Con motivo del Día de la Memoria, el Papa reafirma en una publicación en X su fidelidad a la postura expresada en Nostra Aetate y la condena de toda discriminación o acoso por motivos de lengua, nacionalidad o religión
| 27 de enero 2026, Jornada de la Memoria |
Una voz que se
suma a la de los Pontífices del pasado, comenzando por Pío XII, quien en su
mensaje radiofónico de Navidad de 1942 denunció que cientos de miles de
personas, “solo por razón de nacionalidad o de estirpe, están destinadas a la
muerte”.
La memoria no
es un simple ejercicio cognitivo. Puede ser una lección esclarecedora, capaz de
salvar a la humanidad de acontecimientos trágicos ya vividos en la historia. En
particular, el Día de la Memoria, que se celebra cada año el 27 de enero para
conmemorar a las víctimas del Holocausto, no es simplemente una fecha útil para
que los estudiantes “repasen” algunos contenidos antes de un examen o de una
evaluación sobre páginas dramáticas ligadas a la Segunda Guerra Mundial. Es,
ante todo, una llamada a la conciencia interior de cada hombre y cada mujer,
para que se fortalezca el sistema inmunitario de la familia humana frente a
posibles y nuevos horrores: los abismos de la historia que se abren cuando
prevalecen sobre la fraternidad el nacionalismo extremo, la desconfianza y los
lenguajes de odio. Las palabras de los Papas sobre el Holocausto van en esta
dirección. Son una advertencia para que el horror no sea olvidado y para que el
antisemitismo no vuelva a echar raíces.
Entre las más
recientes se encuentran las de León XIV, quien confió su reflexión sobre la
conmemoración de hoy a
una publicación en su cuenta de X @Pontifex:
“Hoy, Día de
la Memoria, deseo recordar que la Iglesia permanece fiel a la firme posición de
la Declaración #NostraAetate contra todas las formas de antisemitismo, y
rechaza cualquier discriminación o acoso por motivos étnicos, de lengua,
nacionalidad o religión.”
Pío XII y el
exterminio “solo por razones de estirpe”
El llamado del
Papa León se une, por tanto, al de todos sus predecesores que, a lo largo de la
historia, alzaron su voz para alertar sobre catástrofes humanas perpetradas con
una brutalidad sistemática y en medio del silencio. El clamor, a veces solitario,
de los Papas se hace oír incluso cuando gran parte del mundo aún desconoce
verdades atroces.
El 24 de
diciembre de 1942, en
su mensaje radiofónico de Navidad, el Papa Pío XII habló de cientos de
miles de personas que sufrían y morían únicamente por razón de su “estirpe”.
"¿Quieren
tal vez los pueblos asistir impasibles a un avance tan desastroso? ¿No deben
más bien, sobre las ruinas de un ordenamiento social que ha dado prueba tan
trágica de su ineptitud para el bien del pueblo, reunirse los corazones de
todos los hombres magnánimos y honrados en el voto solemne de no darse descanso
hasta que en todos los pueblos y naciones de la tierra sea legión el número de
los que, decididos a llevar de nuevo la sociedad al indefectible centro de
gravedad de la ley divina, suspiran por servir a la persona y a su comunidad
ennoblecida por Dios?
(...) Este
voto la humanidad lo debe a los cientos de millares de personas que, sin culpa
propia alguna, a veces sólo por razones de nacionalidad o de raza, se ven
destinados a la muerte o a un progresivo aniquilamiento".
Las palabras
de Benedicto XVI sobre las de Pío XII
Las palabras
pronunciadas por Pío XII durante el mensaje radiofónico de Navidad de 1942
constituyen una clara referencia al exterminio de los judíos. Así lo subrayó el
Papa Benedicto XVI en 2008, durante la Santa Misa celebrada con
motivo del 50º aniversario de la muerte del Papa Pacelli.
Y ¿cómo
olvidar el mensaje
navideño pronunciado por radio en diciembre de 1942? Con la voz
quebrada por la emoción deploró la situación de los "centenares de miles
de personas, las cuales, sin culpa alguna, a veces sólo por razones de
nacionalidad o raza, están destinadas a la muerte o a un progresivo
deterioro" (AAS, XXXV, 1943, p. 23), con una clara referencia a la
deportación y al exterminio perpetrado contra los judíos. A menudo actuó de
manera secreta y silenciosa, precisamente porque, consciente de las situaciones
concretas de ese complejo momento histórico, intuía que sólo de ese modo se
podía evitar lo peor y salvar el mayor número posible de judíos. Debido a estas
intervenciones, recibió numerosos y unánimes testimonios de gratitud al final
de la guerra, así como en el momento de su muerte, de las más altas autoridades
del mundo judío, como, por ejemplo, de la ministra de Asuntos exteriores de
Israel Golda Meir, que escribió lo siguiente: "Cuando el martirio más
espantoso golpeó a nuestro pueblo, durante los diez años de terror nazi, la voz
del Pontífice se elevó en favor de las víctimas".
Los
dolorosos recuerdos de Juan Pablo II
A las palabras
del Pontífice alemán, pronunciadas en 2008, se entrelazan los “terribles y
dolorosos recuerdos” del primer obispo de Roma de origen polaco. En la
audiencia general del 26 de junio de 1996, el Papa Juan Pablo II
recordó su
tercer viaje apostólico a Alemania, articulando su reflexión en torno a una
ciudad.
En la
memoria de las personas de mi generación el nombre Berlín sigue
evocando terribles y dolorosos recuerdos. En efecto, esta ciudad,
como capital del tercer Reich, constituyó el centro de infaustas iniciativas de
carácter político y militar, que influyeron en gran medida en el destino de
Europa, sobre todo en el de las naciones fronterizas. En Berlín, en 1939 se
tomó la terrible decisión de comenzar la segunda guerra mundial. Allí se
realizaron los inhumanos proyectos de los campos de concentración y, en
particular, el programa de la llamada solución final, decidida en la
Conferencia de Wannsee, es decir el exterminio de los judíos que vivían en
Alemania y en otras naciones de Europa: la tristemente famosa shoah.
Con Berlín,
por desgracia, están vinculados enormes dolores y sufrimientos humanos: las
heridas no han cicatrizado aún completamente.
Pablo VI y
un acto heroico ocurrido en Auschwitz
Los campos de
exterminio son lugares de un dolor profundo e inconmensurable. En Auschwitz, la
humanidad se sumió en una barbarie indescriptible, en una cadena de muerte.
Pero incluso en esta sucesión de acontecimientos dramáticos se pueden encontrar
destellos, momentos y hombres de esperanza. El Papa Pablo VI, durante
el Ángelus del 17 de octubre de 1971, se detuvo en el extraordinario y
santo testimonio ofrecido por un sacerdote polaco, profundamente devoto de
María Inmaculada.
¿Saben lo
que hicimos esta mañana en San Pedro? Realizamos el solemne rito de
beatificación de un religioso de los Frailes Menores Conventuales, el padre
Maximiliano María Kolbe… La guerra, como recordarán, invadió Polonia desde
Occidente y desde Oriente… Allí aparecieron los tristemente famosos “Lager”,
campos de concentración, en los cuales innumerables seres humanos,
especialmente judíos y polacos, fueron agotados y exterminados. (…) En uno de
estos campos, Auschwitz (Oswiecim), fue internado también Kolbe. Allí ocurrió
el acto heroico de caridad que lo hizo célebre… El padre Kolbe se ofreció a sí
mismo, sustituyendo a un desgraciado padre de familia desconocido e inocente,
en la horrenda muerte por hambre que le había sido asignada.
León XIV y
el grito de dolor a Dios
Incluso cuando
parece que la fuerza del mal prevalece, el amor triunfa. Y llegará la
salvación. Así lo recordó el Papa
León XIV durante la Misa del 5 de octubre de 2025, con ocasión del Jubileo del
mundo misionero y de los migrantes.
Francisco y
la lección del Holocausto
Frente al
Holocausto surge, en particular, una pregunta que nunca puede omitirse: ¿Qué
nos enseña la Shoá?
Las palabras
pronunciadas por el Papa
Francisco durante su visita a la sinagoga de Roma el 17 de enero de 2016 son
una exhortación a mantener siempre los ojos y el corazón abiertos.
El pueblo
judío, en su historia, ha debido experimentar la violencia y la persecución,
hasta el exterminio de los judíos europeos durante el Holocausto. Seis millones
de personas, sólo por el hecho de pertenecer al pueblo judío, fueron víctimas
de la más inhumana barbarie perpetrada en nombre de una ideología que quería
reemplazar a Dios por el hombre. El 16 de octubre de 1943, más de mil hombres,
mujeres y niños de la comunidad judía de Roma fueron deportados a Auschwitz.
Hoy deseo recordarlos de todo corazón: especialmente sus sufrimientos, sus
angustias. Sus lágrimas nunca se deben olvidar. Y el pasado nos debe servir de
lección para el presente y para el futuro. El Holocausto nos enseña que es
necesaria siempre la máxima vigilancia para poder intervenir tempestivamente en
defensa de la dignidad humana y de la paz.
Esto nos enseña
la Shoá: a mantener los ojos y el corazón siempre abiertos, porque nuevos
horrores pueden anidarse en las grietas de la conciencia.
Amedeo Lomonaco
Ciudad del
Vaticano
Fuente: Vatican News