La Cuaresma como tiempo de conversión
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| Foto: OSV News/Bob Roller |
Escuchar y
ayunar. Son las dos coordenadas que ha elegido León XIV para su primera
Cuaresma como Papa. En su mensaje, hecho público este viernes, el Santo Padre
reflexiona sobre la conexión entre la apertura a la Palabra de Dios y la
«abstinencia de alimento», que «dispone a la acogida» de esta misma
Queridos
hermanos y hermanas:
La Cuaresma es
el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de
nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe
recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y
distracciones cotidianas.
Todo camino de
conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos
con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la
Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación
que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión
propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a
Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el
misterio de su pasión, muerte y resurrección.
Escuchar
Este año me
gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar
espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a
escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en
relación con el otro.
Dios mismo, al
revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo
distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en
Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,
7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de
liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir
un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.
Es un Dios que
nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar
su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una
escucha más verdadera de la realidad.
Entre las
muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas
Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento
y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición
interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para
escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres
representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela
constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y
económicos, y especialmente a la Iglesia».[1]
Ayunar
Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye
una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La
abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e
insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al
cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos «hambre» y lo que
consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y
ordenar los «apetitos», para mantener despierta el hambre y la sed de justicia,
sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y
responsabilidad hacia el prójimo.
San Agustín,
con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la
realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que:
«es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como
estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este
alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen
hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son
dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán
repletos».[2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo
disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo,
de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.
Sin embargo,
para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de
enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige
permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad
quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios».[3] En cuanto signo
visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia,
del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación
destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que «sólo la
austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana».[4]
Por eso, me
gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco
apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y
lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las
palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes
y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender
a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos,
en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los
medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas
palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.
Juntos
Por último, la
Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y
de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas
maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se
reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el
ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar
la alianza con Dios (cf. Ne 9,
1-3).
Del mismo modo,
nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están
llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de
la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se
convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real.
En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del
individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo,
a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que
realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la
humanidad sedienta de justicia y reconciliación.
Queridos
hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a
los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la
lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la
voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan
en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha
genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para
contribuir a edificar la civilización del amor.
Los bendigo de
corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.
Vaticano, 5 de
febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.
Papa León XIV PP
Fuente: Alfa y
Omega
Notas
[2] S. Agustín, La utilidad del ayuno, 1, 1.
[3] Benedicto XVI, Catequesis (9 marzo 2011).
[4] S. Pablo VI, Catequesis (8 febrero 1978).
