La justicia nace del orden del amor
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Al abrir el Año
Judicial del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano, León XIV subraya
que la administración de justicia contribuye también a la tutela del valor de
la unidad, «elemento esencial de la vida eclesial». En el discernimiento atento
de los hechos, en la escucha respetuosa de las personas involucradas y en la
aplicación correcta de las normas para representar fielmente los principios del
ordenamiento, «una misión que es a la vez jurídica y espiritual»
«La justicia en
la Iglesia no es un mero ejercicio técnico de la norma», sino «un ministerio al
servicio del Pueblo de Dios» que exige «competencia jurídica», «sabiduría,
equilibrio y una búsqueda constante de la verdad en la caridad», y «cada
decisión, cada proceso y cada juicio» deben «reflejar esa búsqueda de la verdad
que está en el corazón de la vida de la Iglesia». En la ceremonia de apertura
del Año Judicial del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano, en la Aula
de las Bendiciones del Palacio Apostólico, León XIV inicia su discurso
aclarando que «a la luz de la misión que orienta a la Iglesia», la «auténtica
justicia» es el «ejercicio de una forma ordenada de caridad, capaz de custodiar
y promover la comunión».
La
administración de justicia en el Vaticano
En particular,
en el ordenamiento jurídico del Estado de la Ciudad del Vaticano, la
administración de justicia no consiste únicamente en la «resolución de
controversias», explica el Papa, sino que contribuye a la tutela de la unidad
—«elemento esencial de la vida eclesial»— y del propio ordenamiento jurídico,
sustentando la «credibilidad de las instituciones». Por lo tanto, «la
observancia de las garantías procesales, la imparcialidad del juez, la
efectividad del derecho de defensa y la duración razonable de los procesos» no
son solo «instrumentos técnicos del procedimiento judicial», sino también
«condiciones a través de las cuales el ejercicio de la función jurisdiccional
adquiere una autoridad particular y contribuye a la estabilidad institucional».
Por lo tanto, el juicio no es «simplemente el lugar del conflicto entre
pretensiones opuestas», sino, más bien, «un espacio ordenado en el que,
mediante el enfrentamiento regulado entre las partes y la intervención
imparcial del juez, el disenso se reconduce hacia un horizonte de verdad y
justicia». Para el Pontífice, en este sentido, sigue siendo válido lo que
escribe San Agustín en De civitate Dei: «Sin justicia no se puede administrar
el Estado; es imposible que haya derecho en un Estado en el que no hay verdadera
justicia».
Queridos
hermanos y hermanas, vuestro servicio adquiere, por tanto, un valor no solo
institucional, sino también profundamente eclesial. A través del discernimiento
atento de los hechos, la escucha respetuosa de las personas involucradas y la
aplicación correcta de las normas para representar fielmente los principios del
ordenamiento, ustedes participan en una misión que es a la vez jurídica y
espiritual.
La justicia
nace del orden del amor
Al detenerse en
«la relación que existe entre la administración de la justicia y el valor de la
unidad», el obispo de Roma recuerda que «la tradición cristiana siempre ha
reconocido» la justicia como «virtud fundamental para el orden de la vida
personal y comunitaria».
San Agustín
recordaba que el orden de la sociedad nace del orden del amor, afirmando que
«ordinata dilectio est iustitia». Cuando el amor está correctamente ordenado,
cuando Dios es puesto en el centro y el prójimo es reconocido en su dignidad,
entonces toda la vida personal y social recupera su justa orientación.
El vínculo
entre justicia y caridad
En la práctica,
«del orden del amor nace también el orden de la justicia», explica León, y
agrega que cuando el amor es auténtico «nunca es arbitrario ni desordenado,
sino que reconoce la verdad de las relaciones y la dignidad de cada persona».
Por eso «la justicia no es solo un principio jurídico, sino una virtud que
contribuye a edificar la comunión y a estabilizar la vida de la comunidad». Y,
de hecho, continúa el Papa, Santo Tomás, en la «Summa Theologiae», define la
justicia como «la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo que le
corresponde», destacando «su carácter estable y objetivo», el cual «no depende
de intereses contingentes, sino que se arraiga en la verdad de cada persona y
en la búsqueda del bien común». Existe, por tanto, un «vínculo profundo entre
justicia y caridad», «porque en la plenitud de la caridad la justicia encuentra
su cumplimiento más auténtico».
Allí donde
no hay verdadera justicia, tampoco puede existir un derecho auténtico, ya que
el derecho mismo nace del reconocimiento de la verdad del ser y de la dignidad
de cada persona. La justicia, así concebida, es la virtud cardinal que nos
llama «a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones
humanas la armonía que promueve la equidad hacia las personas y el bien común».
Equilibrio y
fidelidad a la verdad
Si «las
relaciones se ordenan según la verdad, se hace posible esa comunión que es el
fruto más elevado del amor», concluye el Pontífice, quien ve que en esa
dirección se abre «el camino hacia la caridad». Por lo tanto, «la restauración
de la justicia» es «condición para el advenimiento de la caridad», la cual «es
don del Espíritu» y «principio de unidad en la Iglesia». Por eso el amor y la
verdad «no pueden separarse», subraya León, «solo amando se conoce la verdad, y
el amor a la verdad lleva a descubrir la caridad como su plenitud».
La justicia,
cuando se ejerce con equilibrio y fidelidad a la verdad, se convierte en uno de
los factores más sólidos de unidad en la comunidad. No divide, sino que
fortalece los lazos que unen a las personas y contribuye a edificar esa
confianza recíproca que hace posible la convivencia ordenada.
Aplicar el
derecho con rectitud y espíritu eclesial
Por último, el
Papa resume en pocas palabras los frutos de la justicia «ejercida con
integridad y fidelidad a la verdad»: si genera «estabilidad», «confianza dentro
de la sociedad» y «unidad». De ahí la invitación a los miembros de la Autoridad
judicial del Estado de la Ciudad del Vaticano a desempeñar su servicio «con
integridad, prudencia y espíritu evangélico» y el deseo de que «la justicia
esté siempre iluminada por la verdad y acompañada de misericordia, pues ambas
encuentran su plenitud en Cristo».
Así, el
derecho, aplicado con rectitud y espíritu eclesial, se convierte en un
instrumento valioso para edificar la comunión y fortalecer la unidad del Pueblo
de Dios.
Tiziana Campisi
Ciudad del Vaticano
Fuente: Vatican News