La Biblia presentan pasajes de plagas en el Antiguo Testamento donde Dios da valiosas lecciones al pueblo de Israel y a sus gobernantes. Y también a nosotros.
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| Wellcome/Wikipedia | CC BY 4.0 |
Cuando suceden
calamidades surgen todo tipo de opiniones en relación con Dios y la religión.
Desde quienes se preguntan cómo puede un Dios misericordioso permitir esto,
hasta quienes aseguran que nos lo teníamos merecido por haber abandonado a
Dios. Y surgen también preguntas: ¿estaba anunciado en la Biblia? ¿Qué dice la
Biblia sobre las plagas? ¿Hay algún paralelismo entre la situación actual y
algún pasaje bíblico?
E incluso hay
quien, sobre todo cuando a la epidemia se agrega alguna otra catástrofe, se
pregunta si estamos ante los signos del fin del mundo.
La doctrina
no responde
Aquí vamos a
intentar dar una respuesta, sobre todo en lo concerniente a la Biblia. Pero
antes conviene hacer una aclaración: no es el juicio “oficial” de la Iglesia,
que en caso de existir –no sucede aquí- tendría que estar declarado por el
Papa, no por cualquier autor.
Y menos todavía
sobre la posible proximidad del fin del mundo, algo que Jesucristo no quiso
revelar, y que por otra parte no parece inminente porque no se han cumplido
todavía algunos precedentes anunciados (salvo para los testigos de Jehová, que
aprovechan cualquier catástrofe que surja para ver en ello la inminencia del
fin del mundo).
Las 10
plagas de Egipto y otras del Antiguo Testamento
Se mencionan
plagas (para aclararnos, utilizamos “plaga” según el segundo significado que le
otorga el diccionario de la Real Academia: “calamidad grande que aflige a un
pueblo”), tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento.
Hay una gran
diferencia entre los dos: en el Nuevo se anuncian, mientras que en el Antiguo
se anuncian y se cumplen.
Las más
conocidas son las llamadas diez plagas de Egipto, que se encuentran en los
capítulos 7 a 12 del Éxodo,
porque son nada menos que diez, y seguidas.
Con ellas, como
es patente en el texto, Dios quería forzar al Faraón –que no atendía a razones,
ni siquiera a prodigios que hizo Moisés- a que dejara al pueblo de Israel libre
de la esclavitud a que lo sometía.
Pero no son las
únicas plagas.
El pueblo
elegido las sufrió también cuando se apartaba de Dios, y constituían una
advertencia para que volvieran a Él. Venían precedidas por el anuncio de algún
profeta, de forma que si le hubieran hecho caso se hubiera evitado la plaga.
¿En qué
consistían? Había de todo: desde la plaga de serpientes venenosas en el
desierto de Sinaí (Números 21, 4-9), hasta periodos de hambruna, o la plaga de
la langosta. Solían tener el efecto deseado: el pueblo dejaba los ídolos y las
inmoralidades y volvía a Dios.
Las plagas
en los Evangelios
En el Nuevo
Testamento, la mención de las plagas se concentra en dos lugares. Uno es el
llamado “discurso escatológico” del Señor, donde, poco antes de la Pasión,
anuncia el futuro destino de Jerusalén y las circunstancias del fin del mundo.
Aluden a él san Mateo, san Marcos y san Lucas. Escogemos al respecto dos
versículos de san Lucas (21, 10-11):
“Entonces les
decía: Se alzará pueblo contra pueblo, y reino contra reino; habrá grandes
terremotos y hambre y peste en diversos lugares; habrá cosas aterradoras y
grandes señales en el cielo”.
Son demasiadas
cosas juntas como para concluir que hemos llegado a ese momento.
El otro lugar
es el libro del Apocalipsis (o “Revelación”). Está lleno de
referencias a plagas: las encontramos en los capítulos 6, 8, 9, 16 y 18 (y
alguna referencia aislada más). ¿Qué significan?
Se trata de un
lenguaje simbólico, que, por ejemplo, en alguna ocasión evoca las antiguas
plagas de Egipto. Pero se pueden sacar enseñanzas.
En parte, se
vuelven a anunciar las circunstancias del fin del mundo. Pero también se puede
concluir que no faltarán plagas a lo largo de la historia humana, que desde el
designio divino constituyen llamadas a la conversión.
Dios
esperaba la oración de Moisés (y la tuya)
Entre todo
esto, y teniendo en cuenta la situación actual, puede venir bien citar dos
episodios del Antiguo Testamento.
El primero se
refiere a una plaga que no llegó a ocurrir, relatada en el libro de los Números.
La ira del Señor se enciende contra su pueblo, y habla así a Moisés:
“¿Hasta cuándo
me injuriará este pueblo, y hasta cuándo no creerán en Mí a pesar de todos los
signos que he obrado entre ellos? Los castigaré con la peste y los rechazaré, y
te daré una nación más grande y fuerte que ellos” (14,
11-12).
Lo que sigue es
la hermosa y larga oración de Moisés en defensa de su pueblo, que consigue el
perdón de Dios, aunque no sin un castigo: serán sus descendientes los que vean
y ocupen la tierra prometida, no ellos.
En realidad, es
esa oración de Moisés lo que Dios esperaba. Como también, ahora, espera la
nuestra.
El rey
David: ¿Quién tiene la culpa?
El segundo se
relata por duplicado, tanto en el capítulo
24 del segundo libro de Samuel, como en el capítulo 21 del primer libro de
las Crónicas.
Al rey David se
le ocurre hacer un censo de población, y se lo encarga a Joab, jefe del
ejército. Este protesta la decisión, incluyendo una frase que nos puede
resultar extraña:
“¿Para qué
cargar esta culpa sobre Israel?” (I Cro
21, 3).
A pesar de
ello, el censo se realiza. Y entonces entró en escena un profeta, Gad, que
acudió a David de parte de Dios (I Cro
21, 7-14).
David oró con
humildad y penitencia, diciendo al Señor que era él el culpable, y que por
tanto le castigase a él y no al pueblo. El Señor escuchó su oración, y detuvo
la plaga antes del plazo señalado, cuando estaba a punto de arrasar Jerusalén.
La
perspectiva de la eternidad
En la
mencionada oración de Moisés pedía a Dios el perdón, y decía:
“Perdona, te lo
ruego, la culpa de este pueblo como corresponde a tu gran piedad” (Num 14,
19).
Pero en el
episodio de David, a primera vista, no parece mostrar tanta misericordia. Y
esto requiere una explicación.
La misericordia
divina no puede entenderse sin la perspectiva de eternidad.
Sí, en esta
vida hay plagas, catástrofes y todo tipo de sufrimientos. Y, para alguien que
solo mira a esta vida, la misericordia divina tiene difícil cabida en ella. Al
final, está la catástrofe final, para todos: la muerte.
Hay quien
sostiene que la ciencia está cerca de descubrir la clave de la inmortalidad,
pero no es cierto. Más tarde o más temprano, todos nos iremos de aquí.
Pero hay algo
que Dios sabe muy bien, y quiere que también nosotros sepamos. Y es que la
catástrofe, el dolor definitivo e irremisible es el rechazo final de Dios para
caer en el infierno.
Todo lo de esta
vida, por dolorosa que sea, comparado con ese trágico final es poca cosa. Por
eso, el objetivo primario de la misericordia divina es ayudarnos a evitarlo
-por los medios más oportunos en cada caso, que solo su providencia conoce en
su totalidad- y llevarnos a donde ya no habrá más catástrofes ni sufrimientos.
Julio de la
Vega-Hazas
Fuente: Aleteia
