí.
El Padre da
todo al Hijo; el Hijo restituye todo al Padre y el Espíritu Santo procede de
aquel amor, restituyendo todo. Cuando nosotros nos donamos a Dios en los
sacramentos y entramos en las consagraciones menores que reflejan y apoyan los
sacramentos –la consagración al Sagrado Corazón o a la Santa Virgen María–
entramos en la donación de sí de la Trinidad.
El papa Juan
Pablo II explicaba cómo es:
“Por la unión
del Corazón de Jesús a la Persona del Verbo de Dios podemos decir: en Jesús,
Dios ama humanamente, sufre humanamente, goza humanamente. Y viceversa: en
Jesús, el amor humano, el sufrimiento humano, la gloria humana adquieren
intensidad y poder divinos” (Ángelus, 9 de julio de 1989).
4. Es un
icono de lo que es eternamente el pecado
Es fácil
considerar el pecado y la redención eventos acaecidos en el pasado, algo que ya
ha terminado, pero “los que se sumergen en los desórdenes y en el mal
crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios”, afirma el Catecismo (n. 598) citando a san Francisco.
La imagen del
Sagrado Corazón muestra lo profundamente herida que está la Segunda Persona de
la Trinidad –en su mismo corazón– y cómo lleva consigo el peso del pecado
eternamente.
“Los pecados
contra la castidad y la caridad hieren directamente el corazón de Jesús”, decía
Madre Teresa. “Dejemos por lo tanto que nuestro amor y nuestra fidelidad sean
un alivio para el Sagrado Corazón”.
La devoción
al Sagrado Corazón nos recuerda que Jesús es Dios y es
hombre. Alienta la donación de nosotros mismos, y ofrece reparación por los
pecados del mundo.
Quizá parece
anticuado, pero de manera positiva.
Tom Hoopes
Fuente: Aleteia
