En pleno tiempo pascual podríamos creer que ya no tiene sentido hacer sacrificios, propios de la Cuaresma, pero en verdad deben ser parte de nuestra vida diaria
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A estas alturas
del tiempo pascual, en el que, ciertamente, estamos viviendo la alegría de la
Resurrección del Señor, ¿qué sentido tendría hablar de hacer sacrificios?, o
que, ¿no son propios de la Cuaresma?, Bueno, ciertamente es cuando más debemos
añadirlos a nuestro menú espiritual, sin embargo, deben formar parte de nuestra
vida cotidiana.
Por caridad
cristiana
Y si no, basta
con una sencilla reflexión: ¿acaso no tenemos el deber de aguantarnos unos a
otros, sobre todo si formamos parte de una familia?, porque, seamos sinceros,
no siempre estamos de buen humor y quizá hasta somos una piedrita en el zapato
para alguien - o algún otro hermano lo es para nosotros -.
Entonces, por
pura caridad, cuando la convivencia se torna difícil hacemos lo posible por dar
una buena cara. O por lo menos, así debería ser.
Este escenario
lo tenía bien dimensionado san Pablo, por eso escribió sabiamente:
"Sopórtense
los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo
de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo" (Col 3,
13).
Estas actitudes
son signo del amor que nos tenemos. Pero donde verdaderamente se convierte en
un sacrificio y debe surgir la caridad cristiana es cuando lo hacemos con
aquellos que no nos son tan agradables.
Y no, no es un
acto de hipocresía, es vencernos para agradar a Dios. No es necesario hacerlo
de forma dramática ni aspaventosa, con que nos cueste trabajo y lo ofrezcamos a
Dios, por amor a Él, es suficiente.
¿De qué
sirve hacer sacrificios?
Pues bien,
sacrificarse por otros es la mejor manera que tenemos de asemejarnos a Cristo.
También nos ayudará a alcanzar la santidad, porque nos estaremos despojando de
nuestro egoísmo por preferir la comodidad del otro. Y más aún, es una forma de
acortar nuestro tiempo en el purgatorio.
Dice el
Catecismo de la Iglesia católica:
"Es justo
ofrecer a Dios sacrificios en señal de adoración y de gratitud, de súplica y de
comunión: 'Verdadero sacrificio es toda obra que se hace con el fin de unirnos
a Dios en santa compañía, es decir, relacionada con el fin del bien, merced al
cual podemos ser verdaderamente felices' (San Agustín, De civitate Dei,
10, 6)" (CEC 2099).
Por eso, la
oración y los sacrificios deben formar parte de nuestra vida. Si somos
observadores, fácilmente encontraremos oportunidades para "ganar
puntos" con esas obras que nos provocan incomodidad: lavar los trastes de
todos después de comer, estar dispuestos a ayudar en actividades cuando los
demás se escurren para no ser vistos, escuchar a alguien que nos causa
molestias, en fin, que sobra qué hacer.
Y, si agregamos
los sufrimientos que pasamos a diario con las enfermedades y los problemas,
tendremos más material espiritual del cual echar mano para que Dios nos lo tome
en cuenta.
Ofrecer los
sacrificios con amor
Pero es muy
importante ofrecerle a Dios todo lo que nos ocurra sin renegar por ello,
tomándolo con buen ánimo porque se lo estaremos entregando a Él, por eso tiene
que ser de buena gana y por amor, tal como lo hizo Jesús:
"El único
sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al
amor del Padre y por nuestra salvación (cf Hb 9, 13-14).
Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para
Dios" (CEC 2100).
Hagamos que
nuestros sacrificios adquieran valor sobrenatural ofrendándolos a Dios, para
que sirvan para nuestra entrada al cielo.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
