Entre fiestas, invitaciones, celebrar cumpleaños y el ritmo habitual de la Cuaresma algunos se preguntan si la alegría tiene cabida en este tiempo de penitencia
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Una cena con
amigos, una reunión familiar, un cumpleaños… Para muchos, estos momentos
suscitan cierta incertidumbre cuando coinciden con la penitencia del
periodo de Cuaresma,
ya que este puede hacer que incluso la invitación más inocente resulte
ligeramente sospechosa. ¿Es realmente necesario celebrar y asistir a fiestas?
¿Es incompatible el entusiasmo por un cumpleaños con un periodo asociado al
sacrificio y la moderación? La tensión es comprensible, aunque quizás un poco
exagerada.
La Cuaresma
nunca se ha concebido como un periodo prolongado de tristeza. Su espíritu está
impregnado de reflexión más que de melancolía, de recogimiento más que de
rigor. Sin embargo, es fácil tener la impresión de que este período exige una
especie de atenuación de las emociones, como si las risas debieran moderarse y
los pasteles abordarse con cautela.
La Cuaresma
acoge la felicidad con mucha gracia
Los cumpleaños,
en particular, tienden a provocar esta dulce confusión. Llegan con alegre
indiferencia al calendario litúrgico,
negándose a ser pospuestos por simple cortesía. Las familias se reúnen, se
encienden velas e, inevitablemente, alguien se pregunta si esta celebración no
será un poco inapropiada. Y, sin embargo, hay algo profundamente humano en
celebrar el regalo de un año más, incluso en época de penitencia.
Al fin y al
cabo, la alegría no se suspende durante la Cuaresma. Al contrario, esta época
del año reorganiza suavemente en lugar de suprimir. La Cuaresma invita a
centrarse en lo esencial, sin apartarse de los placeres sencillos de la vida.
Celebrar un cumpleaños con calidez, gratitud y moderación no contradice en
absoluto este espíritu. Al contrario, puede profundizarlo, recordándonos que la
existencia es un motivo para estar agradecidos.
Celebrar con
sobriedad
Los viernes,
por supuesto, reservan su cuota de humor católico, aunque sea ligero. Una
invitación a una fiesta o a una cena un viernes de Cuaresma puede provocar una
breve reflexión, bien conocida por muchos. Se sopesa la hospitalidad frente a
la abstinencia,
la convivencia frente a la disciplina, imaginando a veces dilemas mucho más
dramáticos de lo que la realidad exige. En la práctica, la sabiduría de la
Iglesia siempre ha sabido conciliar la fidelidad y el sentido común,
permitiendo a los creyentes afrontar estas ocasiones sin ansiedad innecesaria.
Lo que a menudo
se esconde detrás de estas preocupaciones es una sutil incomprensión de la
relación entre alegría y penitencia. No son opuestas. La Cuaresma no invita a
los fieles a la tristeza, sino a la vigilancia. Sus sacrificios tienen como
objetivo agudizar la conciencia, no embotar la alegría. Una comida compartida,
una reunión familiar, incluso el alegre desorden de una fiesta entre amigos,
todo ello tiene naturalmente su lugar en una vida de fe.
Quizás esto
explique por qué el enfoque más pacífico de estas cuestiones es a menudo el más
sencillo: aceptar la invitación, celebrar el cumpleaños, observar los preceptos
de la Cuaresma con sinceridad y sin excesos, con sobriedad. La Cuaresma acoge
la felicidad cotidiana con mucha más gracia de lo que a veces imaginamos, y la
vida sigue ofreciéndonos motivos para estar agradecidos.
Cerith Gardiner
Fuente: Aleteia
