En 2022 inició el proceso de canonización de Elena Calero, una joven española con una trayectoria ordinaria marcada por la alegría, la oración y la entrega
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¿Pronto habrá
una nueva santa para los millennials? En octubre de 2022, la
Iglesia católica inició el proceso de beatificación de Elena Calero Bahamonde,
una joven española fallecida en 2014 a los 23 años, hoy Sierva de Dios. Una
vida breve, llena de sencillez, que dio muchos frutos.
La alegre
sencillez de la fe
Elena nació en
1990 en Madrid, en el seno de una familia cristiana. Sencilla, tranquila,
alegre, siempre atenta a los demás, canta, baila y sueña con sus hermanas. Una
adolescente con una vida normal. Sin embargo, hay una etapa que la marca
profundamente: la preparación de su confirmación. En ella profundiza en su fe y
la elige de verdad.
Estudiante de
economía, Elena tiene novio y proyectos de futuro. Lo que la distingue de los
demás es su amor por la Eucaristía. "Estaba profundamente enamorada de
Cristo, Él era el centro de su vida", testimonia su hermana Belén. Primero
comprometida con su parroquia, Elena encuentra luego su lugar en un grupo de
jóvenes donde madura su apego y devoción por la Presencia Real.
Elena sabe que
la Iglesia vive de la Eucaristía y que, sin sacerdotes, no hay sacramentos.
Casi todos sus mensajes terminan con una oración por los seminaristas y las
vocaciones. Su devoción no es una idea abstracta, sino un compromiso vivido.
"Quiero ofrecer mi sufrimiento por los sacerdotes y por nuevas
vocaciones", escribe más tarde en uno de sus cuadernos.
"Sin
oración, nada es posible"
El núcleo de la
espiritualidad de Elena reside en su apego a la oración. Para ella, rezar es
tan vital como respirar, comer o dormir. Asiste a misa casi todos los días y
permanece largo rato en silencio ante el Santísimo Sacramento. Todos los
viernes participa en la Adoración y, a menudo, se detiene en una iglesia de
camino a casa después de clase para rezar.
"Primero
la oración. Sin oración, nada es posible", le gusta repetir a menudo. Un
apego que da frutos en el corazón de sus compromisos más concretos. Cuando el
grupo de jóvenes en el que participa se queda sin aliento, la joven vela
discretamente para que no se apague.
Para animar a
la oración comunitaria, cada semana envía por correo electrónico una cita de un
santo. Reconocida naturalmente como líder, Elena se distingue más por su
ejemplo que por su deseo de dirigir. Muchos también dan testimonio de la forma
en que presta atención a los más vulnerables, para que nadie quede nunca
marginado.
"El
Señor me llama a seguirlo más de cerca"
Pero el 18 de
junio de 2013, tras un simple análisis de sangre, le diagnostican leucemia
mieloide crónica. Al principio, la joven espera una rápida recuperación. Poco a
poco, Elena percibe su enfermedad como una llamada personal de Dios. En sus
notas, medita sobre el sufrimiento:
"A veces,
surgen obstáculos en nuestro camino. Nos gustaría rebelarnos, decirle al Señor
que es demasiado. Pero en lugar de entregarle nuestras penas, desperdiciamos
nuestras pocas fuerzas en quejarnos".
Nunca se
pregunta "¿por qué?". Una sola pregunta la acompaña a lo largo de su
enfermedad: "¿Cómo ofrecer lo que está pasando?"
Durante los
meses más difíciles, elabora una lista de personas e intenciones a las que
dedica sus sufrimientos: el Papa, los sacerdotes, su familia, los médicos…
Incluso en la
prueba, repite: "No sirve de nada decir 'Hágase tu voluntad' si no estoy
dispuesta a darte lo que me pides. ¡Cómo se entristece y se vacía nuestro
corazón si rechazamos la mano tendida de Dios!". Un año después del
diagnóstico, también testimonia: "El Señor me llama a seguirlo cada vez
más de cerca, sin miedo, sin vacilar, solo por amor".
Unida a la
Cruz
Con el
agravamiento de la enfermedad, Elena se somete a quimioterapia, trasplante de médula
ósea y semanas de hospitalización, sin quejarse nunca. Al contrario, cada noche
se entrega a Dios, rezando ante la cruz de su habitación. Aunque muy
debilitada, peregrina a Covadonga, santuario del norte de España, y simplemente
dice: "Voy a ver a mi Madre".
Postrada en
cama y moribunda en otoño de 2014, pensaba aún más en los demás. Durante los
últimos días de su corta vida, afectada por una encefalitis herpética que le
provocaba fiebre, convulsiones y alucinaciones, aún conseguía pedir, con
gestos, la cruz y la Eucaristía.
Su obispo fue a
visitarla al hospital: el rostro de Elena, aunque marcado por la enfermedad,
brillaba de esperanza. Con un esfuerzo inmenso, recibe la comunión y la unción
de los enfermos. El 20 de noviembre de 2014, a los 23 años, Elena regresa a la
casa del Padre. Su rostro resplandece con una paz profunda. Su padre dirá más
tarde que la veía como a Jesús en el sepulcro: marcada por el sufrimiento,
transfigurada por la confianza.
La misa fúnebre
de Elena reúne a una multitud de jóvenes. El ambiente no es triste, sino que
está impregnado de una profunda esperanza. Un testimonio que dice simplemente
que la juventud es también un periodo para vivir con Cristo. Incluso una vida
ordinaria, en la que conviven la oración, la alegría, la fiesta y las
amistades, puede dar grandes frutos.
Con su existencia, la joven nos recuerda que el verdadero tesoro reside en el amor que se ofrece en cada pequeña cosa y en la acción de gracias. Una alabanza a Dios en cada cosa, que Elena expresaba con estas palabras: "Todo lo que tengo me lo has dado tú, Señor".
Urška Leskovšek - Hortense Leger
Fuente: Aleteia
