El evangelio según san Juan recoge unas palabras de Jesús que son claves para entender este punto y que pueden ser mal entendidas: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos».
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Dos
comentarios sobre la religión que he leído esta semana me han hecho pensar, una
vez más, en qué lejos está la imagen general que tenemos de la religión
católica de aquella relación de libertad a la que Jesucristo nos ha llamado.
El primero
de ellos lo encontré en una entrevista al seleccionador nacional, Luis de la
Fuente. En ella, hablando de él y de sus hermanos, dice que «recibimos una
educación católica, pero muy libre, con el respeto hacia los demás por encima
de todo».
Luis de la
Fuente es un verdadero referente y, además, no ha tenido problema, como de
hecho lo hace en la entrevista, en dar testimonio de su fe católica en
diferentes ocasiones. Tampoco sé si la expresión es literalmente suya o
interpretada por el periodista. En cualquier caso, la expresión «católica, pero
muy libre», denota un pensamiento común que consiste en oponer como
difícilmente conjugables catolicismo y libertad.
El segundo
es en una columna periodística de la escritora Carmen Posadas. En un momento del
texto, que por otro lado me parece acertadísimo y muy valioso, reflexionando
sobre el sentimiento de culpa, y ante la constatación de que nos cuesta tanto
perdonarnos a nosotros mismos, se pregunta: «¿Será por eso que muchos señalan
el sentido de culpa que nos inculca la religión?». Como si la tarea principal
de la religión consistirá en introducir en nosotros un inútil sentimiento de
culpa en lugar de librarnos del mal, verdadera raíz de la culpa.
Ellos
simplemente son testigos de dos opiniones comunes y asentadas sobre la religión
católica. Por un lado, que esta es un conjunto de normas y reglas que nos
obligan y aplastan que, sólo en algunas ocasiones, puede vivirse con libertad,
como corrigiendo la veta original. Por otro lado, que ese conjunto de
obligaciones nos conduce irremediablemente a un fuerte sentimiento de culpa,
generado por “los curas” y convertido en la ligazón que nos impide liberarnos
de ella.
No niego que
esta impresión tiene su base en un cristianismo así mal vivido. Ya el Concilio
Vaticano II admite que la exposición inadecuada de las enseñanzas de Jesucristo
o las malformaciones de los cristianos al vivirlas tienen, sin duda, su
responsabilidad en la forma errónea en la que el cristianismo es percibido por
la sociedad y, por tanto, en el alejamiento de muchos.
El evangelio
según san Juan recoge unas palabras de Jesús que son claves para entender este
punto y que pueden ser mal entendidas: «Si me amáis, guardaréis mis
mandamientos». Con la mentalidad antedicha, estas palabras suenan a chantaje
emocional. Algo así como, «si me queréis, haréis lo que yo digo».
Es esta
expresión que tantas veces escuchamos a los padres, ya exasperados por no poder
controlar a sus hijos: «Si me quieres, pórtate bien». O, lo que es lo mismo,
«si te portas mal es porque no me quieres». Según esta concepción, el “portarse
bien” o el obedecer es lo primero y el amor es lo segundo.
El sentido
de las palabras de Jesús es justo el opuesto. El amor es lo primero. Y este nos
capacita para escuchar a Jesús y vivir guardando su mandamiento, que no es otro
que el que nos amemos los unos a los otros. Solo con el amor que Jesús nos ha
regalado podremos salir de la esclavitud de pensar solo en nosotros mismos, y
entregar la vida al servicio de los demás.
Podemos
afirmar que, precisamente por ser católicos, es decir, por haber conocido a
Jesucristo y haber creído en él, por haber hecho de su amistad el principal
motor de nuestra vida, somos libres y podemos poner el respeto hacia los demás
por encima de todo. Jesucristo nos ama libres y ama a todos libres. Este es el
verdadero respeto, el que nace de un amor verdadero, que reconoce a cada uno
como lo que es: uno que ha sido creado para ser hijo de Dios.
Y, por eso,
la culpa no nos aplasta, porque hemos conocido un amor tan grande, que dio su
vida para liberarnos definitivamente de ella. Para poder perdonarnos, el mejor
camino es el de reconocer que siempre seremos perdonados por Jesús.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
