No juzgar a los demás es una de las enseñanzas más desafiantes y profundas de la vida cristiana, un terreno donde se pone a prueba la virtud de la caridad
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No juzgar a los
demás toda una prueba para la virtud de la caridad. En medio de nuestras
relaciones cotidianas, surge naturalmente la tendencia a emitir juicios sobre
las acciones, palabras o decisiones ajenas. Sin embargo, Jesús nos invita a
mirar a cada persona a través de sus ojos, recordando que solo Dios conoce por
completo el corazón humano.
Desde una
perspectiva humana, juzgar puede ser una manera de sentirnos seguros, de
comparar y de afirmar nuestras ideas. Espiritualmente, la dificultad surge del
orgullo y la falta de humildad. A veces olvidamos que todos somos pecadores
necesitados de la misericordia de Dios.
Juzgar en la
biblia
La Sagrada
Escritura nos ofrece claras enseñanzas sobre el peligro de juzgar y la
importancia de la misericordia. En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos dice
sin rodeos:
No juzguen,
para que no sean juzgados” (Mt 7,1).
Y san Lucas
añade:
“Sean
misericordiosos, como su Padre es misericordioso (Lc 6,36).
Estas palabras
nos recuerdan que emitir juicios sobre el comportamiento de otras personas nos
aparta de la actitud de compasión que Dios quiere para su pueblo.
Porque ¿quién
conoce el corazón de sus hermanos? Solo Dios. Con frecuencia encontramos
personas con múltiples problemas y creemos que nosotros fácilmente se los
resolveríamos "si nos pidieran nuestra humilde opinión". Pero la
realdad es que desconocemos el porqué de sus decisiones. Dice un refrán
"ojos vemos, corazones no sabemos".
Además, Jesús
nos invita a mirar primero nuestro propio corazón:
“¿Por qué miras
la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?” (Mt 7,3).
Los juicios
temerarios
El Catecismo de
la Iglesia Católica señala que el juicio temerario es contrario a la caridad (CIC 2477). Nos advierte sobre el daño que puede causar
juzgar sin fundamento y nos llama a practicar la benevolencia en nuestros
pensamientos y palabras.
Y la caridad
exige que interpretemos siempre de la mejor manera posible las intenciones y
acciones del prójimo. Es un llamado a la paciencia y a la comprensión,
reconociendo que cada persona lleva luchas y heridas que no siempre son
visibles.
La
experiencia de los santos
Muchos santos
han reflexionado sobre la dificultad de no juzgar. Santa Teresa de Calcuta
decía: “Si juzgas a la gente, no tienes tiempo de amarla”. San Francisco de
Sales aconsejaba: “No juzgues, para que no seas juzgado; sé indulgente con las
debilidades ajenas, pues tú también tienes las tuyas”.
Estas
enseñanzas nos invitan a mirar al prójimo con ternura y humildad, reconociendo
nuestra propia fragilidad.
Pero este es un
reto diario que nos invita a vivir la caridad cristiana en profundidad.
Siguiendo el ejemplo de Cristo, aprendamos a acoger al otro con misericordia y
comprensión, dejando el juicio en manos de Dios.
La invitación
es clara: mirar a los demás con ojos limpios, practicar la humildad y crecer en
amor. Así, nuestro corazón se asemejará cada vez más al de Jesús, quien vino a
salvar, no a condenar.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
