Ningún sepulcro puede aprisionar al Dios del amor
![]() |
| Vatican News |
En la basílica vaticana, el Papa preside la Misa de la Noche Santa e invita a no tener miedo de apartar las piedras que nos encierran en nuestros sepulcros y que parecen inamovibles: la desconfianza, el miedo, el egoísmo, el rencor, la guerra, la injusticia, el aislamiento entre pueblos y naciones. «¡No dejemos que nos paralicen!», es la exhortación del Pontífice, que imparte el Bautismo y la Confirmación a diez catecúmenos
Es la «madre de
todas las vigilias», llena de luz, la más antigua de la tradición cristiana. Es
la noche que recuerda aquella piedra que rodó del sepulcro del que resucitó
Jesús. Es la noche que libera, la noche que salva, que «disipa el odio, doblega
la dureza de los poderosos, promueve la concordia y la paz», como reza el
preconio. La luz se irradia progresivamente desde la oscuridad, en una basílica
repleta de 6000 personas (4000 la siguen desde las pantallas de la plaza de San
Pedro), la luz «que nos une en la Iglesia como lámparas para el mundo», dice el
Papa en la homilía.
En el pórtico
de la basílica arde el fuego en el brasero; el Papa lo bendice para que se
encienda en el corazón de los fieles el deseo de unirse a Cristo, vencedor del
pecado y de la muerte. Una costumbre, ya presente en culturas precristianas,
que se convierte en ocasión para alabar a Dios y alimentar la fraternidad y la
alegría. Según lo previsto en el rito del «lucernario», León XIV graba en el
cirio una cruz, la primera y la última letra del alfabeto griego, el Alfa y el
Omega, y las cifras del año en curso. A continuación, clava en el cirio, en
forma de cruz, cinco granos de incienso. Que la luz de Cristo resucitado en
gloria disipe las tinieblas del corazón y del espíritu: es la invocación que se
entrelaza, en lo más íntimo de los fieles, con los ecos de los conflictos y la
violencia que abrasan el mundo. Junto al Pontífice, cardenales, obispos y
sacerdotes se dirigen en silencio hacia el altar de la Confesión, cada uno con
una vela en la mano; el templo cristiano se ilumina como de día al tercer aclamación,
por parte del diácono, de Lumen Christi. Resuena en latín el
largo pregón pascual, el Exultet, el himno de gloria que saluda el
triunfo de Cristo resucitado. «¡O felix culpa, quae talem ac tantum meruit
habere Redemptorem!»: también en este Sábado Santo resuena ese admirable
paradoja, ese cortocircuito providencial de la historia que no ha dado a la
muerte la última palabra.
El Señor no
abandona
¿Hay una
caridad más grande? ¿Una gratuidad más total? El Resucitado es el mismo Creador
del universo que, como en los albores de la historia nos dio la existencia de
la nada, así también en la cruz, para mostrarnos su amor sin límites, nos ha
donado la vida.
En el canto del
Gloria se celebra la fiesta del pueblo de Dios. Se encienden las lámparas a los
pies del altar, adornado con cientos de flores de todas las variedades y con
los colores pastel de la primavera. Es el honor, la solemnidad, el signo
exterior de un renacimiento que la Iglesia celebra e implora para el mundo
entero. En la homilía, el Papa recapitula los pasajes de la historia de la
salvación destacados en la articulada Liturgia de la Palabra. Es la
peculiaridad de la larga noche de Pascua cuando se recuerda la obra de la
creación divina: del caos nace el cosmos, del desorden la armonía. A la
humanidad se le confía la tarea de ser sus custodios. «Y aunque, con el pecado,
el hombre no haya correspondido a ese proyecto, el Señor no lo ha abandonado,
sino que le ha revelado de manera aún más sorprendente, en el perdón, su rostro
misericordioso».
Dios no quiere
nuestra muerte
Repasar los
textos sagrados esta noche (siete lecturas del Antiguo Testamento con otros
tantos salmos, la Carta de San Pablo a los Romanos, el Evangelio de Mateo,
capítulo 28) significa recordar que Dios «no quiere nuestra muerte», sino que
somos «miembros vivos de una descendencia de salvados». Un mensaje que emerge
claro desde el primer libro de las Escrituras, en el que se encuentra todo el
beneplácito de Dios por su creación; en la narración de la liberación de los
israelitas de la esclavitud de Egipto, cuando el mar, «lugar de muerte y
obstáculo insuperable», se convirtió en «la puerta de entrada para el comienzo
de una vida nueva y libre», recuerda el Papa. Isaías, Baruc y Ezequiel hablan
del Señor como un esposo que llama y reúne, una fuente que sacia, agua que
fecunda, luz que muestra el camino de la paz, Espíritu que transforma y renueva
el corazón. Entre los Salmos, resuena el contrapunto sobre Dios que «ama la
justicia y el derecho», que no abandona a sus hijos en el Hades.
El «santo
misterio de esta noche», pues, hunde sus raíces también allí donde se consumó
el primer fracaso de la humanidad, y se extiende a lo largo de los siglos como
camino de reconciliación y de gracia.
Ningún sepulcro
puede aprisionar al Dios del amor
León se detiene
en la consistencia del pecado: «una barrera muy pesada que nos encierra y nos
separa de Dios, tratando de hacer morir en nosotros sus Palabras de esperanza».
Pero es de las mujeres que se dirigen al sepulcro, María de Magdala y la otra
María, de donde surge el valor para superar todo temor, ese valor de las
primeras testigos de la Resurrección al que volver hoy a mirar. Precisamente
ellas, dice el Papa, no se dejaron intimidar por lo que pensaban encontrar,
solo una piedra que sellaba la entrada. «Dios, ante la dureza del pecado que
divide y mata, responde con el poder del amor que une y devuelve la vida»,
subraya el Sucesor de Pedro, e insiste: «El hombre puede matar el cuerpo,
pero la vida del Dios del amor es vida eterna, que va más allá de la muerte y
que ningún sepulcro puede aprisionar».
¡No nos dejemos
paralizar!
Y he aquí la
invitación a la misión, a llevar el anuncio de la «buena nueva de que Jesús ha
resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, también nosotros podemos
dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad».
Luego, la
referencia al presente: «También en nuestros días no faltan sepulcros que
abrir, y a menudo las piedras que los cierran son tan pesadas y están tan bien
vigiladas que parecen inamovibles. Algunas oprimen el corazón del hombre, como
la desconfianza, el miedo, el egoísmo, el rencor; otras, consecuencia de las
interiores, rompen los lazos entre nosotros, como la guerra, la injusticia, el
aislamiento entre pueblos y naciones. ¡No dejemos que nos paralicen!»
Bautismo y
Confirmación para diez catecúmenos
A la luz del
cirio pascual, las madrinas y los padrinos lo utilizan para encender las velas
que se entregarán a los diez catecúmenos que han recibido el Bautismo en esta
noche santa, hombres y mujeres, cinco de ellos procedentes de la diócesis de
Roma, y otros de Corea, Gran Bretaña y Portugal. El agua derramada sobre la
cabeza de cada uno de ellos, luego la túnica blanca que se visten antes de
recibir el signo del óleo santo, sello del Espíritu Santo. «Caminad siempre
como hijos de la luz», las palabras del Obispo de Roma a estos neófitos de la
Iglesia que celebran también el sacramento de la Confirmación. Son ellos
quienes participan en el Ofertorio de la Eucaristía a la que acceden por
primera vez.
En la oración
universal, resulta especialmente conmovedora la intención por los gobernantes,
sobre los que se pide al Padre que derrame «el deseo de una paz desarmada y
justa». A continuación, la invocación para que se alimente en la humanidad el
amor por los pobres y los marginados. La piedra que desecharon los
constructores se ha convertido en piedra angular, reza el Salmo 117. El pueblo
está de fiesta.
Antonella
Palermo
Ciudad del
Vaticano
Fuente: Vatican News
