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| Procesión del Corpus Christi en la Plaza Mayor de Segovia. (Antonio Tanarro). Dominio público |
Los
apóstoles son invitados por Jesús a dar de comer a una inmensa multitud de más
de 5.000 personas con unos pocos panes y unos pocos peces. Pero esta
desproporción no hace más que anunciar la que, al día siguiente en Cafarnaúm,
Jesucristo presenta a sus oyentes en la enseñanza que sigue al milagro: «el que
coma de este pan vivirá para siempre».
¿A qué se
refiere con ese alimento que nos proporcionará una vida interminable? Y de
nuevo, Jesús da un salto inaudito: «el pan que yo daré es mi carne». Ante esto,
es comprensible la pregunta llena de escándalo que el evangelio pone en boca de
los oyentes: «¿cómo puede este darnos a comer su carne?».
Toda la vida
cristiana es una escandalosa desproporción. Hasta tal punto que uno se pregunta
cómo ha sido posible mantener esta pretensión a lo largo de los siglos: la
promesa de vida eterna escondida en el pan de la eucaristía, al que llamamos el
Cuerpo de Cristo.
Desde que me
lo enseñaron de niño, me ha parecido muy significativo el gesto de doblar la
rodilla hasta tocar con ella el suelo que los cristianos hacemos ante el
pequeño armarito, al que llamamos Sagrario, en el que se conserva la reserva
eucarística. Lo llamamos genuflexión. Cada vez que alguien se para y se arrodilla
ante el Sagrario, o hace un gesto de reverencia con una inclinación de cabeza,
ya sea torpemente o con cuidado y atención, se realiza una hermosa y silenciosa
confesión de fe.
Me resulta
gracioso pensar en cómo lo tomaríamos, si cada vez que en casa pasamos por
delante de la bolsa del pan, tuviéramos que arrodillarnos. Sería una soberana tontería;
y no somos tontos. Cuando un cristiano hace tal gesto de adoración es porque
reconoce que ahí se custodia, no un simple pedazo de pan, sino la escandalosa
desproporción de Jesucristo escondido bajo la apariencia del Pan.
El método
por el que se ha mantenido este anuncio a lo largo de los siglos es el del
testimonio de millones de cristianos. El testimonio de la gente sencilla, el de
los grandes teólogos, el de los grandes de este mundo y el de los siervos, el
testimonio de los mártires que dieron la vida por la certeza del valor del pan
eucarístico. Todos coinciden en que doblaron la rodilla ante la eucaristía.
Hemos visto
al papa León arrodillado, con cientos de miles de jóvenes, en la vigilia de
este sábado. El domingo, le vemos portando por las calles de Madrid este trozo
de Pan bajado del cielo, que es Jesucristo. Comprendo que para muchos pueda
resultar ridículo que millones de personas creamos que es Dios mismo quien se
deja llevar humilde y dócilmente, y que este Pan está vivo y es fuente de vida
eterna para los que lo reciben.
La propia
presencia de León XIV es la de un testigo de esta escandalosa desproporción. Su
elección no está fundada en equilibrios políticos o en un competente
curriculum. Es el fruto de la llamada de Dios, que va tejiendo una red de
testigos que llamamos Iglesia. El testimonio es el modo a través del cual la
verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándonos a recibir
con corazón libre esta radical novedad. Y León XIV, como sucesor de Pedro, es
fundamentalmente un testigo.
El misterio
que vivimos es desproporcionadamente grande comparado con nuestra pequeñez. A
lo largo de estas últimas semanas he podido comprobarlo en distintas
situaciones. La grandeza y belleza de los actos que vivimos estos días en la
visita del Papa no puede esconderlo. Realmente no damos la talla del evangelio,
no podemos pretender que nuestras pobres vidas, por sí mismas, sean fuente de
vida para otros, que son, estoy convencido, mucho mejores y más capaces que
nosotros. Pero no podemos dejar de ser testigos de esta escandalosa
desproporción en la que Dios ha querido venir a habitar con nosotros.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
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