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| Cartel de la Jornada |
Hace unos días vi el primer capítulo de una serie llamada “La diplomática”, estrenada hace algunos años. Cuenta la historia de una mujer que es enviada por los Estados Unidos de América como embajadora a Londres en un momento de fuerte tensión militar por un atentado contra un portaviones inglés que puede provocar una guerra en el Golfo Pérsico.
Su misión es calmar la situación y encontrar
los verdaderos motivos del atentado para bajar la tensión y evitar la guerra. La
misión de un embajador es, ciertamente, muy importante. Su habilidad puede
evitar guerras, su torpeza puede hacer escalar los conflictos.
Hoy celebramos la solemnidad de Pentecostés y nos fijamos especialmente en la realidad eclesial que llamamos Apostolado seglar. Esta expresión se refiere a la multitud de formas en la que los cristianos se asocian para llevar adelante la misión recibida por la Iglesia de manos de Jesucristo resucitado. El evangelista Juan recoge que el día de su resurrección, Jesús se presentó a los apóstoles, aún ateridos de miedo a los judíos y les dijo: «como el Padre me ha enviado, así os envío yo».
Este envío
no es exclusivo de los apóstoles y sus sucesores, sino que se extiende a toda
la Iglesia. Todos los seglares —palabra que significa aquellos que participan
de las alegrías y preocupaciones del siglo, es decir, del tiempo presente— son
también enviados al mundo con los apóstoles formando una sola “embajada”.
Pienso en tres elementos importantes para cumplir esta misión.
Un buen
representante diplomático debería ser capaz de representar adecuadamente a su
país, ya que es portador de una inmensa confianza. Jesucristo es enviado por el
Padre a quien conoce, podríamos decir, a “fondo”; Hasta tal punto, que llega a
decir «quien me ha visto a mí, ha visto al Padre». Si nosotros somos enviados
por Cristo, también debemos poder decir que quien nos ve a nosotros, ve a
Cristo. La Iglesia es la presencia actual de Jesucristo, su cuerpo. Hermoso por
su cabeza, herido y pobre por su cuerpo; pero todo, cuerpo y cabeza, una sola
cosa. La misión significa que hemos de conocer en profundidad a Jesucristo,
pues es fácil caer en la tentación de ser portadores de nosotros mismos, de
nuestras opiniones y criterios, y de ponerlos en boca de aquel a quien
representamos.
Además, un
buen mediador ha de ganarse también la confianza del lugar al que es enviado a
base de escucha y atención a los detalles para poder generar un puente de
entendimiento. Jesucristo conoce el corazón del hombre. Su encarnación le ha
hecho participar de nuestras alegrías, esperanzas, decepciones y miedos. De la
misma forma, nosotros hemos de abrir el oído al corazón de los jóvenes, de los
ancianos, de las familias, de los trabajadores de todo tipo, de los parados, de
los necesitados… de todos. No para quedarnos en las demandas puntuales, sino
para escuchar el latido de fondo, que no es otro que el de la sed de plenitud.
Por último,
un embajador no puede rehuir el encuentro. Sería un mal legado el que se
quedara en la embajada sin facilitar y provocar el encuentro con todo tipo de
personas para tejer relaciones de confianza que sean el fundamento de la paz.
Un embajador es un puente. De la misma forma, Jesucristo es hacedor de puentes
(Pontífice), entre el Padre y los hombres. Así, también nosotros como Pueblo de
Dios, salimos al encuentro de la gente para dar testimonio de lo que hemos
conocido en el encuentro con Cristo, que sabemos con la certeza que da la
experiencia, que corresponde con el anhelo del corazón.
Hemos sido
enviados por Cristo como él es enviado por el Padre. El Espíritu Santo nos asegura
la capacitación para esta empresa que nos desborda ampliamente. Es el mismo
soplo del Hijo el que nos va configurando en la misión si nos dejamos hacer
como discípulos. Es como si el que envía al embajador le da su mismo aliento.
Será su Palabra la que actúe en nosotros.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
