| Foto: Vatican Media. Dominio público |
El predicador Varden vuelve a centrarse en san Bernardo y su
tratado «Sobre la consideración», una carta al futuro papa Eugenio III en la
que el santo invita a rodearse de colaboradores buenos, íntegros, amantes de la
paz y la unidad, para garantizar una buena gestión que redunde en beneficio de
la Iglesia de todo el mundo.
San
Bernardo escribió un tratado dedicado precisamente a La
Consideración. Fue un éxito de ventas, que gozó de una difusión más
amplia que cualquier otra de sus obras. Esto puede parecer extraño, ya que el
texto es, en esencia, una carta dirigida a un hombre específico en una posición
única. Bernardo lo escribió para un hermano, un monje italiano llamado Bernardo
dei Paganelli que, ya sacerdote de la iglesia de Pisa, ingresó en Clairvaux en
1138.
En
1145, Paganelli se convirtió en el Papa
Eugenio III.
La
contemplación se ocupa de verdades ya conocidas. La consideración busca la
verdad en los asuntos humanos contingentes, donde puede ser difícil de
discernir. Se puede definir como «el pensamiento totalmente tendido, o la
tensión del alma, en busca de la verdad».
Al
considerar los problemas de la Iglesia, Bernardo no ofrece remedios
institucionales, sino que aconseja a Eugenio que se rodee de buenas personas:
cuanto mejor se gestionen las oficinas centrales de la Iglesia, mayor será el
beneficio para la Iglesia en todo el mundo.
Las
cualidades que Bernardo le pide que busque y cultive son válidas en todo
momento: se necesitan colaboradores «de probada integridad, dispuestos a la
obediencia, pacientes y mansos; [...] de fe católica segura, fieles en el
ministerio; amantes de la concordia, la paz y la unidad; [...] prudentes en el
consejo, [...] sagaces en la administración, [...], modestos en el hablar».
Estas
personas «aman y disfrutan de la oración y confían en ella su esperanza más que
en su sagacidad o en su trabajo; su entrada es sin estruendo, su despedida sin
pompa».
En
la medida en que la Iglesia actúe en estos términos, reflejará la organización
de las jerarquías angélicas. Quien la considere así verá inmediatamente su
misión principal: dar gloria a Dios.
Para
considerar correctamente las necesidades terrenales, debemos buscar, a través
de ellas, lo que está por encima. Esto no es, dice Bernardo a Eugenio, en
cierto modo «ir al exilio: considerar de esta manera es volver a la patria».
Bernardo
se pregunta: ¿qué es Dios? Voluntad omnipotente, virtud benévola, razón
inmutable. Dios es «sumo bien» que, por amor, desea compartir con nosotros su
divinidad. Nos ha creado para desearlo, nos expande para recibirlo, nos
justifica para merecerlo. Él nos guía en la justicia, nos moldea en la
benevolencia, nos ilumina con el conocimiento, nos preserva para la
inmortalidad.
Cualquiera
que sea la tarea de los prelados, y son muchas, estas realidades deben
considerarse primero. De este modo, incluso la e su consideración de las
cuestiones prácticas será iluminada, ordenada, bendita y fecunda.
Según
Bernardo, un prelado debe estar dotado de principios, debe ser santo y austero,
pero también debe ser amigo del Esposo y alegrarse de compartir esa amistad con
los demás.
Agustín
describe a menudo el oficio episcopal como una sarcina, el fardo del
legionario. Es una imagen un poco brutal, concebida por alguien que conocía la
desolación y el miedo de las campañas en el desierto norteafricano. Agustín,
sin embargo, sigue improvisando sobre el tema que él mismo ha planteado. Aunque
la carga pastoral tiene un aspecto aterrador, solo es aterradora si no somos
capaces de ver quién nos la pone sobre los hombros. Porque no es más que una
participación en el dulce yugo de Cristo mismo, que nos hace descubrir que la
cruz que se nos ha confiado es luminosa y ligera, y que poder compartirla es
motivo de alegría.
«Lleva
tu carga hasta el final —dice Agustín
en un sermón—; si la amas, será ligera; si la odias, será
pesada»: «Perduc sarcinam tuam quia levis est si diligis gravis si odisti».
«Tuyo,
oh buen Jesús —escribió Bernardo en su Vida de San Malaquías, el irlandés— es
el depósito que se nos ha confiado; tuyo es el tesoro escondido en nuestro
poder, que devolveremos en el momento en que dispongas de recuperarlo».
Erik Varden, OCSO
Fuente: Vatican News