El demonio te conoce por tu nombre, pero te llama por tus errores; Dios conoce todos tus errores y, aun así, te llama por tu nombre
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| Todas nuestras imágenes están en la nevera de Dios, aunque Él no necesite recordatorios |
Hay frases que
no se te quedan en la cabeza: se te quedan en el corazón, como una
astilla que duele y, precisamente por eso, cura.
Hace poco leí
una frase que dice así: “El demonio te conoce por tu nombre, pero siempre te
llama por tus errores; Dios conoce perfectamente todos tus errores y, aun
así, siempre te llama por tu nombre”.
La frase es
sencilla, pero teológicamente es muy profunda y verdadera, ya que revela dos
modos muy distintos de mirar al hombre. Y, de paso, nos descubre el combate
espiritual en su raíz. Porque pone el foco en dos modos radicalmente
distintos de mirar al ser humano.
Uno mira para
encerrar; el otro mira para rescatar. Uno conoce para acusar; el otro conoce
para amar. Y, de paso, nos deja al descubierto el nervio del combate: que no
luchamos solo contra tentaciones “externas”, sino contra una mentira interior
muy concreta: la de creer, como quiere hacernos creer el demonio, que
mi pecado es mi identidad.
Porque el
Maligno (padre de la mentira: cf. Jn 8, 44) no suele empezar tentándonos con lo
grotesco, sino con lo “aparentemente razonable”. Siempre intenta reducirnos.
Reducirnos a una caída, a una etiqueta, a un historial. Su pedagogía es la del
calificativo, la del expediente: “Tú eres esto; y como eres esto, no esperes
otra cosa”. En ese punto la tentación deja de ser un acto y se convierte en un
“yo soy”. El demonio no busca solo que caigas; busca que te quedes en
el suelo, convencido de que ese suelo es tu casa.
Dios, en
cambio, mira con la pedagogía del Padre. Dios no niega el pecado -lo toma tan
en serio que envía a su Hijo-, pero se niega a aceptar que el pecado
tenga la última palabra sobre ti. Por eso, incluso cuando corrige, lo hace
llamando: te llama por tu nombre.
En la
Escritura, el nombre no es un trámite; es relación, pertenencia, vocación.
Cuando Dios pronuncia tu nombre, te saca del anonimato del “caso” y te devuelve
al lugar de hijo: “Tú eres mío” (cf. Is 43, 1). Y esa posesión no es
dominio; es alianza.
Y aquí es donde
una imagen doméstica -casi irreverente por lo cotidiana, pero por eso mismo
luminosa- ayuda a que la teología toque suelo. Piensa en una casa normal:
cocina, rutina, prisas… y una nevera. En la puerta de la nevera todos
tenemos imanes y fotografías: hijos, padres, abuelos, un viaje, una boda,
un dibujo torcido que nadie tira. No están ahí por decoración; están ahí para
que, incluso en lo más ordinario -ir a por agua, abrir la leche…-, el corazón
recuerde: “Esto es lo que amo; esto es lo que me importa; esta es mi gente”.
A mí me gusta
imaginar que si Dios tuviera una nevera, en esa puerta habría una foto
mía, una foto tuya. No la del día perfecto, ni la del perfil “presentable”,
ni la que elegiríamos para quedar bien. Sino tu foto, la tuya, sencillamente:
la de hija, la de hijo. Y al lado no habría un post-it con tus errores, sino tu
nombre. Porque aunque el demonio siempre llama por tus pecados para que te
avergüences y te escondas; Dios, que te tiene tu foto en su nevera,
siempre te llama por tu nombre para que vuelvas a casa.
La nevera de
Dios no es una ocurrencia simpática: es una metáfora de la memoria
amorosa del Padre. Una manera de decir -sin perder el sentido de lo real-
que, a pesar de conocer tus caídas, Dios no te arranca de su mirada. Y si
alguna vez tú te arrancas, te despegas de esa Nevera -porque nosotros somos muy
de “autoexpulsarnos” antes de que nadie nos eche-, la puerta sigue ahí, con tu
foto puesta. En silencio. Esperando. Sin juzgar ni condenar, esperando a que te
creas, por fin, que eres más que tu peor día.
La
identidad: nombre, no expediente
En la
Escritura, el nombre no es un apodo; es vocación, misión, verdad. Dios no nos
clasifica según “casos”, Él llama a las “personas”. A Samuel lo
despierta por su nombre en la noche (cf. 1 Sam 3). A Moisés lo
llama desde la zarza: “¡Moisés, Moisés!” (cf. Ex 3, 4). Y Jesús,
Resucitado, pronuncia el nombre de María -“¡María!”- y se deshace la
oscuridad (cf. Jn 20, 16). Mientras el demonio etiqueta; Cristo nombra.
El mecanismo
acusador del demonio no es casual: acusa para romper la filiación.
Si consigue que yo crea que mi pecado es mi nombre, ya ha ganado medio combate.
Entonces la culpa deja de ser una herida que necesita médico y se convierte en
un “yo soy así”, en una condena interior. Y una condena interior, aunque vaya
vestida de humildad, es una forma sutil de desesperanza.
Dios no
minimiza el pecado; lo vence. No lo ignora; lo atraviesa con la misericordia.
En el Evangelio, Jesús no le dice a Zaqueo: “Eres un ladrón, un
estafador”; le dice: “Zaqueo” (cf. Lc 19, 5). Y en esa sola palabra
se abre un futuro: “Hoy tengo que alojarme en tu casa”.
El demonio nos
llama por nuestros errores porque quiere que vivamos en el pasado.
Dios nos llama por nuestro nombre porque quiere que vivamos en la
gracia, que siempre es presente.
La memoria
del amor
El profeta
Isaías pone esta verdad en palabras imposibles de mejorar: “¿Puede una
madre olvidarse de su criatura?… Pues aunque ella se olvidara, yo no te
olvidaré. Mira: en las palmas de mis manos te llevo tatuada” (cf. Is 49,
15-16). Tú no eres un nombre escrito a lápiz: estás “grabado”.
Y aquí conviene
evitar lo que a veces se convierte en una mala interpretación: no es que Dios
“aguante” al pecador como quien tolera una molestia. No. Dios ama
porque es Padre, y su amor no es una reacción a nuestro rendimiento moral.
Precisamente por eso la misericordia no es indulgencia barata; es el modo
concreto en que el amor omnipotente rescata al hijo herido.
San Agustín lo
dijo con una frase que atraviesa siglos: Dios nos ama tal como somos,
pero no nos deja tal como somos. Si solo nos amara “cuando
mejoramos”, no sería gracia; sería contrato. Pero si solo nos “aceptara” sin
convertirnos, no sería amor; sería abandono.
La nevera de
Dios no es un tablón de anuncios del “todo da igual”. Es la puerta donde el
Padre exhibe -por decirlo así- el motivo por el que Él sigue saliendo a
buscarnos.
Comenzar y
recomenzar: el estilo cristiano
La vida
cristiana, nos lo han dicho grandes santos a lo largo de la historia, es
aprender a recomenzar. El santo no es el que nunca cae; es el que no se
queda tirado en el suelo, en el pecado, en el error. Y esto no es
psicología motivacional; es teología de la gracia.
Pedro cae de
manera estrepitosa: niega al Señor. Y vemos como Jesús no le hace una rueda
de prensa moralizante. Sino que le pregunta tres veces: “¿Me amas?” (cf. Jn 21,
15-17).
Observemos la
delicadeza: Cristo no reconstruye a Pedro desde la vergüenza, sino desde el
amor. No le dice: “¿Me has fallado?” (eso ya lo sabe Pedro). Le dice: “¿Me
amas?” Porque ahí está la identidad de Pedro: no en su negación, sino
en su relación con Cristo.
La táctica del
demonio es la del bucle: “ya lo has hecho otra vez”, “siempre igual”, “no
tienes remedio”. La táctica de Dios es la del camino: “levántate”, “vuelve”,
“confía”. El Maligno nos quiere encerrados en el pasado, en el error, en la
desesperanza del pecado; Dios nos abre a la Pascua, a la gracia,
que siempre es paso.
La
confesión: el lugar donde Dios pronuncia tu nombre
Si la nevera de
Dios es la imagen de su mirada, el sacramento de la Reconciliación es
el lugar donde esa mirada nos reconstruye por dentro. Confesarse no es
humillarse; es volver a levantarnos. Es abrir la herida a Aquel que no se
escandaliza y, precisamente por eso, cura.
En la parábola
del hijo pródigo, el muchacho ensaya un discurso para volver como
jornalero. Pero el padre no le deja terminar: corre, abraza, manda traer el
vestido, el anillo, las sandalias (cf. Lc 15, 11-32). Es decir: restituye su
dignidad. El hijo vuelve con una lista de errores; el padre le devuelve el
nombre de hijo. Así funciona la confesión: uno entra con su expediente y sale
con la filiación restaurada.
Hay aquí una
muestra maravillosa de la pedagogía de Dios: en la confesión Dios no “finge”
que no pasó nada. Perdona, que es más grande. Perdonar no es borrar con
amnesia; es recrear con gracia. La absolución no es un “ánimo, que no ha
pasado nada”; es un acto objetivo de Cristo, que actúa por el
ministerio del sacerdote. En el confesionario, el Señor vuelve a decir: “Tú
eres tú; tu pecado no es tu nombre”.
Y, además, la
confesión nos educa en el combate: nos enseña a distinguir entre culpa y
acusación. La culpa sana te lleva a Dios. La acusación enfermiza te aleja de
Él. La culpa te impulsa a convertirte; la acusación te encierra en la
vergüenza. En la confesión, el Espíritu Santo convierte la culpa en
humildad y la humildad en libertad.
La
Eucaristía y el sagrario: la “Nevera” siempre accesible
Si la confesión
es el abrazo que repara, la Eucaristía es el alimento que sostiene. Y aquí la
metáfora de la nevera se vuelve aún más sugerente: una nevera es el
lugar donde se guarda lo que alimenta la casa. Pues bien: en el corazón de
la Iglesia hay un “lugar” donde Dios ha querido quedarse -realmente- para
alimentar a sus hijos: el sagrario.
No es poesía:
es fe católica. La presencia real de Cristo en la Eucaristía no es un símbolo
inspirador; es el Señor mismo. Y por eso el sagrario es la gran
“puerta” que permanece ahí, en silencio, diciendo: “aquí estoy”, “te espero”,
“puedes volver”.
Muchas
conversiones han comenzado simplemente por entrar en una iglesia y quedarse un
rato frente al sagrario, sin discursos, sin coartadas, sin defensas.
Por eso, la
Eucaristía no es un premio para perfectos; es medicina para peregrinos. Sí:
requiere preparación, requiere el estado de gracia para recibirla y requiere
combatir el pecado. Pero precisamente por eso la confesión y la
Eucaristía son el “doble pulmón” de la vida cristiana: reconciliación para
volver a la mesa; comunión para no a alejarse de Dios.
Nuestro
imán: poner al Señor en el centro
Volvamos a la
imagen familiar, a esa nevera que todos tenemos en casa: esa nevera ponemos lo
que queremos tener presente. Ahora la pregunta es: ¿qué tengo yo pegado
en mi “nevera interior”? ¿Qué recuerdos, qué miedos, qué rencores, qué
tentaciones, qué pantallas, qué opiniones? ¿Qué ocupa el lugar de lo
importante?
Si el demonio
quiere llamarte por tus errores, lo primero que intenta es que tú también lo
hagas: que repitas su discurso en primera persona. Que llenes tu
nevera de esos imanes que te recuerdan tus tropiezos, tus fracasos…
Por eso un acto
sencillo y radical de amor a Dios es pegar a Cristo como imán en
nuestra nevera interior: con un tiempo diario de oración, con una pequeña
visita al sagrario, el Evangelio leído sin prisa, acudiendo a la confesión
frecuente, con una devoción concreta (Rosario, lectio divina,
adoración). Y no por espiritualismo, sino por realismo: porque el
corazón se organiza en torno a lo que contempla.
Una última
escena: el Padre y la foto
Imaginemos,
otra vez con reverencia y una sonrisa, la escena cotidiana: Dios abre su
nevera. Y ahí estás tú. No con tu peor cara, no con tu caída más reciente, no
con tu historial, no con tu etiqueta. Estás tú, por tu nombre, como hijo.
Porque para Dios tu identidad no empieza por tu pecado, sino por su
llamada.
Y cuando el
demonio te susurre “eres un fracaso”, “eres impuro”, “eres débil”, “eres
reincidente”, conviene responder con una frase que no es autoayuda, sino
práctica de la fe: “Me llamo como Dios me llama”. Y Dios me llama hijo
y Dios no me suelta.
Así se vuelve a
empezar. Así se recomienza. Así se vive.
Porque, al
final, la misericordia de Dios no es una idea: es un Padre corriendo
hacia su hijo. Y nosotros, pobres y tercos, tenemos la suerte inaudita de
poder volver a casa cuantas veces haga falta: por la confesión, por la
Eucaristía, por el sagrario.
La nevera de Dios no está ahí para juzgarte; está para recordarte en su puerta ese misterio de amor y que tu foto sigue ahí.
Diego
Blázquez Bernaldo de Quirós
Fuente: ReligiónenLibertad
