La paz auténtica no nace
de la concordia civil sino de la reconciliación con Dios
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«Aunque es
previsible que muchos medios de comunicación pongan el foco en la presencia y
en el discurso de León XIV ante las Cortes Generales, estoy convencido de que
la imagen clave para comprender este viaje será aquella en la que contemplemos
al Papa portando la custodia por las calles de Madrid»
La próxima
visita del Papa León XIV a España, del 6 al 12 de junio, está siendo
contemplada con esperanza por muchos fieles, pero también con cierta inquietud
por quienes observan el clima de fuerte polarización que atraviesa nuestra
sociedad. No son pocos los que temen que un acontecimiento de semejante
relevancia espiritual pueda ser instrumentalizado políticamente, utilizado por
unos y otros como arma arrojadiza en el permanente enfrentamiento ideológico
que padecemos.
La preocupación
ha crecido especialmente tras conocerse que el Santo Padre se dirigirá al
conjunto de la clase política española en las Cortes Generales, en una sesión
conjunta del Congreso y del Senado prevista para el lunes 8 de junio. Algunos
se preguntan en privado si no será una iniciativa demasiado arriesgada. ¿No se
estará metiendo el Papa en la «boca del lobo»? ¿No corre el riesgo de ser
manipulado, tergiversado o utilizado como pretexto para nuevas confrontaciones?
La pregunta no
es banal. El contexto internacional es extremadamente delicado. El mundo entero
vive una creciente escalada de tensiones y conflictos. Las guerras abiertas, la
carrera armamentística y la lógica de bloques amenazan con normalizar la violencia
como método de resolución de conflictos. En ese escenario, el Papa León XIV no
ha dudado en levantar su voz para denunciar la guerra como «injusta y cruel»,
incluso a costa de recibir críticas muy duras por parte de algunos líderes
internacionales.
Sí, es más que
previsible que las palabras del Papa en España sean interpretadas de forma
parcial y diseccionada, buscando cada cual el fragmento que mejor se acomode a
sus propios intereses. Ni que decir tiene, toda recepción fragmentaria del
mensaje acaba derivando, inevitablemente, en manipulación. Pero, a estas
alturas, ya deberíamos tener la suficiente madurez como para no dejarnos
engañar por quienes se arriman al altar según su conveniencia. La Iglesia no
puede renunciar a anunciar íntegramente el Evangelio por miedo a ser
instrumentalizada; sería concederle al demonio una victoria demasiado fácil.
El Papa viene a
España como sucesor de Pedro, como mensajero de Jesucristo y servidor del
Evangelio. Su misión no consiste en alinearse con ningún bloque, sino en llamar
a todos a la conversión. Este es precisamente el punto decisivo que con
frecuencia olvidamos. La raíz profunda de tantas divisiones y confrontaciones
en el panorama internacional y nacional no se encuentra únicamente en las
estructuras políticas o en las diferencias ideológicas. La raíz última está en
el corazón humano herido por el pecado. Lo más grave que ocurre en España
--como en cualquier otro lugar del mundo-- es el alejamiento de Dios, porque
del pecado nacen el egoísmo, la soberbia, el resentimiento y, finalmente, la
violencia.
Por eso, el
mensaje del Papa nunca puede reducirse a un simple llamamiento ético a la
concordia civil. La paz auténtica comienza con la reconciliación del hombre con
Dios. Sólo un corazón reconciliado puede convertirse en instrumento de
fraternidad. Sólo desde la verdad, el perdón y la conversión es posible
reconstruir vínculos rotos.
Aunque es
previsible que muchos medios de comunicación pongan el foco en la presencia y
en el discurso de León XIV ante las Cortes Generales, estoy convencido de que
la imagen clave para comprender este viaje será aquella en la que contemplemos
al Papa portando la custodia por las calles de Madrid, en la procesión del
Corpus Christi. Será la ocasión de mostrar a todos los españoles la verdadera
identidad del sucesor de Pedro: ser «cristóforo», portador de Cristo, y
«teóforo», portador de Dios para el mundo.
El Papa no
viene como un dirigente partidista ni como un líder ideológico, sino como el
pastor universal de la Iglesia, llamado a confirmarnos en la fe. Ahora bien,
que nadie confunda el carácter pastoral de este viaje con una visión
desencarnada de la fe, como si la Iglesia debiese limitarse a rezar por todos,
pero «sin estorbar»; es decir, sin ejercer la misión profética de iluminar los
desafíos del momento presente. Lo cual, como hemos comprobado en los últimos
meses, puede resultar incómodo para quienes persiguen otros fines y estrategias
contrapuestas al bien común.
Ojalá sepamos
acoger su visita con humildad y con apertura interior. Y ojalá este
acontecimiento sea para España una ocasión providencial para crecer no sólo en
convivencia social, sino también en comunión espiritual. Porque, en definitiva,
la fraternidad entre los hombres sólo se sostiene de verdad cuando reconocemos
juntos a Dios como Padre.
En estos
momentos previos a la llegada del Santo Padre, quizá la mejor disposición
espiritual que podemos adoptar sea la de la oración humilde y ferviente.
Recemos para que la palabra del Papa encuentre corazones abiertos que sepan
escuchar con sinceridad una llamada a la paz y al bien común; para que España
avance en caminos de reconciliación verdadera; y, sobre todo, para que muchos
hombres y mujeres redescubran la alegría de volver a Dios. El fruto más
importante de esta visita no será el impacto mediático ni el eco político de
sus discursos, sino las conversiones silenciosas que el Espíritu Santo quiera
suscitar en las almas.
Monseñor
José Ignacio Munilla
Fuente: InfoCatólica
